Venezuela, más allá de los tiros

Lo que ha sucedido en Venezuela no debe pasar desapercibido para nadie en Colombia. Una estudiante venezolana nos contó cómo estaba la cosa en el vecino país antes de que estallaran las protestas sociales y cómo están ahora, cuando solo reina la incertidumbre. Dos artículos, con dos estilos distintos, que narran el antes y el después de una misma dramática situación.

Por: Claudia Paredes

Caracosa
Hace unos meses me preguntaron: ¿Quieres escribir una crónica sobre “Caracas después del temblor”o algo así?  Contando cómo está la cosa.  “La cosa”. Dije que por supuesto, y aterricé, una vez más, en mi país verde (¿o rojo?): Venezuela. Caracas. Aeropuerto de Maiquetía. Afiches del gobierno: “1er lugar en Latinoamérica… Justa distribución de la riqueza”, “5to lugar en el mundo… Mayor matrícula universitaria”. Etcétera. Para cualquier turista, parecería que “la cosa” va muy bien.
Pero en Venezuela ya casi no hay turistas.
¿Cómo está la cosa? Le pregunté al taxista que me llevó del aeropuerto a la casa. Me respondió que igual, como siempre. ¿La inseguridad? Igual. Siempre hay que andar con cuidado, dijo.  Anduvimos. Autopista Caracas-La Guaira. Dijo que iban a construir una prolongación de la Cota Mil, autopista dentro de Caracas, para que desembocara directamente en la autopista en la que estábamos.
Llegué a mi casa, dormí, me desperté.  Me acordé del artículo.  Me acordé de la pregunta.  ¿Cómo está la cosa? Ese mismo día, surgió una conversación con un ingeniero sobre la construcción de la prolongación de la Cota Mil. Me explicó que, además de tal construcción, el gobierno anunció la construcción de una nueva autopista (de manera no licitada) Caracas-La Guaira con un trazado que siembra muchas dudas desde el punto de vista ambiental, y, además, fue encomendada a una empresa portuguesa, sin participación ni de la ingeniería ni de las empresas constructoras venezolanas. Generalmente, las obras que no son licitadas son sobrevaluadas y se retrasan, tal y como ocurre en la actualidad con gran parte de las obras ejecutadas en Venezuela (ferrocarriles, acueductos, edificios de la “Misión Vivienda”). Y aquí viene el picante: cuando la obra no es licitada, se sospecha que existen pagos indebidos a funcionarios gubernamentales durante la ejecución de la misma —y estos negocitos hacen que le lleguen unos dolaritos a más de un funcionario gubernamental. Antes de pudiese que volver a preguntar cómo está la cosa, me preguntaron a mí: ¿sabes dónde queda el Lago di Como? Dije: no.  Me dijeron: en Italia. Un lago espectacular.  Y ahí queda la mansión de un prominente funcionario del gobierno.
¿Cómo está la cosa? Le pregunté una noche a un grupo de músicos, diseñadores, economistas. Dijeron: inabarcable. Uno de ellos contó que su universidad (la UCV) estaba en paro. Huelga de alumnos y profesores, quienes hoy en día ganan 2,667 bolívares al mes, mientras que los empleados de limpieza ganan 3,000. (Poco después, leí que los sueldos de los profesores “están muy por debajo con relación a sueldos de mano de obra. Un albañil promedio gana al día entre 300 y 400 bolívares; los profesores, 120 bolívares”).
Lunes. En el carro con mi tía. Me dijo que cumplía un año desde que intentaron secuestrarla. Tía casada con un hombre a quien le dispararon al intentar huir de un secuestro, hace cuatro años.  Llegué a la casa y decidí hacer pan para pensar en algo que no fuesen secuestros, pero al entrar a la cocina, recordé que en Caracas ya casi no se consigue harina.  Ni azúcar, ni leche, ni aceite.  Acto seguido, llegó mi abuelo del mercado.  Anunció: ahora también hay escasez de sal. Poco después, me contaron que vino la policía a la farmacia frente a la casa, porque “la cosa” entre los clientes se puso violenta al haber llegado un poco de papel toilette/higiénico (otro producto escaso) a la tienda.
Como no pude hacer pan, fui a comprarlo.  Ya en la panadería: un cachito de jamón, por favor.  25 bolívares. Pero si hace unos meses costaba 12. ¿Inflación? ¿Devaluación? Me dijeron que así está la cosa: inflación de 32 por ciento, devaluación de 150 por ciento.  Me dijeron: esto no para, solo va a seguir.  Y seguramente terminará en hiperinflación, como en Argentina, Bolivia o Perú hace no tantos años.
Pregunté, ¿y cómo va eso de oposición versus chavismo? ¿Cómo va esa cosa? Me dijeron que, más allá de la división, esto es un guiso de corrupción. Que incluso hay un grupo de jóvenes, autodenominados como opositores al gobierno actual, que utilizan la situación económica para crear empresas; que aseguran importar un producto x, cuando en realidad importan cajas vacías para quedarse con los dólares en cuentas en el extranjero. Negocitos.
¿Cómo está la cosa? Vuelvo a Barcelona. Empiezo una investigación sobre la emigración de jóvenes venezolanos. Encuestas, entrevistas. La pregunta principal: “¿piensas volver?” La respuesta más común: “por ahora, no”. La mayoría asegura que se fue por la inseguridad. La mayoría asegura que tiene miedo. La mayoría asegura que, en un futuro, espera poder también sacar de allá a sus papás.
Pareciera que todo lo descrito anteriormente tiene más fantasía que realidad. Cierro (o abro) entonces con el realismo mágico de García Márquez, sobre el cual fui a una charla en Caracas.  Dijo la profesora invitada que en Cien años de soledad, el autor ilustra cómo la sociedad latinoamericana vive siempre en lo mismo: un ciclo de auge y decadencia que se repite, se repite, se repite una vez más. Y es que los caribeños somos así, dijo: no aprendemos de nuestros errores.
Pareciera entonces que todo lo anterior no es novedad.
No es fantasía.
Es Venezuela, cruda y real.

 

(Foto: Jorge Silva/Reuters)

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