Como por arte de magia

Para muchos, los Kogui no son más que una tribu indígena de nuestro país. Sin embargo, la experiencia de un estudiante de medicina de hace ya más de veinte años en su rural en San Antonio de la Sierra nos muestra cómo son una tribu única que se sobrepone a los límites de la física cuántica y pone en tela de juicio ciertas concepciones occidentales.

Por: Andrés Iragorri Mejía, iragam@hotmail.com

La tarde caía y los colores del cielo se estrellaban contra el monte erizado y abajo, al lado del río, se veía la casa de Enrique Levete y los animales que pastaban sonsos a pocas palmas de la gastada cerca de púas que encerraba el lote del cambuche. El mamo kogui Valencia Sarabata se acercaba al puesto de salud. Se acercaba a mi casa. Al llegar gritó: “¡Hola médico André Zico! ¿Cómo tamos compayi? Aquí caminando pa’ verlo, visitando a mi amigo”.

Se sentó y me miró con sus ojos de tigre y en esa mirada sentí los cientos de años luz que nos separaban, intuí el privilegio de estar frente a uno de los últimos mamos que aun hablaban duldachi, la lengua sagrada de los antiguos taironas. Yo por mi parte también lo miraba de arriba abajo. El pequeño hombrecito de 150 centímetros de altura con sus curtidas manos delgadas, frotando sin cesar, el palito de doana contra el magnífico poporo, los jugos verdosos y oliva de la coca masticada entrando y saliendo entre los dientes marrón, las hilachas casi raídas del vestido de algodón que aun dejaban ver los pálidos colores verticales que mostraban el linaje, el tuxé del tigre

Los bigotes escasos y achinados y el pequeño gorro cónico de algodón en su cabeza le daban una apariencia extraña, imponente y pícara. Le ofrecí un trago triple puro de Johnny Walker sello azul y lo agradeció de la manera más kogui, se lo tomó de un solo sorbo a fondo blanco y dejo salir una exclamación doble “Ahhhhh, sabroso. ¡Dame más! Yo le serví un segundo simple y se lo tomó igualmente de un sorbo. Ahí paramos de beber y lo que siguió fue algo que todavía hoy me intriga y acecha inadvertido en los momentos más íntimos de la contemplación artística.

“Mamo Valencia” le dije, “le tengo un regalo”. “¡Pa’ ver!” dijo él, contento con la expectativa de lo que pudiera ser. Saque de la casa, que era el puesto de salud de San Antonio de la Sierra, mi regalo. Un óleo que pinté sobre un trozo rectangular de madera de unos diez por catorce centímetros. Los colores vivos dibujaban un motivo abstracto, mezcla afortunada de Max Ernst y de Ives Tanguy, pero muy a mi estilo. Él lo recibió y lo escrutó por lado y lado, lo volteó, lo olió y para mi sorpresa preguntó:

“¿Esto para qué sirve?” Yo no podía entender al principio la pregunta, no sabía qué pensar y mucho menos qué decir. Finalmente atiné a balbucear poco convencido: “Es un cuadro, una obra de arte, sirve para decorar y para alegrar los espacios de habitación”. Él me respondió: “¿Decorar para qué sirve? Eso no sirve para comer, para trabajar, para cazar, para pescar. Eso no sirve para nada.” Me lo devolvió y lo puse a un lado. Entendí que para los kogui, el arte como lo entendemos nosotros no existe, no tiene sentido, es desperdicio y es fútil. Para ellos, el dibujo y la escultura deben cumplir un papel de código, un rol activo y mitológico, un rol de conocimiento o memoria. Los dibujos en los vestidos sirven para guardar la memoria de la persona que teje las figuras. La talla de máscaras sirve para que el que se la pone en el rito pueda transformarse a través de la danza en el animal que se muestra en la máscara y pueda de esta forma ver y aprehender el mundo desde una óptica animalizada y deshumanizada.

Esa observación del Mamo Valencia me dejó realmente preocupado. Toda mi admiración por las artes plásticas, trabajada por años de recorrer, discutir, disfrutar y digerir las obras de Picasso, de Van Gogh, de Miguel Angel, del Bosco, de Botticelli, del Corregio, de Ingres, de Balthus, de Francis Bacon, de Siqueiros, de Velásquez, de Richter y de cientos más, quedó seriamente averiada y me abrió las puertas de un mundo mental en donde la estética y la belleza son de una índole exclusivamente natural, sagrada, tradicional. Un mundo en donde la utilidad de los objetos debe ser imprescindible y no tan sólo placentera, agradable o sibarita.

Yo quedé callado y la Sierra intensificó su música de aves y de hojas de árboles frotándose contra el viento, propia de los atardeceres en San Antonio de la Sierra.

Sentados en la banca de madera, el mamo y yo no hablábamos. En silencio, él seguía poporeando y yo seguía pensando en el grito de Munch y en el autorretrato de Andrea del Sarto y entendí que ese cuadro, como todos los demás, no cumplía ninguna función real y que el mundo podría perfectamente seguir adelante y tranquilo sin la obra de ningún pintor. Imaginaba un gigantesco pincel que borraba de la faz de la tierra con brochazos lentos al Hermitage, al Louvre, al Musee d’Orsay, al Art Institute de Chicago, al Kunste de Leipzig, al Pushkin, al MoMa, a las pinacotecas y claro, también al Fine Arts de Boston.

Luego pensé en los millones de objetos que se guardan en los museos del mundo, objetos que alguna vez sirvieron para algo, que se usaron, que sirven aún para explicar el instante antropológico de su fabricación y la evolución de las culturas, y sentí que esos objetos estaban más a salvo del gigantesco pincel borrador de mi mente que los cuadros. Se salvaban quizás de ese huracán iconoclasta, el Museo de Antropología de México, y el Museo del Hombre en Ottawa, y también las piezas culturales del British Museum. Años después, revistaría ese tema de los museos con una ceremonia de pagamento que hicieron los Kogui en el Museo del Oro de Bogotá y entendería más a fondo la dimensión sagrada de lo que llamamos arte precolombino.

El chasquido de sus dientes triturando el hayo me devolvió al banco de madera y a su presencia. Le dije, con algo de tristeza, que me hacía falta saber cómo estaban

“El mamo había visto a mis padres en tiempo real y el trance era fácil, inmediato, automático, sin inductores externos; enigma absoluto. Einstein debió aprender que sí existe algo más rápido que la luz, y ése es el pensamiento humano.”

mis padres a kilómetros de distancia en Bogotá. En la Sierra, no teníamos teléfono (ni fijo ni mucho menos celular). Poner una carta tomaba dos días para bajar a Santa Marta y enviarla, que llegara a manos de mi madre, que ella respondiera y me la enviara al Hospital Nuestra Señora de los Remedios en Riohacha y que allí Isabel, la enfermera guajira, me la guardara hasta que yo pudiera volver. De 25 a 30 días en el más rápido de los escenarios. Ardua empresa la de comunicarse por carta desde la Sierra con Bogotá en 1989.

Él me miró y me dijo, “Bueno, pa’ poder verlo: ¿tú eres rojo o azul?” ¿Rojo o azul? Ya me acostumbraba yo a ese mundo increíble de códigos totalmente diferentes a los míos y le respondí rojo de manera refleja. Luego me pidió mi cédula de ciudadanía. La miró fijamente y me tomó la muñeca derecha y la pulseó con su mano. Me preguntó por el nombre de mi padre y yo le conteste Francisco José Iragorri Velasco. Luego siguió con mi muñeca izquierda, la pulseó un rato más largo y me preguntó por el nombre de mi madre y yo le dije Esther Marina Mejía de Iragorri. En seguida, me preguntó dónde vivían ellos y yo le dije que en Bogotá y él se rió y me contó que él había estado en Monserrate y que le había hecho una seguranza al presidente Belisario Betancourt en el Palacio de Nariño cuando fue invitado a una ceremonia en donde el Estado colombiano le “devolvía” Ciudad Perdida a los Kogui.

Enfocó los ojos hacia el sur occidente y se quedó totalmente inmóvil y casi sin respirar por un minuto y medio. Pude percatarme de algo absolutamente fantástico y fue ver cómo las pupilas del Mamo se abrían y se cerraban sin cambio del estímulo lumínico. Se abrían por tres segundos y luego se cerraban por otros tres y así sucesivamente, unas treinta veces seguidas en ese minuto treinta de quietud corporal total. Yo quedé impresionado como nunca en mi vida. Un ser humano no puede cambiar el diámetro de las pupilas por voluntad propia (al menos eso había aprendido en la clase de fisiología del ojo en la Facultad de Medicina). La pupila se abre de manera involuntaria cuando hay poca luz o es de noche y se cierra cuando hay mucha luz apuntando al ojo; puede cambiar de tamaño por algunas drogas, por algunas enfermedades pero nunca por concentración o voluntad propia y mucho menos pasar de abierta (midriasis) a cerrada (miosis) cada tres segundos por minuto y medio.

“Ya los vi.”, dijo suspirando rápido. “Los vi en Aluna, los vi en el pensamiento… Tu padre es de pelo blanco y tiene bigote blanco y está tomando un café frente a tu mamá. Ella es bajita, tiene el pelo oscuro y corto, están sentados en una mesa redonda y charlando tranquilos. Ellos están bien médico André. Yo así lo vi en Aluna”. Estupefacto ahora, no podía creer lo que estaba oyendo y sin embargo era real, estaba frente a un hombre excepcional, ante un maestro de maestros, estaba frente a uno de los hermanos mayores de la humanidad.

La mesa del comedor de mi casa es redonda y la descripción de mis padres era exacta. El mamo había visto a mis padres en tiempo real y el trance era fácil, inmediato, automático, sin inductores externos; enigma absoluto. Einstein debió aprender que sí existe algo más rápido que la luz, y ése es el pensamiento humano. El pensamiento nos pone de manera automática frente a las cosas, sin importar su distancia. Pero no es el recuerdo de algo, es el viaje cerebro-espacial en el presente, es el acceso instantáneo a cualquier sitio del universo con el pensamiento. En Aluna, como dicen los Kogui, los Saha Kogui.”

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