La primera década de Al Derecho

Al Derecho en sus diez años no sólo ha sido tinta y papel. Este artículo describe el proceso de elaboración del periódico desde la forma más humana posible, hablando de las frustraciones y las alegrías que viven sus integrantes y aportantes.

Foto: gabicoatsworth.com




 

 

 

 

 

 

 

Por: María Iragorri Amaya. Estudiante de 7° semestre de derecho y Co-directora de Al Derecho, m.iragorri21@uniandes.edu.co

Mi profesora del colegio de Ciencias Sociales solía decirnos que cincuenta años no eran nada para la Historia. Que quizá cien podían ser más significativos. Que definitivamente cuatrocientos ya eran algo. Aún no sé muy bien por qué me marcó tanto esa afirmación. Tal vez fue porque le quitaba toda la importancia a nuestras cortas vidas de apenas quince años; porque pasábamos de ser adolescentes ególatras creyéndose imprescindibles en el universo a sen- tirnos un cero a la izquierda. A mis veintiún años, que aún siguen siendo poco para la Historia, me sigo acordando de ella y de su frase y pienso en cómo la Historia continuará su curso esté o no esté yo haciendo parte de ella. Que la corta vida de una humana como yo poco cambia y poco aporta.

Sin embargo, si me salgo de ese espectro tan infinito en el que tiempo se desborda por lado y lado, me doy cuenta que un año es mucho, y que diez lo son aún más. Puede que para la Historia, ese personaje sin cara ni dedos, diez años sean menos que lo que sería una milésima de segundo para noso- tros, pero para mí diez años sí son bastante. Son un centenar de vidas y otro tanto de muertes. Unos vienen, otros van. Se aprende a amar y a detestar. Aprendemos a soltar, a tener paciencia, a acelerar y a desacelerar. Y así, de año en año hasta cumplir diez años, se olvida más de lo que se aprende.

¿Cómo será entonces todo lo que se vive, se aprende y se olvida no en una sino en varias vidas? Seguro que a eso la Historia sí le pararía más bolas. Y es que eso es precisamente lo que ocurre con Al Derecho, que él es el producto de muchas vidas. Que lo que hoy se podría ver tan sólo como un símbolo amarillo y negro es más que eso: es la suma y la resta de cientos de ideas, de enésimas de errores, dolores y pasiones que han ido de la cabeza a la tinta y el papel.

Poco importa que nunca sabré con certeza el número de las per- sonas que han hecho parte de este proyecto. Lo que sí sé y que definitivamente sí importa es que no ha habido ninguna de ellas que no se haya enfrentado con el miedo con el que todos nos topamos a la hora de escribir un texto. Porque incluso el ego de un abogado se ve amenazado por el “qué dirán” y el “será que sí les gustará”. Porque es que escribir ni siquiera es una labor de confianza en sí mismo, sino de valentía. Se trata de vencer esa seguridad y de enfrentarla a sa- biendas de que lo que uno escriba se discutirá y se comentará.

A pesar de que ese enfrentamiento emocional es probablemente la eta- pa más difícil, los pasos que vienen son también claves. La palabras del autor, en su momento su más grande enemigo, deben ser leídas por cada miembro del comité para comentarlas y decidir su publicación. Unos defienden a flor de piel un texto mientras otros se oponen. Sin embargo, la clave está en entender que no se trata de destrozar un texto o alabarlo. En realidad, lo valioso es ser capaces de hacer públicos nuestros pensamientos, en tener la valentía de aprender a ser cuestionados, pero también felicitados.

Una vez se decide si se publica o no, se materializa el tra- bajo en grupo en la revisión de los textos. La búsqueda de la imagen perfecta, la selección de una frase relevante, la redacción del chapeau, y la leída y la releída y son trascen-dentales. Todo esto, hasta que creamos haberle ganado la batalla a la malévola ortografía, a las tildes rebeldes, y a los puntos necios y relegados. Aun así, el trabajo no acaba aquí. Después se visitan las oficinas de Legis para llevar a cabo ese proceso de más de seis horas conocido como la famosa “diagramación” en la que, mientras se corrige un espacio, los otros cien se descuadran. Mientras se agranda una tilde, se desaparecen cinco frases, y así sucesivamente hasta que la luz queda corta y la cafeína entra como agua al cuerpo y la marea del Transmilenio baja y finalmente decidimos darlo por terminado. Sin embargo, el hecho de terminar el proceso poco tiene de perfeccionismo, sino más bien de cansancio y desesperación.

Y es así como, con unos detalles de menos y otros de más, Al Derecho supo hoy cumplir diez años, que ojalá se tripliquen y se quintuplique. Han sido, sin duda, diez años de mucha dedicación y también de frustración, pero sobre todo de un logro monumental, pues lo más emocionante de este periódico no son sus artículos ni su gente, ni su director ni su diagramador, sino esa característica tan suya en la que le ha pertenecido a todos y a una misma vez a nadie.

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