La falsa idea del bien y el mal en Colombia

Por medio de un breve recuento de las afiliaciones política del autor, este estudiante nos invita a hacer una reflexión sobre la coyuntura política nacional y la manera en la cual nosotros como ciudadanos podemos poner nuestro granito de arena en aras de una Colombia en paz y equitativa entre clases sociales.

 

Por: Abraham Farfán, estudiante de primer semestre de Economía, a.farfan@uniandes.edu.co

Crecí en un entorno absolutamente privilegiado en el contexto de la sociedad colombiana. Nací en la capital, hecho de por sí ya extraño en un país tan rural (o así yo lo creía) en una familia de clase media-alta. Nunca me faltó nada, y tuve la oportunidad de tener una educación privilegiada y crítica. Afortunadamente, me rodeé de gente proveniente en su mayoría de familias con recursos, pero sencillas a la vez, hecho que contrasta con el clasismo y superficialidad de esta cultura arribista basada en apariencias. Esto me dio la oportunidad desde muy pequeño de desarrollar mi curiosidad e inquietud intelectual, mirando desde una perspectiva crítica las ideas nuevas e información que llegaba a mi cabeza.
Así fui criándome, en un ambiente que se alternaba entre la importancia del dinero como herramienta de poder, y una inquietud que no me dejaba tranquilo; algo estaba mal, no podía ser justo la pobreza tan grande en el que vivía la inmensa mayoría. Tuve tal vez la fortuna de haber nacido en el momento más interesante de la historia colombiana, donde se están tomando decisiones tan cruciales para nuestro país y está ocurriendo una transformación para bien o para mal de unas estructuras bajo las cuales se ha asentado nuestra sociedad que nunca habían sido cuestionadas. Mi mamá ha sido siempre funcionaria pública y partidaria en consecuencia del gobierno de turno, y me acuerdo claramente que, en los dos mandatos del Expresidente Uribe, yo replicaba lo que pensaba mi familia: Uribe ha sido una bendición para el país.
No crecí bajo la violencia bipartidista, no crecí bajo el auge del narcotráfico, no crecí bajo el genocidio político de la UP, no crecí bajo la barbárica confrontación entre paramilitares y estado vs. guerrillas, pero crecí bajo la sombra de los secuestros masivos, narcotráfico y atentados por parte de las FARC y el ELN. Crecí definitivamente bajo las “maravillas” de la Seguridad Democrática, y nunca se me ocurrió pensar que hubiera algo más beneficioso para el país que despejar las carreteras de “terroristas bandidos” para poder viajar por tierra y liberar a Ingrid Betancourt, acciones audaces y tenaces implementadas por el “valiente” presidente. En parte se calmaron las inquietudes que circulaban por mi mente; el país iba en buen camino, en los noticieros escuchaba la palabra inversión extranjera repetidas veces y no éramos como los países gobernados por estados fallidos comunistas, ideología pronunciada con desprecio a mis alrededores.
Algo empezó a cambiar en mí con el paso de los años y esa inquietud de que algo no estaba del todo bien volvió a despertar. El gobierno del presidente Santos ya estaba en ejercicio, y el hecho de percibirlo como alguien distinto al anterior régimen, alguien que se separó, o traicionó (las versiones cambian) a su antiguo mentor político, me hizo querer saber otras versiones de la realidad. El deseo de ver la otra cara de la moneda me hizo investigar un poco acerca de lo que sucedió realmente en el país, yendo contra la corriente general de desprecio hacia la historia nacional. A esto se sumó los contenidos académicos que estudiaba en esta época, y por eso resalto en parte la educación recibida. No estudié en un colegio elitista, pues a pesar de estar entre los mejores académicamente, es significativamente más incluyente que los colegios de la élite colombiana, y creo que gracias a esto no me desarrollé intelectualmente pensando que era mejor que los demás únicamente por el estrato en el que nací.
Vi autores tanto de izquierda como de derecha, y aunque tristemente no recibí una educación realmente profunda de nuestra historia colombiana, las ideas y corrientes políticas que vi me abrieron bastante la mente. Simpaticé inmediatamente con ideas socialistas, no entendiendo en principio el estigma que se tiene frente a estas posturas ideológicas. Al seguir analizando la historia de nuestro país, pero desde estas nuevas perspectivas, me di cuenta inmediatamente la injusticia social y desigualdad tan profunda que existe; comprendí que el conflicto no era entre malos y buenos, sino que la violencia que escuchaba de oídas era algo mucho más complejo que eso.
En la burbuja tan tremenda en la que vivía, pues realmente mi percepción de incluso Bogotá era artificial frente a la verdadera cara de la ciudad, nada de lo que pasaba en ese país ajeno me afectaba realmente, pero al menos una chispa de consciencia nació en mí. Tuve la oportunidad de vivir unos meses en el exterior y esta experiencia me llevó a reflexionar acerca del rol individual que juega cada quién en sociedad, de la responsabilidad que cada uno llevamos frente a fenómenos sociales aparentemente lejanos, de lo que es verdadero desarrollo. Me di cuenta que nuestra patria sigue en la era feudal, y que estamos realmente atrasados en comparación con los demás; que una guerra perpetua que nos ha tenido azotados desde nuestro origen como nación no nos deja despegar, y que sencillamente no es una simple guerra material, sino étnica, social, política y económica declarada por los que han sido dueños del poder y lo ven amenazado, contra cualquier chispa de protesta y deseo de cambio.
Me puse a pensar que soy un milagro relativo en una sociedad pobre en su mayoría, donde ha habido sufrimiento inimaginable y dolor infinito. ¿Qué podré entender yo de la tragedia de perder un padre, un hijo, una hermana o una madre por la guerra? ¿De qué se siente ser amenazado y torturado por tener ideas y sueños de cambio en un país profundamente conservador? ¿De cuánto dolor se siente al perder una pierna por una mina quiebra patas? No entiendo por qué tengo la suerte de haber nacido en las circunstancias en que nací en medio de tanta injusticia, y en consecuencia no me siento en posición de dictar juicios de valor frente a una situación de la cual sus verdaderas víctimas son las que la conocen de primera mano.
A pesar de todo, una empatía con los movimientos de izquierda en Colombia surgió en mí, y la imagen de Violencia y Culpa en mi cabeza se fue poco a poco moldeando en los grandes terratenientes, en los clanes políticos regionales en Colombia que quieren conservar su poder a toda costa asociándose con grupos paramilitares de extrema derecha y repartiéndose todos los recursos de regalías que llegan a su zona, a los militares asesinos y represores de la población, y a el dirigente que orquestó gran parte de todo lo anterior, Álvaro Uribe. A diferencia de la mayoría de personas con las que he discutido del tema, por no decir todas, he leído lo que se está pactando realmente en La Habana, y entiendo finalmente que este proceso no es una rendición, pues es realmente una negociación lo que está ocurriendo; no es el fin de un conflicto entre buenos y malos; no se acaba con una simple firma, y no, absolutamente NO creo que las FARC son el enemigo real en el conflicto. Los puntos allí tratados son de una trascendencia tal para Colombia, que de ser implementados en la posterioridad ante la eventual firma de paz serán el origen de una transformación social como jamás se ha visto en el país.
Otra conclusión definitiva a la cual llegué es que del conflicto son responsables desde el guerrillero y el soldado en el monte, hasta el terrateniente represor, el político corrupto, el empresario ambicioso y el ciudadano de a pie con su indiferencia. Aclaro que no soy partidario de las guerrillas ni mucho menos, pues luego de afirmar que simplemente no tengo voz real en la situación caería en la incoherencia, no obstante, creo humildemente desde mi posición física ajena, pero no mental ni emocional al conflicto, que las verdaderas víctimas de tanto sufrimiento merecen la paz, merecen un nuevo comienzo. Este país merece una segunda oportunidad, oportunidad para reestructurarse desde la base y enterrar tanto odio, rencor y dolor. Sin duda alguna este país es un laboratorio político, social y económico actualmente, y ahí donde surge el cambio, inmediatamente lo contrarresta el miedo a lo desconocido, el apego a las costumbres y el instinto conservador del hombre de preferir lo que ya conoce. Es cierto que la paz representa muchos desafíos, que hay infinidad de obstáculos por vencer, pero es una oportunidad que sencillamente no se puede dejar pasar si queremos ver una Colombia nueva, una Colombia justa, una Colombia en paz.

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