Maticas: sentir y querer

Por medio de un recuento de una tarde en la plaza de Paloquemao, el autor introduce ciertas reflexiones acerca de sus recuerdos a través de la imagen de las ‘maticas’.

Por: Sergio Daniel Vargas Mora, estudiante de séptimo semestre de Derecho y co-director
del Periódico, sd.vargas10@uniandes.edu.co.

“Debería dejar de comerse esas uñas, un doctorazo como usted no puede tener esas manos así”, me indica doña Betty con un claro gesto de desaprobación, “¡qué dirán las muchachas!”. En ese momento, entre el barullo y las voces alegres que se lograban distinguir una calurosa tarde en la plaza de Paloquemao, consideré seriamente dejar crecer a mis fieles compañeras de estrés y de ansiedad. Si lo decía doña Betty, sabia de profesión y
expendedora de yerbas por convicción, debía ser un consejo confiable. El lugar del justificado regaño: el local 81-108, templo de doña Betty y su sonriente hija, es inconfundible. Surcos de matas, hierbas, especias y mieles colman todas las estanterías del que a primera vista se ve como uno de los espacios más visitados en el sector suroccidental de la Plaza.

El olor a tierra, el suave aroma de la hierbabuena y el sancocho de pescado, que ebullía alegremente en una enorme olla en el local vecino, constituyen un ambiente extraño. La intérprete de cuanto pasaba a mi alrededor inició nuestra conversación haciendo gala de uno de los mejores atributos del género femenino: esa capacidad de cortar a gran velocidad matas de sábila, consentir a su pequeña nieta y conversar conmigo, todo al mismo tiempo;
además de asombrarme, me inquietaba. “Los 18 años que llevo en esta Plaza me han enseñado muchas cosas; una de ellas, a bandearme con mi trabajito y disfrutarlo. Las
maticas son la vida”, apunta.

Ciertos espacios visitados en el transcurso de nuestras vidas dejan marcas eternas. Para bien o para mal, hay lugares que siempre tendrán un significado y una huella particular. “Tendría 8 años. Iba con mi abuela todos los sábados en la mañana a la plaza de mercado de Sogamoso”, le cuento a mi sonriente confidente mientras llega el señor del chance al mostrador. “Hoy escoja usted los numeritos, ya me hice los baños con mis siete hierbas dulces y las siete amargas, hoy sí que tengo que ganar”, exclama doña Betty. Le doy unos números importantes: varios cumpleaños y una fecha que nunca terminó por llegar. Nuestro agente de la suerte anota, compra $500 pesos de moringa y sigue. Detallando en la nostalgia de los números propuestos, le deja el recibo a doña Betty. “Están buenos estos, llevan energía”, dice.

“Había una venta enorme de frutas a la que siempre íbamos”, prosigo. “Ese día, se me dio por empezar a comer mis onces de frutas sin haber pagado, la dueña entró en cólera, me gritó que si iba a volverme ladrón desde chiquito. Mi abuela se rió, pagó y mientras me secaba las lágrimas de miedo, me dijo que tenía que aprender a comportarme en espacios
como esos”, añadí. La señora Betty soltó una sonora carcajada que terminó por alterar a algunos de los comensales que disfrutaban del humeante sancocho, con “Tierra mala” de los Chiches Vallenatos sonando de fondo. “No sé en Sogamoso, pero aquí somos igual de jodidos; igual que las maticas, nos terminan por crecer espinas, uno termina por volverse fuerte” añade, mientras baja y empieza a cortar lo que parece ser un tubérculo. Jengibre.
Picante y bueno para esa gripa y para esas ojeras, me dice doña Betty.

“En cambio mis abuelos eran de Machetá, aquí en Cundinamarca. Desde que tenía 8 años, los sábados a las 6 de la mañana salíamos, con un tinto y un aguardiente del que hacíamos en la casa, unos a ordeñar y otros a recoger papa. Por el camino, yo me recogía mis maticas y las guardaba; desde niña tengo la chifladura”, cuenta doña Betty. “En fin, doctorazo, sólo le digo que las maticas y las hierbas son la vida; nos dan oxígeno y mil cosas más. Sólo hay que saber entenderlas”, termina diciendo doña Betty con algo de impaciencia en los ojos. Tiempo de irse. La ya no tan sonriente hija trapea enérgicamente y grita a la niña pequeña para que recoja sus cosas. “Me llevo valeriana y hierbabuena para mis uñas, le aseguro que
cuando vuelva a visitarla van a estar más presentables”, le digo a doña Betty a manera de
despedida. “Por ahora hágase una agüita, toca poco a poco.Y no me vaya a poner doña
Betty ni Beatriz. Solo Betty, me hace sentir más joven”, dice. Ante la promesa editorial y la de volver, me extiende la mano, me pasa la bolsa con la cura definitiva para la ansiedad reflejada en mis maltrechos dedos y se despide. Llega la última vecina a preguntarle por un remedio para las articulaciones. “Ruda y moringa, sumercé linda, ¡eso es bendito!”, exclama Betty. Probablemente lo sea. El conocimiento de la vida y de las cosas va mucho más allá de sofisticados métodos y de espectaculares clases y profesores. De todo se debe
aprender. Y en escenarios como una plaza de mercado, en medio de tantas personas y tantos saberes, muchísimo mejor.

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