Editorial: De rutinas y reflexiones

Bogotá, 6:00 a.m. Hora de iniciar la travesía en Transmilenio para llegar a clase de 7. Los andenes llenos de bolsas de basura que alguien rompió buscando algún resto de comida, algún perro flaco husmeando entre los residuos mojados. En el cruce peatonal se ve cómo los carros de la carrera no tienen espacio para avanzar porque más adelante hay trancón, pero aun así siguen avanzando parsimoniosamente. Empiezan los pitos. Entre tanto, las motos y las bicicletas aprovechan su tamaño para pasar entre el trancón. Empiezan los insultos y los rostros encolerizados al compás del sonido insoportable de pitos sonando al unísino. Al llegar a la estación, empiezan los empujones. Los que se bajan empujan para salir corriendo y cruzar entre los carros al otro lado del andén, los que llegan entran desesperados por subir a algún bus con la esperanza de que haya espacio. La pantalla muestra que el H17 se encuentra a segundos de arribar a la tumultuosa estación. Trae tanta gente dentro que las puertas ni siquiera se pueden abrir. Tras un esfuerzo titánico algún valiente sale de entre el tumulto mientras las 10 personas que quieren entrar por esa misma puerta se le abalanzan encima. Pasa por lo menos un minuto mientras los unos empujan ansiosos por entrar y los otros atraviesan la masa humana para poder salir. Mientras tanto suena en la estación Oxígeno estéreo a todo volumen, por una nueva iniciativa del sistema de transporte. Con una presión insoportable dentro del sofocante articulado, puede verse cómo se prende la luz que dice “exceso de peso”. El H17 irrumpe velozmente en el trancón de la 30. Una fila de carros espera para poder desviar a la derecha y un taxista acelerando de un jalón los adelanta a todos pasando de primero. Finalmente, la estación de Universidades aparece. Mientras toda la avalancha humana sale presurosa de los buses, una empleada del Sistema Transmilenio, con la chaqueta desteñida de Bogotá Humana y una cara de sueño absoluto, mira indiferente a todos los que pasan.

7:05 a.m. La clase en cuestión dura una hora y veinte, en la que se plantea un sinnúmero de argumentos sobre los conflictos y la construcción de paz en Colombia, sobre las causas de nuestros problemas nacionales, sobre la indiferencia, las desigualdades, la justicia por mano propia. Al terminar la triste ficción traducida en una buena clase, hay que emprender el camino al Consultorio y luego a los juzgados. Después de la carrera 3° empiezan los nervios. Hay que estar alerta a cualquier robo, un jalón, un raponazo. Martica siempre sonriente entrega las carpetas y así sigue la travesía. A cruzar por la carrera 7ª un sinfín de puestos ambulantes, aspirar humo de chorizo asado y esquivar una enorme venta de películas piratas en una esquina, pueden vislumbrarse a tres generaciones de mujeres indígenas tocando una guacharaca y vendiendo algunos collares coloridos sobre el andén sucio y mojado. Dolor de ciudad y de sociedad. Paloquemao espera.

El camino hacia la carrera 30 es otro recorrido de imágenes crudas. Mientras el bus rebota sobre las losas destruidas, el triste panorama se llena con basura regada, caras pidiendo alguna moneda en los semáforos, un limpiador de vidrios rayando un carro con rabia, más personas buscando algún resto de comida en la caneca, un indigente cruzando entre los carros con tres perros y un palo para defenderse de quién sabe qué peligro. Dos niños juegan fútbol en el andén de la Caracas con 19, y a su lado pasan las trabajadoras sexuales en minifalda y escote, con su piel que parece inmune al frío de la ciudad. Al llegar a los juzgados de Paloquemao, el usuario de  consultorio jurídico hace su aparación puntualmente para el tercer intento de pedir una reparación integral por el carro que le robó un joven de 22 años. Como es costumbre, el defensor no llegó, la audiencia se vuelve a aplazar. Al momento de pedir una constancia, el secretario lanza una mirada de inmensa pereza mientras constata que el juez no ha llegado. Frustración y desasosiego: el usuario se despide más bien con resignación. Al volver a la abarrotada estación de Transmilenio, sigue la rutina.

La estadía en nuestra Facultad encuentra un punto importantísimo al momento de llegar a Consultorio Jurídico. El golpe que supone enfrentarse a esa realidad cruda y fría resulta apabullante en muchos casos. Lejos de traer a relato las limitaciones propias de un ejercicio cuasi profesional como es el vivido en Consultorio, hay que detallar en un punto importante: cuando logramos acceder a dosis grandes de realidad, tantas horas de lectura y estudio pasan a apreciarse de manera distinta. El acceso a la justicia, el trato con clientes, las enormes barreras que impone un sistema judicial vetusto e ineficaz hacen que una nueva perspectiva subyazca. Probablemente muchos de quienes han pasado por Consultorio Jurídico no vuelvan a tener, en el ejercicio profesional posterior a la Universidad, la oportunidad de ver la otra cara de la moneda. Es por esta razón que es tan importante.

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