Un cristal, una solución efímera y un monstruo

Esta estudiante de décimo grado nos comparte un punto de vista olvidado, recordando la importancia de siempre contar con una pizca de infancia en nuestras vidas.

Por: Gabriela Díaz Gómez, estudiante de décimo grado del Gimnasio Los Portales, gabadiaz99@hotmail.com.

Podríamos empezar por preguntarnos, ¿en qué realidad estamos viviendo? La respuesta que intentó iluminarme la cabeza es un poco confusa. Vivimos en una realidad donde al parecer, si no tienes plata, no eres nada; si no estudias una carrera de prestigio, no eres nadie; si intentas seguir tus sueños, muy posiblemente no los alcances y tengas que desviar tu futuro para poder sobrevivir a la competencia. Es un día a día que irónicamente construimos nosotros, quienes alguna vez temieron ser adultos y vivieron dentro de una bola de cristal que al parecer mantenía la seguridad y un mundo casi utópico adentro.

¿Cuándo se rompió ese transparente y delgado cristal? Creo que fue fracturándose poco a poco cuando, al crecer, veíamos que nuestros sueños en realidad eran eso y que no había tiempo para ellos. En el colegio, se te van esfumando, esas ilusiones cuando aprendes de tu entorno, cada vez que opinas y se te reprende, cada vez que no se valora una característica que al parecer no podría competir con otras cualidades académicas. Simplemente, es en el colegio donde empieza la gran veta en el vidrio y empiezas a ser un adulto.

Recuerda cuando eras tan solo un pequeño sentado en el parque, admirando a esa niña que, mientras se balanceaba en el columpio, hacía que en tu estómago se sintieran cosas parecidas al aleteo de mil mariposas amarillas. Piensa en lo que el suave baile de su pelo en el viento te hacía sentir; te confundía porque para los pocos años que llevabas vivo no lo habías sentido antes, era algo completamente desconocido para ti. Te llenaste de valor, te paraste y empezaste a caminar en dirección al columpio que estaba a su lado, estabas tan sólo a 8 metros de aquella criatura que parecía irradiar luz, cuando de repente llega a ocupar el lugar que estaba previamente destinado para ti, otro niño. Ese niño que de vez en cuando se burla de ti, ese niño que siempre ha sobresalido porque ha apagado tu luz. No sabes lo que ocurre con las mariposas en tu estómago y de repente sientes ganas de llorar. Corres con un puchero a tu casa, intentando no ser visto por nadie y cuando llegas, tu madre nota la desesperación que cargas en tu pecho. Sin preguntar te da un fuerte abrazo, te sirve Chocapic sin leche en un vaso para que no lo vayas a regar, y te invita a su cuarto a ver una de esas películas de dibujos animados que tanto te gustan y que, no importa cuántas veces la repitas, te siguen gustando y asombrando. De repente, esa amargura que sentías se esfuma y ahora solo sientes unas inevitables ganas de sonreír y de inundarte de ese calor de hogar que nunca te ha fallado y te hace aparentemente feliz de nuevo.

Pienso que eso es la felicidad de un niño. Es eso tan simple que te proporcionaba soluciones momentáneas, que quebraba ese pequeño limbo neutro en el que un ser vive mientras espera que las emociones lo hagan reaccionar. Cuando eres un niño sabes que la felicidad viene por momentos y es precisamente lo que te hace explorar y ser completamente despreocupado, porque sabes que en algún momento sentirás una ola de
tranquilidad, de calor y comodidad. Así como decía Gustavo Cerati, “no sientes miedo, sigues sonriendo.” Por supuesto, adaptado a un contexto en el cual hablamos de felicidad.

Por otro lado, como adulto, das el primer paso transformando la felicidad en un destino, de pronto porque no tienes tiempo de vivir cosas que te vayan a hacer sentir como cuando eras un pequeño. Ahora que eres maduro, no tienes tiempo para cometer errores, o eso es lo que la realidad que te rodea te hace creer.

Me parece que en el crecimiento, donde se supone que te has convertido en un ser con más criterio, se va perdiendo la capacidad de asombro y nos vamos enfermando de monotonía. Lo grave del asunto es que al parecer no hay cura para esto, y que lo único que hacemos al respecto es ignorarlo y seguir la corriente de los capitalinos.

Para adaptarte por completo a esta situación tan ajena a tu infancia, empiezas a planear tu vida. Utilizando las palabras de John Lennon, “la vida es aquello que pasa mientras estás ocupado haciendo planes”. ¿Qué planeas? Planeas el camino al éxito, a lo que crees que te hará feliz y, mientras planeas, se esfuma la vida, se desaparece el único escenario donde puedes intentar vivir y, al final, te darás cuenta que fuiste una víctima del monstruo que hemos creado siendo adultos.

No entiendo cómo los niños, los que alguna vez fueron la esperanza del mundo, no reaccionan ante esta catástrofe que nos mata día a día. No sé si es que en el momento de
enfrentar la realidad se dan cuenta de que levantar la voz es un movimiento en vano. Creo que es un diagnóstico crudo y prematuro, pero yo digo que estamos enfermos y la enfermedad nació en la ficción que alguna persona alguna vez creó e implementó en la vida, y ya es muy tarde para evitarla.

Vale la pena resaltar que, en una escena tan gris y real, existen lo que para mí son héroes. Estos son aquellos que reaccionaron, que dejaron que su alma de niños se quedara en su interior a pesar de que el cristal se quebrara. Esa pequeña minoría que lucha hasta con su último glóbulo rojo por la felicidad, por entender que ella se construye de momentos efímeros. Son aquellos que no actúan como si tuvieran una actitud totalizadora y completamente mágica de las costumbres del mundo, como lo menciona John Katzenbach en su libro “El Psicoanalista”. Esto lo hacen porque conocen pero no comprenden su entorno, y no están dispuestos a ser consumidos por él. Estos héroes son los que, lastimosamente, son criticados diariamente por sus profesiones, por sus estilos y por sus ideas; son personas que no se salvan de tener que cargar una presión social abrumante. Ellos son los que básicamente se inyectan fantasía para no morir de realidad, y de esta forma crean una especie de ficción paralela donde no les pesa esta presión, donde intentan buscar la utopía que los mantuvo vivos cuando niños, donde serían eternos antes de rendirse y llegar el punto donde no pueden luchar más y su salida sea ser consumidos o escapar a la vida desconocida donde, creo yo, esperan encontrar lo que no encontraron en sus cortas vidas.

Para concluir, después de comprender que los niños son los que tienen la pieza clave para entender la vida, ¿no les parece triste cómo se degeneran con el tiempo y con la presión social, transformándose en seres completamente inconscientes, muy similares a muertos andantes, que dejan su vida pasar mientras buscan una felicidad completamente inconclusa y futurista?

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