Bastón de lucha y paz

Isidro, guerrillero desmovilizado del M-19 por la amnistía de 1982, cuenta su testimonio, sus vivencias antes, durante y después de esta guerra de hace 30 años que aún continúa latente, aunque con otros actores.

Por: Paloma Merchán Quiroz. Estudiante de tercer semestre de Medicina. pa.merchan@uniandes.edu.co

El viento frío sopla con fuerza, típico de la noche en la ciudad de Bogotá. Las calles están más concurridas. Aquí, en el barrio el Rincón de Suba, la calle es el hogar de todos: el sitio para hacer el asado del domingo, donde los niños juegan fútbol o donde sencillamente se reúnen para hablar un rato más. La inseguridad que quizá haya en el sector no hace más cortas las charlas o que menos cervezas se vendan en las esquinas. Aquí se aprovecha cualquier descanso o festivo y claro, un día en que se decide por “Voto Popular” si se aprueba o no el acuerdo de paz entre el Gobierno y las FARC –grupo insurgente más antiguo de Colombia– es el día perfecto para celebrar, no se sabe qué, pero al fin y al cabo, celebrar.

A media cuadra del centro de votación más cercano no es la excepción. Un hombre de tercera edad observa las noticias, rodeado de aquella familia. El No del plebiscito va ganando. Todos conversan, pero el hombre, que lleva bastón y sombrero, se mantiene en silencio.

–¿Qué piensa, Isidro?– le pregunta alguien.

La mayoría aquí conocen su historia

–Me morí sin ver la paz– dice Isidro mientras arroja esa carcajada que bien parece una mezcla entre gracia y agonía, y que puede terminar en lágrimas de alegría o de tristeza.

Isidro fue combatiente del M-19 hasta 1982. Perteneció al frente ubicado en Caquetá. Pero hoy, después de más de 30 años de su amnistía, incluso salir de su casa a votar ya representa una travesía y una gran tarea. Sus piernas, afectadas por una enfermedad arterial, ya no responden igual; sus pasos son más lentos. A los 63 años sus arrugas pronunciadas y su “calva brillante” –como dice su hija– que nunca deja sin sombrero dan testimonio de sus vivencias. Ha cambiado mucho, excepto en aquella risa tan característica suya y en su forma callada de ser hoy en día, que según me dicen es totalmente diferente a su buen humor y sus malos chistes de antes.

Durante la tarde salir a votar fue todo un “corre-corre”, casi un milagro. Faltaban cinco minutos para las cuatro, ya casi abrirían la calle, pero apoyado aún en su viejo bastón aceleró lo que más pudo para llegar y alcanzó a entrar. Al salir del puesto de votación Isidro dijo que sí pudo votar. Su compañera de vida, una mujer rubia y menor que él, no le cree aunque no le dice nada. Ella sabe lo importante que es para él votar en un día como este. Más importante de lo que es para muchos el asado del domingo o “echar pola”. Apoyado en su mujer entra a aquella casa; tanto afán lo dejó sin aliento.

En la casa, que pertenece a los suegros de Isidro, toda la familia está reunida. Luego de ver las noticias, se sienta a jugar naipes con su suegro; dice que jugar le recuerda el campo, su Boyacá, en la que nació y vivió parte de su vida. “Yo empecé a trabajar a los 5 años, con una señora que le decían “La Loca Margarita”. Me tocaba cargar el agua del pueblo a la vereda y cuidar las ovejas”, dice mientras juegan encima de aquel Periódico El Tiempo que ha cargado todo el día. No lo suelta ni para ir al baño, aunque le haga más incómodo caminar.

–Eso es lo que hace todos los días: leer y leer hasta más no poder– dice su compañera de vida.

–¿Qué lee?–pregunto.

–Todo lo que se pueda imaginar.

El periódico, cuentos, novelas, la Biblia… hasta los clasificados– responde su esposa.

Nació en Chiguata, vereda de Iza, Boyacá. Creció en el campo, sembrando, cuidando ganado, cañoleando (hilando lana), trabajando desde los 5 años. Luego vino a Bogotá junto a su hermana, Clemencia, en busca de trabajo. Cuando le pregunté por sus épocas de juventud en esta fría ciudad él respondió: “Yo no tuve adolescencia”.

–¿Y el colegio?

–Cuando llegué a Bogotá también quise estudiar. Entonces me metí a la nocturna en el San Francisco Berbeu–,
responde mientras cuenta sus cartas.

–¿Y lo terminó?

–No– responde riendo ruidosamente- así me metí fue al colegio de la guerra.

Cuando entró a este colegio conoció un profesor, de matemáticas según recuerda, amigo de Carlos Duplat, quien estaba organizando una obra de teatro llamada “La gallina de la unión”, e invitó a Isidro a participar. Así fue como éste profesor lo invitó a pertenecer al movimiento que se hacía llamar FARC. Empezó siendo cocinero en el Cauca y, tiempo después, comandante del Frente 3 hasta 1971. Luego de que Jaime Bateman, otro comandante, desertara, Isidro y varios miembros “se bajaron del monte”.

–¿Por qué se salió?– pregunté.

–Las FARC no tenían claridad de para dónde iban o qué querían, como tampoco parece que la tienen ahora– dice.

Al nombrar al Eme se endereza, habla más alto y me mira fijamente. Después de las elecciones que dieron a Pastrana como presidente la izquierda estaba en crisis. “Así nace el Eme: para unir la oposición porque no había otra salida. Se necesitaba una alternativa política”. dice Isidro. Lo primero para lograr este propósito fue la creación del periódico en el cual Isidro alguna vez escribió, aunque no recuerda sobre qué. Su suegro acaba por ganarle diez juegos a seis en cartas. “Vámonos ya para la casa, pa’ que este día por fin se acabe” dice a su esposa.

Ni el hablar de aquellos días gloriosos parece arreglar aquel día.

Los rayos del sol se asoman entre las nubes e intentan espantar aquel frío de noviembre. En el ambiente se respira tranquilidad, y como en un día de descanso la ciudad está solitaria. No obstante, Suba parece ser una excepción. Mientras me aproximo a la casa de Isidro comienza a llover, pero a la gente no parece importarle. Luego de llamar a la puerta del apartamento me abre Stella, su esposa, y me hace pasar. La sala está marcada por colores blanco y negro, resaltando una planta grande casi en el fondo. Justo al lado de la puerta está lo que a primera vista podría ser una piedra cualquiera: “Es un fósil que trajimos con Isidro de Apulo” dice Stella. Ella me muestra su casa. Montañas de periódico reposan en el suelo de cada habitación. Veo su habitación por el rabillo del ojo. Hay lo que parece ser un cajón lleno de pequeñas baratijas. “Es un mini acumulador” dice Stella. Hay una foto de una niña peli-negra que no se parece a la hija con la que vive. Cuando le pregunté a su esposa quién era me dijo que era su hija Libertad. Al preguntarle a Isidro más tarde por aquel nombre tan peculiar me respondió: “Se llama Libertad porque fue hecha en libertad. Es un buen recordatorio ¿no?”. Mientras espero a Isidro leo el periódico del día. Hoy se dio a conocer el nuevo acuerdo luego de que el anterior no recibiera aprobación. Como dijo después Isidro es “una esperanza pa’ los que esperamos. (…) ya está bueno de tanta guerra de mierda”.

Luego de un rato Isidro sale vestido con un chaleco verde, un sombrero nuevo, sus gafas desgastadas y su barba bien cortada. Su respiración esta agitada y su paso un poco más veloz. No está acostumbrado a arreglarse antes de las 12. Antes de irnos, le ofrezco mi ayuda para bajar las escaleras. “Yo y mi garrote podemos solos” dice refiriéndose a su bastón y tras su típica carcajada que he llegado a conocer. Baja paso por paso las escaleras y tampoco permite que Stella lo ayude. Caminamos rumbo a la Plaza Fundacional de Suba. Stella y yo ajustamos nuestro paso acelerado al suyo. El camino no es largo pero en las calles la gente se aglomera e impide el paso de personas robustas y de mediana estatura como él. En su mano izquierda porta un reloj negro y oxidado que, según me dijo Stella, encontró en la calle hace seis años. Lleva un anillo que tiene el Padrenuestro escrito; su dedo meñique y regordete parece ahogado por este, al igual que sus pies inflamado que se estrujan en sus sandalias, los zapatos que más le facilitan caminar.

En la Plaza no hay mucha gente, sólo algunos skates al frente de la alcaldía, algunos vendedores de Bon-Ice y otros fumadores. Isidro me dijo que los lugares así le traían grandes recuerdos. Nos sentamos en una banca al frente de la Iglesia. Mientras estuvimos allí, él se mantuvo con la mirada perdida en el horizonte o viendo a la gente pasar. Stella me había dicho que solía tener lagunas mentales, algunas consecuencia de la quimioterapia contra el cáncer cerebral que le diagnosticaron hace quince años. A pesar de ser desahuciado sobrevivió de milagro, según dicen. La mayoría de sus recuerdos son constantes aunque hay huecos en su memoria; siete operaciones no vienen solas.

Diversos recuerdos venían a su mente en ese instante, mientras el olor a cigarrillo de al lado permeaba el ambiente. Recordaba las mañanas en las que corría en esta plaza para entrenarse, cuando Suba no pertenecía a Bogotá, y también de aquel día en qué veía la televisión en la plaza central de Duitama, cuando el presidente Turbay, ante la violencia que se estaba presentando, hizo un llamado a armarse en defensa. Llamado que no fue omiso al M-19. Fue en ese momento que el M-19 llevó a cabo una de sus más recordadas hazañas: el robo de las armas del Batallón Cantón Norte por medio de un túnel de más de 80 metros. “Fue uno de los días más felices que recuerdo. Yo ayude a planear el túnel y eso. No estaba allí. Mandé a unos hombres, pero cuando nos dieron la noticia de que todo había sido exitoso celebramos toda la noche. El pueblo donde estábamos lo supo. La gente parecía querernos más en esos días” dice con brillo en sus ojos.

Sus días allí, en la guerrilla, eran también de rutina: revisión de armas, ejercicio, desayuno, cazar o conseguir comida, deambular, y luego de días, trasladarse. Cada año los comandantes de cada región se reunían y realizaban su conferencia. Esta rutina no duró mucho. Durante el sexto encuentro anual en Tocancipá Isidro recibió un disparo en la cabeza durante una toma en la cual cayeron muchos comandantes. “Fui cogido como preso político y luego de ser llevado al batallón, fui trasladado a La Picota (…), mi condena era de más o menos 25 años”. Isidro enfrentaba cargos por homicidio, asonada, falsedad, secuestro y, por supuesto, rebelión.

–¿Cometió todos esos delitos?

–Pues secuestrábamos a personas de las pequeñas emisoras locales para hacer difusión local. En la guerrilla me llamaba Juan Carlos Martínez– se detiene y mientras suspira dice– me gustaba sentir que perseguía alguien, pero no matarlo. A esas alturas ya no sabíamos quién era el enemigo.

Terminó su bachillerato en la cárcel. Luego, uno a uno, y gracias a la amnistía de Betancourt en 1982, empezaron a salir. Isidro fue de los últimos. En esos días recuerda a Pizarro –quien fue para él como un padre– quien le dijo: “Tranquilo, mijo, que eso se arregla”. Finalmente a mediados de 1983, Isidro volvió a la libertad. Así, tiempo después, se marchó a una vereda de Duitama a sembrar. Su primera esposa e hija se fueron con él. “El Gobierno nos ofrecía prestamos de la Caja Agraria para desmovilizados, pero es no era mucha garantía. Así tenían como ubicarnos, perseguirnos e incluso matarnos”, cuenta Isidro. El ejército lo vigilaba en su casa, llegaban al campo al amanecer y los allanaban, buscaban armas o alguna otra cosa. Nunca encontraron nada.

“A Dios gracias que yo no estaba activo cuando pasó lo del Palacio. No tendría más hijas ni otra mujer”, dice Sirilo, como cariñosamente le dice Stella. A ella la conoció después, en la Universidad, cuando su matrimonio ya no estaba funcionaba y poco después de que naciera su hija Libertad.

–¿Por qué cree que pasó lo del Palacio de Justicia?– pregunté.

–No pienso tanto en el porqué, sino en el para qué, y es para cambiar. Había que incluir a las minorías y eso fue lo que logró la Constituyente.

Mientras caminamos por la plaza se tropieza pero no se cae. Cuando le ofrezco otra vez mi ayuda me dice: “Yo y mi garrote podemos.”

–¿Qué cree que fue lo más duro de todo eso? ¿Se arrepiente de algo?

–No me arrepiento de nada. Todo valió la pena. Creo yo que lo más duro fue entregar la  armas. Ese día sí que lloré– hace una pausa mientras arroja una de sus risas, esta vez con lágrimas en los ojos– … bueno y cuando me mataron a Pizarro.

–Y si me pregunta a mí– dice Stella, interrumpiendo el silencio– lidiar con la enfermedad de este hombrecito.

–Ay, mija– responde– hay rutinas peores. Mientras se pueda leer, criticar y hacer el amor y no la guerra, pues todo bien.

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