Tauromaquia y sensibilidad

En el marco de la actual polémica en torno a las corridas de toros, un estudiante se pone en los zapatos de los defensores de la fiesta brava. En un ejercicio reflexivo explora los argumentos de los taurinos, que no corresponden a sus convicciones, con el ánimo de promover la tolerancia hacia la posición de la contraparte.

Por: Luis Felipe García Rubio. Estudiante de noveno semestre de Derecho y miembro del Consejo Editorial. lf.garcia11@uniandes.edu.co.

La tauromaquia es en la actualidad un debate álgido e impregnado de pasiones en ambos extremos de la discusión. En estas cortas líneas se propone explorar los argumentos morales detrás de su ejercicio. De antemano se aclara que de manera intencional dos discusiones quedan aisladas: la económica y legal. Si bien las corridas de toros son parte importante de ciertas economías, dicha conversación se torna vacía si es posible concluir que la tauromaquia en sí misma es inmoral –como lo es, por ejemplo, el tráfico de humanos. Asimismo, su legalidad es irrelevante, en especial por la relatividad encontrada en el Derecho comparado y por la contingencia misma del Derecho.

Esta discusión parte del supuesto de una defensa circunscrita a territorios donde la tauromaquia ha sido tradicionalmente practicada. Así las cosas, la premisa que se pretende argumentar es la naturaleza moralmente buena de las corridas de toros. Se afirma que las corridas no son buenas, principalmente, por la tortura del animal que implica  la práctica. Al respecto debe decirse, antes de abordar el concepto de tortura per se, que dicha postura encuentra sus raíces en la estética. En efecto, la sensibilidad juega un rol fundamental en esta discusión. Es perfectamente entendible que una persona no aprecie lo bello de la lidia, no obstante, ello no colige en su condena objetiva. En otras palabras, la sensibilidad como fuente de moralidad (Wolff, 2015) se apodera del debate como razón, más no como argumento definitivo.

Aclarada ya la contingencia de la crítica del antitaurino, es procedente el estudio del concepto de tortura. En principio, la tortura es entendida como un “grave dolor físico o psicológico infligido a alguien, con métodos y utensilios diversos, con el fin de obtener de él una confesión, o como medio de castigo”. Ahora, reconociendo las limitaciones de un análisis nominal de la institución, se proponen cinco razones para argumentar la ausencia de tortura en la lidia. (i) En primer lugar, las corridas no tienen como objetivo hacer sufrir al animal. Aquí debe distinguirse el objetivo de sus efectos, porque si bien es cierto que el toro sufre como consecuencia de las corridas, ello no implica que éste sea su objetivo, pues, en realidad lo es la expresión artística en sí misma. La misma lógica es aplicable al consumo de animales y el sacrificio de corderos, sus efectos son los mismos por diversos
motivos.

(ii) En consecuencia con el objetivo, este ritual no tiene sentido sin la pelea del toro. El espectáculo pone en el centro de su esencia el instinto combativo del animal y la consecuencia de su propia pelea –contrario a la idea de tortura. (iii) Debe agregarse que también es latente la muerte del torero, la cual, si bien no es probable, sí es posible – como parte de la moralidad de la lidia. Ello pues la corrida de toros no es una competición deportiva en la que el resultado debe ser imprevisible. (iv) Otro argumento relevante es que si el toro fuera torturado, huiría. Este argumento se ejemplifica a través de la “prueba del puyazo” donde se ha comprobado que cualquier animal huiría ante enfrentamientos mucho menores que aquel en el que participa el toro de lidia. Finalmente, (v) debe decirse que existe una confusión esencial entre hombre-animal. Es cierto que los segundos merecen protección y cuidado, pero es importante entender sus diferencias con los humanos antes de saltar al argumento vacío.

La sensibilidad del animal es tomada como idéntica (o muy similar) a la del hombre. Ello no solo es un error en sentido general, sino en sentido particular. En efecto, el toro de lidia asocia el dolor con categorías muy distintas a las del hombre. Debido a la segregación de beta-endorfinas (hormona encargada de bloquear los receptores del dolor), intensificada durante la lidia, el toro de lidia es por naturaleza un animal que busca el combate y está equipado para el mismo. Ahora, podría argumentarse en este sentido que el animal no elige el combate. Al respecto debe decirse que en efecto no lo hace; los animales no eligen conscientemente una u otra conducta, por lo cual el reclamo es ilógico en su esencia misma.

En conclusión, la cadena de argumentos dados, junto a muchos otros que la extensión del escrito no permite plantear, permite fundamentar la bondad moral de las corridas de toros. El debate siempre debe estar abierto, pero al poner de presente la naturaleza estética anteriormente analizada junto con los argumentos complementarios descritos, es factible concluir que es sano el respeto de esta tradición la cual en poco o nada afecta los valores morales que predican las sociedades donde ésta se encuentra.

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