Hacia la posibilidad de un perreo reflexivo

Las críticas alrededor de lo que implica el reguetón en la sociedad suelen estar permeadas de argumentos muy similares entre sí. En este artículo se analiza la misma temática pero desde una perspectiva distinta a la que podríamos estar acostumbrados.

Por: Valeria Pedraza Benavides. Estudiante de octavo semestre de Filosofía y séptimo de Derecho. v.pedraza10@uniandes.edu.co

Esta es una ref lexión que, como aquellas que entrañan inquietudes vitales, está inacabada. Surge tanto de la controversia suscitada por el artículo de Yolanda Domínguez en el Huffington Post de España en contra de Maluma y sus Cuatro Babys (y de la consecuente respuesta de Andrea Ocampo publicada en Noisey), así como de mi inquietud por las posibilidades de asumir una postura feminista, sin que esto implique sacrificar mi gusto por el reguetón.

Lo que nos enseñó a bailar apretado y de un modo más pélvico que el de nuestros padres en las fiestas de quince fue el reguetón, herencia de la confluencia de ritmos como la champeta, el reggae y el dance hall. Mi educación fiestera osciló entre esto y la música de artistas más clásicos como Juan Luis Guerra, “El Joe” y Willie Colón. Disfruto de ambos estilos, pero confieso que cuando bailo reguetón siento una liberación propia de la mujer caribeña desinhibida que baila sola, y admiro e idealizo a esa mujer. No es que la salsa o el merengue no me transmitan esto, pero en una realidad en la que las potenciales parejas para bailar estos ritmos plenamente son escasas es liberador poder bailar reguetón y disfrutarlo sin necesidad de un guía, asumiendo el control del propio cuerpo y sacudiéndose la aséptica y reprimida forma de ser de los bogotanos.

Pero esto es una gran idealización, pues he comprendido que las connotaciones de que yo baile desinhibida y sola en una fiesta no son del todo liberadoras. Entiendo, por una parte, que bailar sola siendo mujer en una discoteca significa pedir compañía para el resto de la noche. Por otra parte, a raíz de las críticas al reguetón, empecé a preguntarme qué tan libre es realmente esa mujer que baila, cuyo cuerpo es expuesto en videos musicales en un sentido más comercial que artístico. En efecto, lo que señala Yolanda Domínguez en su crítica a Maluma es transversal a todas las críticas que se le formulan al reguetón: “uno de sus últimos trabajos, Cuatro Babys, es toda una apología de violencia hacia las mujeres que las describe como meros cuerpos intercambiables y disponibles al servicio del deseo sexual ilimitado, irrefrenable e incontrolable de los varones” (Domínguez, 2016).

No obstante, me sigue gustando el reguetón y quiero poder bailarlo en paz, sin acosadores, pero también sin el juicio de otras mujeres (u hombres) que, en consonancia con los acosadores, pero desde una postura feminista, ven en bailar reguetón una forma en la que la mujer se pone a disposición del hombre. Por eso quiero repensar ciertas críticas hacia el reguetón para mostrar que no tiene mucho sentido satanizar este género, así como defender que, el que quiera, se perree reflexivamente.

Por ejemplo, aunque evidentemente la mayoría de las canciones de reguetón tienen contenidos violentos que presentan a la mujer como alguien que cede fácilmente ante las formas más básicas de seducción (si es que a eso se le puede llamar seducción), o la cosifican, no entiendo por qué asumimos tan acríticamente que esto es lo que reproduce la violencia sistemática hacia la mujer, en lugar de ser expresión, primero, de un cierto tipo de cultura, y segundo, de la pobreza con la que, tanto hombres como mujeres, viven su sexualidad. Porque nos guste o no, como bien lo señala Andrea Ocampo, el reguetón nace con una corriente de géneros urbanos que no sólo hablan de sexo, sino también de violencia, pobreza y la vida del barrio. Y aunque en la actualidad el reguetón está comercializado y sus exponentes ya no son pandilleros, y sin afirmar que haya un contenido social en el reguetón, pienso que podríamos leer sus referencias a la mujer desde una perspectiva sensible al hecho de que esas canciones hablan de realidades que tal vez no sea recomendable censurar si las queremos cambiar.

También me pregunto ¿por qué asumimos de entrada que la mujer en esas canciones no tiene agencia, que no le exige al hombre, o le pone límites? Incluso las Cuatro Babys de Maluma lo retan y se frustran con su rendimiento. El problema radicaría en que esas mujeres no tienen voz, pues sólo contamos con los relatos que los mismos cantantes, ufanándose de sus hazañas en la discoteca o en la cama, nos brindan. Pero esto no es exclusivo del reguetón. Muchos géneros están monopolizados por voces masculinas que nos retratan en función de los hombres, y no por eso los desechamos, sino que los reinventamos. Por eso le agradezco a Ivy Queen, quien en “Yo quiero bailar” muestra su versión desde el reguetón.

Por último, si lo que nos preocupa es que esta figura del macho reguetonero sea un ejemplo para los más pequeños, tal vez sea bueno que, en lugar de endilgarles a figuras mediáticas la educación de los niños, los padres y madres hablen de sexualidad con sus hijos para que éstos tengan una relación cómoda y sana con su propio cuerpo; que haya una educación sexual seria que permita que la sexualidad se viva más allá de la propia afirmación en el cuerpo del otro y que muestre que el sexo no es la pornografía; o que haya políticas estatales que se tomen en serio temas como el control de la mujer sobre su propio cuerpo y las enfermedades de transmisión sexual. Tal vez sea más urgente hacer cambios a ese nivel, que responsabilizar al reguetón por la forma tan básica en la que nos relacionamos con los demás y vivimos nuestra sexualidad.

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