La voz de los que quieren volver

Por: Carlos F. Beltrán, Secretario del Comité de Paz del Consejo Estudiantil Uniandino. Estudiante de tercer semestre de Derecho con Opción en Políticas Públicas y Política Comparada / Especial para Al Derecho

Un inclemente sol nos esperaba desafiantea la afueras del Aeropuerto Alfonso López Pumarejo de Valledupar. A lo lejos, la Serranía del Perijá y la Sierra Nevada de Santa Marta se erigían como silenciosos testigos de un valle que no obstante su belleza y su riqueza natural, ha sido afectado a lo largo de su historia por las consecuencias más crudas de un conflicto armado que no hacía distinciones.

Habíamos salido temprano desde Bogotá, en un avión facilitado por la Fuerza Aérea Colombiana gracias a las gestiones de la Oficina del Alto Comisionado para la Paz, Sergio Jaramillo, quien se embarcaba con nosotros en esta aventura. Soy uno de los diecisiete estudiantes de más de cinco universidades que, junto a los miembros de la Oficina ya mencionada, teníamos como destino la zona veredal “Tierra Grata” en el corregimiento de San José de Oriente, zona norte del departamento del Cesar. El objetivo de nuestro viaje como estudiantes era poder tener un encuentro –hasta hace poco tiempo algo impensable– con los miembros del Bloque Martín Caballero de las FARC; La voz de los que quieren volver era la primera vez que la sociedad civil visitaba de forma oficial y gestionada por el “Gobierno a través del Mecanismo Tripartito de Verificación una zona veredal”. Queríamos intercambiar ideas con ellos y construir relaciones de confianza que nos permitieran dialogar con el ser humano que habita en cada uno de ellos y, a futuro, poder cooperar en un proyecto a gran escala.

Un viaje en avión, la inauguración de una preciosa Biblioteca de Paz del Ministerio de Cultura en el municipio de La Paz y un recorrido terrestre después nos pusieron delante de lo que tanto habíamos esperado: bajo un gigantesco árbol que los protegía, nos esperaban los miembros de las FARC, listos para iniciar con nosotros este encuentro y participar juntos en las dinámicas que traíamos para proponerles.

La primera impresión no pudo ser más positiva. Aunque pudimos reconocer caras de asombro, extrañeza, y quizá también algunas que delataban no haber visto jamás en sus vidas un pálido espécimen proveniente del centro del país, nos recibieron con sana curiosidad. Los prejuicios, lo confieso, habrían podido llevar a pensar a cualquiera de nosotros que nos esperaba poco menos que un encuentro con La Parca, un cara a cara con militantes desalmados, acostumbrados robóticamente a las dinámica de la guerra y carentes de todo sentimiento que los hiciera humanos. ¡Nada más alejado de la realidad! Botas calzadas, buzos puestos y gorras sobre sus cabezas. Las personas que allí se encontraban tenían mil historias detrás de cada rostro tostado por el sol y el devenir del tiempo, con familias que también lloraban sus desventuras y anhelaban poder tenerlos en casa, con civiles que no deseaban otra cosa que el fin definitivo del conflicto, como nosotros.

Así, una vez nos bajamos del bus, y tras una explicación grosso modo por parte del Comisionado y de un vocero nuestro acerca de la actividad, nos dividimos en diez grupos, cada uno integrado por dos estudiantes de universidades de Bogotá, dos estudiantes de la Universidad Popular del Cesar y entre cinco y diez miembros de las FARC. Hecho esto, empezamos.

La primera actividad propuesta era la construcción conjunta de una línea de tiempo. Éramos absolutamente conscientes de que la historia colombiana puede resultar a veces un laberinto intrincado sin solución aparente. Por eso queríamos emplear una metodología de construcción de Historia entre todos, donde cada aporte fuera respetado y considerado valioso, sin emitir ningún juicio de valor al respecto por parte de los participantes. Cada uno debía elegir un momento de la historia que lo hubiera marcado de forma personal, y explicar por qué. Yo elegí la Marcha del Silencio del 5 de Octubre, por su importancia coyuntural e histórica y la forma tan profunda en que me marcó como persona y como ciudadano. Miles de historias, anécdotas y recuerdos fluyeron continuamente a lo largo de más de hora y media que duró esta parte del ejercicio, pues era al que mayor cantidad de tiempo y energía estábamos dispuestos a dedicarle. La historia que más me llamó la atención fue la de Viviana, una guerrillera indígena. Entre el 2002 y el 2003 perdió a sus papás y al resto de su familia cercana a manos de los paramilitares. Así mismo, nos narró cómo el hecho de que las FARC pasara por el terreno de una familia campesina, por más alejada e independiente que ésta fuera del conflicto, la convertía en objetivo militar de los grupos al margen de la ley –y en ocasiones, del mismo Estado–, prácticamente firmando su sentencia de muerte. Una vez más, en las anécdotas de estos colombianos se reflejaba la crueldad con la que los civiles sufrían en la guerra, atrapados en el fuego cruzado entre los bandos y sin posibilidad de escapar de una violencia que, como llamarada, consumía cada vez más terreno, cercando su existencia y sometiéndolos a una oscuridad absoluta que succionaba sin piedad sus esperanzas.

La segunda actividad fue Una Carta para la Paz. Los estudiantes que viajamos desde Bogotá llevábamos con nosotros cartas escritas por miembros de la sociedad civil dirigidas directamente a miembros de las FARC, quienes a su vez se comprometieron a responderles y hacerles llegar las respuestas a través de los estudiantes de la Universidad Popular del Cesar.

La tercera actividad fue, en mi opinión, de las más emotivas. Les pedimos que para un proyecto artístico de memoria nos donaran voluntariamente un objeto que para ellos representara su tránsito hacia la vida civil y su convicción de paz. La otra parte del ejercicio era aprendernos sus nombres, ya que era lo mínimo que podíamos hacer por mostrarles interés) nos regaló su anillo, porque lo había llevado con ella en los momentos más arduos de la confrontación y símbolizaba de su disposición y confianza. Jefferson nos regaló su manilla de Bibliotecas por la Paz, porque representaba su creencia de que la educación es la clave del proceso de reintegración a la vida civil. Bernardo nos dio su bolígrafo favorito, que simbolizaba para él las muchas historias que podría escribir ahora que por fin podría sentirse ciudadano pleno de Colombia. Así como ellos, muchos más nos dieron objetos sumamente significativos y conmovedores que espero cualquier colombiano pueda apreciar pronto en la exposición artística para la cual van destinados.

Finalmente, queríamos hacer un cierre como la ocasión lo exigía. Nos reunimos todos los grupos con el Alto Comisionado en un lugar de reunión muy típico de la sociedad colombiana: la cancha de fútbol. En un gran trozo de tela blanco, y usando los colores de la bandera, cada uno plasmó un mensaje o símbolo que quisiera que los otros se llevaran del encuentro. Manos, frases, palomas y nombres quedaron grabados en la “bandera”, porque el papel lo aguanta todo. Como forma de expresarles que nosotros no olvidaríamos jamás este encuentro, y que una parte de nosotros se quedaba ahí, con ellos, deseando de corazón poder volver a verlos pronto en la sociedad civil, en la Colombia de todos, decidimos partir la bandera en dos, de tal forma que un pedazo se quedara con ellos en Cesar y otro viajara nuevamente a Bogotá en nuestra compañía.

Todo estaba consumado. Fotos hechas, bandera dividida, emotivas despedidas, conmovedoras declaraciones, volvimos a hacer maleta y nos dispusimos a volver a la capital, pero no volvíamos tan ligeros como habíamos llegado. Cargábamos en nuestro ser con las expectativas de los guerrilleros, que ahora desarmados, confían en la voluntad de la población civil. Cargábamos con la voz de los que quieren volver, retornar a casa, que esperan poder salir pronto de las zonas veredales y tener su propio proyecto de vida, lejos de la violencia. Sentíamos sobre nosotros la responsabilidad de transmitirle al mundo lo que habíamos visto ese día, las historias que habíamos escuchado, las emociones que no habíamos dejado de experimentar como montaña rusa a lo largo del camino.

Confieso que, al igual que muchos de mis compañeros, siento que tuve una oportunidad única. Mientras crecía en la Colombia urbana, relativamente alejada de las inclemencias del conflicto,escuché hablar de las FARC como un ser impersonal, un Leviatán gigante que sólo sembraba fuego y destrucción a su paso, llenando de terror y destruyendo todo cuanto tocaba. Soldados sin madre que marchaban a la guerra, como Mambrú, sin intenciones de regresar. ¡Qué fácil es hablar del conflicto cuando no se vive en carne propia! Y ¡qué fácil es hablar del conf licto en general, cuando ni siquiera hemos conocido al tan temido “enemigo”!

Por eso era importante para nosotros visitar la zona veredal, porque bajo la premisa de que conocer y entender las necesidades y aspiraciones de las personas en proceso de reintegración es fundamental para afrontar el futuro inmediato de Colombia, teníamos que ser capaces de, como sociedad civil, dar un primer paso hacia la reconciliación, de hablar sin complejos y sin máscaras de todo lo que viene, de corazón a corazón, construyendo relaciones auténticas de confianza, porque la paz está en construcción y se encuentra lejos de estar terminada.

Era indispensable que fuéramos nosotros, jóvenes, los que lideráramos esta iniciativa de construcción de paz –de nombre “Oigámonos”– con el apoyo del Alto Comisionado, porque creemos que como lo decía Pepe Mujica hace unas semanas, tenemos derecho a soñar con una Colombia distinta que “no pague peajes de dolor y de angustia”, y porque estamos firmemente convencidos de que el empoderamiento de la sociedad civil y la eficaz implementación de Los Acuerdos pasa necesariamente a través de la acción de nuestra generación, millennials dispuestos a trabajar sin descanso para hacer realidad lo que, hasta ahora, solo ha sido una bonita fabula: la Colombia anhelada.

Estoy seguro de que encuentros como este se van a dar a diario el día de mañana, muy probablemente no en zonas veredales, apartadas de la “civilización” en lugares recónditos del mundo, sino en la Colombia de todos los días. En las panaderías, en las cafeterías, en las calles, en el transporte público. Si este proceso de reincorporación a la vida civil continúa su curso y tiene éxito, muy pronto nos encontraremos con estas personas en el albor mismo de nuestras ciudades, en la esquina de nuestras casas, y va a depender ahora de nosotros tener un corazón abierto a escuchar, un corazón que como decía Nelson Mandela: “Comprenda que la valentía no es la ausencia de miedo, sino el coraje de conquistar esos temores”, que es todo lo que se podría pedir para poder iniciar un diálogo sincero y sin tapujos, una conversación infinita que conduzca a nuestro ideal de nación.

Puede que esto haya sido sólo un grano de arena más en una titánica misión que aparenta ser el cometido de toda una generación, por la amplitud y complejidad de sus objetivos. Sin embargo, cuando sucios y agotados pisamos suelo bogotano esa noche, no solo no éramos las mismas personas que habíamos volado esa mañana a Valledupar con maletas llenas de optimismo, sino que estábamos un paso, un escalón, un peldaño más cerca de mi Colombia, tu Colombia, nuestra Colombia… el país de nuestros sueños.

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