Cuidado con los rankings

El autor invita al lector a través de este cautivador artículo a pensar con esceptisismo los rankings que nos posicionan como la mejor facultad a nivel nacional, para mirar con ojo crítico las deficiencias palpables en la cátedra de algunos profesores de la facultad de Derecho.

Por: Juan Camilo Boada. Estudiante de octavo semestre de Derecho. jc.boada10@uniandes.edu.co

Este semestre he tenido la oportunidad de ver un par de noticias a rankings de universidades en los que la Universidad en general, y nuestra Facultad en especial, salen muy bien libradas. La primera salió el 6 de febrero, cuando Semana tituló “¿Cuál es la mejor universidad en Derecho de Colombia?”. La segunda se dio el 14 de marzo, y fue replicada en El Tiempo y otros medios. En la página oficial de Los Andes se reseñó: “Seis carreras de Los Andes, entre las mejores 100 del mundo”. A su turno, como es usual, cada noticia recibió muy rápidamente likes y shares, pues en el primer caso, la Facultad de Derecho de Los Andes salió como primera, y, en el segundo, se resaltaba que la Universidad había obtenido cuatro estrellas, de cinco posibles, en el sistema de medición de la firma británica Quacquarelli Symonds (QS).

Esto definitivamente resulta ser un bálsamo, una palmadita en la espalda que nos recuerda que se justifica tanto esfuerzo y dedicación al estudiar en la Universidad de Los Andes. Sin embargo, más allá de que profeso un profundo cariño por ella, no puedo esconder mi escepticismo frente a estos rankings. La elaboración de éstos se basa en diversos criterios que muchas veces obviamos como estudiantes. El primero de los dos rankings establece cuatro criterios para calificar las universidades: reputación académica, reputación del empleador, citaciones por paper y el índice de citación h. En Colombia, en reputación académica somos segundos y en los otros tres primeros. En el segundo ranking, se encuentran estos criterios: el enganche laboral de los egresados, el compromiso institucional, la internacionalización, la investigación, el aprendizaje virtual, la responsabilidad social, la enseñanza, la inclusión, la innovación, las facilidades en el acceso al servicio de salud y la práctica deportiva, y la oferta artística y cultural, entre otros. Como reseña la noticia en la página, “Una universidad calificada con cuatro estrellas se caracteriza por tener, en cada Facultad, a un académico que cuente con mínimo dos citaciones mundiales de sus investigaciones”.

Lo anterior muestra con claridad que el tema de publicaciones e investigaciones es, si no el más importante, uno de los más importantes en estos rankings. Y claro, sería estúpido decir que eso es malo. De hecho, debe ser un motivo de orgullo porque Los Andes es pionera y vanguardista en investigación en nuestro país. Está bien que se nos infle el pecho. Pero eso no puede ser una justificante para la permanencia de malos profesores en nuestra Facultad o en la Universidad. En lo absoluto, y es allí donde radica la crítica. Hay profesores de nuestra Facultad que se perpetúan en el top 10 de los peores profesores que publica este periódico, y en algunos casos basta con mirar el nivel de estudios o las publicaciones de algunos de estos para asumir que es esto último lo que los mantiene en la Facultad a pesar de las críticas de los estudiantes. Pero claro, sería tendencioso afirmar esto a la ligera, pues la buena fe se presume de todo el mundo, así haya profesores de esta Facultad que no lo piensen así.

Ahora, el llamado de reflexión no es sólo para la decana o directores de área. En el cierre de la campaña “Más allá del promedio”, el profesor Guillermo Otálora afirmaba que no consideraba grave que un estudiante saliera de una clase con vacíos frente a ciertos temas porque si algo se enseñaba en esta facultad era a llenar esos vacíos con las competencias en investigación o competencia que nos dejaba la carrera. Y eso es cierto, pero no por eso debemos hacer caso omiso a esos flagrantes casos de profesores que no responden a su compromiso profesional con la Facultad y con nuestra educación. Nuestra pasividad es una de las causas de que muchos profesores flojos o irresponsables sigan dándonos clase. Ser más rigurosos con las encuestas, enviar cartas u opiniones adicionales una vez terminado el curso, o hablar con la decana son sólo algunas posibilidades. Cito en especial a los monitores a que se involucren en este tema, pues si hay estudiantes autorizados para hablar de una clase son ustedes.

Me quedo para cerrar con la reflexión que hace la misma noticia de Semana sobre los vicios que pueden padecer los rankings (parece mandada a hacer para uniandinos): “ las universidades mejor administradas pueden mejorar sus resultados al enfocar sus esfuerzos en los criterios de la clasificación. Por ejemplo, pueden ofrecer incentivos salariales por publicación, contratar profesores de posgrados sólo por sus títulos, y así seguir cada una de las mediciones, sin necesariamente ofrecer una mejor formación académica”. No niego desde ningún punto de vista que el problema de la investigación en Colombia es grande. Muchos investigadores que quieren trabajar acá, pero no enseñar, deben buscar recursos para ser financiados, que salen, por ejemplo, de dar clase. Pero esa compleja realidad no puede opacar tampoco el mal trabajo de enseñanza de algunos profesores.

Obiter dicta (I): No puedo dejar en el tintero el hecho de que fui representante y que algún lector puede advertir que desde dicho cargo debí haber hecho algo al respecto y no desde estas líneas. Quejas de este tipo fueron presentadas a la Decana Catalina Botero. Sin embargo, al tema no se le pudo dar mayor desarrollo no sólo por lo corto del período pasado, sino porque la llegada de la Decana Botero se dio casi al final del mismo, por lo que antes era poco lo que se podía hacer.

Obiter dicta (II): Tuve también la oportunidad de pedir en Consejo de Facultad el semestre pasado que se regulara el tema de los asistentes graduados y tutores. Está bien que los estudiantes de doctorado dicten clase o sean asistentes de algunas clases, pero que la falta de regulación al respecto no sea una oportunidad para que profesores dejen de dar las clases que tienen que dar.

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