Mi nombre es ________________ y hago parte de FUCE PAZ

Parte del proceso del posconflicto es aceptarnos como iguales, reconocer en el otro, por más que piense diferente, un ser en iguales condiciones. Con este artículo podemos comenzar a alistarnos para este proceso tan importante para todos.

Por: Mariana Sanz de Santamaría. Estudiante de noveno semestre de Derecho. m.sanz10@uniandes.edu.co

Así se presenta uno a uno de los tres excombatientes de las FARC-EP con quienes nos encontramos a las 3:00 p.m. del martes 28 de febrero en la Universidad de Los Andes. Son fácilmente identificables: tienen una camiseta blanca marcada con el logo y el nombre “FUCE PAZ”; sí, tienen el tono de piel más oscura que la mayoría de los estudiantes y asistentes del evento, y sí, tienen facciones y contextura más tosca. Entré con la ilusión, seguro compartida, de ver a quienes hemos mitificado a través de los medios como insurgentes, criminales y narcotraficantes, pero que los últimos años hemos logrado humanizar y de oír a quienes tan fehacientemente he defendido y quienes estoy convencida merecen una segunda oportunidad. Por quienes, en parte, voté sí el 2 de octubre. Pero choqué con un discurso que no me despertó la empatía que pensé despertaría.

Tres de ellos, Marcela, Diego y Ever se sentaron junto a la moderadora Íngrid Bolívar (magíster en Ciencia Política) frente a, por lo menos, cuarenta estudiantes. Son ellos los primeros en saborear los beneficios del proceso de paz, pues entraron entre los 30 excombatientes que, ante el cumplimiento del cese al fuego unilateral por parte de las FARC, Juan Manuel Santos indultó en noviembre del 2015 como gesto de compromiso al proceso de paz. Eran condenados por rebelión y delitos conexos. Llevaban, entre los tres, un promedio de cuarenta meses privados de la libertad. Es decir que hace más de cuatro años no marchan en las filas de las FARC. Pero aún son camaradas, aún hablan de “nosotros” y de “ellos”, aún es su causa, aún es su lucha, aún es su ideología, aún “hago parte de la organización revolucionaria más grande del mundo”, como dijo Diego.

Apenas salieron constituyeron la Fundación Colombiana de Ex Combatientes y Promotores de Paz (FUCE PAZ). Entrar a la vida civil ya es de por sí un reto, pero hacerlo sin ser parte de alguna organización no es una opción. Renunciaron a la individualidad hace mucho tiempo, y volver a ella no es algo que tengan entre sus planes. FUCE PAZ pretende promover la capacitación a excombatientes en reconciliación, en pedagogía y veeduría de los Acuerdos y en la construcción de paz que, señalaron, “ha sido siempre bandera de las FARC-EP”. También, basados en su experiencia, crear conciencia de las injusticias del sistema carcelario en Colombia. En esto último hizo extenso énfasis Ever, pues, según él, la mayoría que están presos no son culpables. Hubo veces en sus intervenciones que se confundían los principios de la fundación con los principios de la lucha revolucionaria, con la importante distinción que una es con charlas y la otra es con armas.

En la hora y media con ellos poca relevancia tuvieron las preguntas. Ellos tenían un discurso que ansiaban exponer y las respuestas fueron entre líneas. “Somos un ejemplo de colectividad, de cultura fariana, tenemos nuestro propio dialecto”, “pues la comunidad es parte de nosotros y viceversa, porque surgimos de ella, nos respetamos mutuamente”, “nadie sabe la historia económica, social y política de Colombia como nosotros, andando, con la machita” (…) “donde no se miraba el Estado, lo fuimos nosotros”. Ahora, sí creo que nos hace falta reconocer la labor que –en medio de crímenes inaceptables– lograron las FARC-EP. Acobijó durante muchos años a una población, no menor, de colombianos desatendidos, inconformes. Les dio una familia. Ese lado de la moneda no ha sido revelado en su debida dimensión. Me pregunto qué hubiera sido de esa población sin el apadrinamiento de las FARC-EP. Pero, ¿a costa de qué?

No es mi primer acercamiento con ex combatientes, aunque sí el más retador. La dicotomía entre nosotros y ellos es muy latente. Aún hablan en términos “del enemigo”. Entiendo. Tomará años desmantelarse, confiar, reconocernos mutuamente. Pero me molestó profundamente que no conciban los crímenes que cometieron como un error sino como un medio, justificable, para un fin mayor. “Nosotros no secuestrábamos, reteníamos, (…) la guerra tiene sus matices”. Esperé más arrepentimiento. Esperé más perdón y reflexión. Tal vez me falta a mí, y a muchos como yo, entender el lugar tan distinto del que vienen. Incluir en mi repertorio de ideologías la de ellos, esa es la apuesta, ¿no? Que su lucha se traduzca en participación política. Pero me rehúso a incluirla si en esta se legitiman las 8 millones de víctimas que dejó el conflicto armado (según el Registro Único Víctimas de la Unidad para las Víctimas).

Nadie dijo que teníamos que ser un solo “nosotros”. Ese no debe, ni puede ser el anhelo incondicional para lograr la paz. Sí que es difícil penetrar el rígido adoctrinamiento de algunos excombatientes –no digo que sean todos los casos–. Y aceptarlo. Nos falta un largo camino. Tantos años de rivalidad no los sanan la firma de un acuerdo, ni una ley, ni un indulto. Espacios como este sí. Quedé con muchas preguntas que no me atreví a hacer. Espero que el tiempo de transición en el que estamos me las vaya respondiendo.

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