Mamá

Una estudiante nos cuenta una anécdota personal con el objetivo de apuntar al centro del problema de la violencia de género en Colombia: la ausencia de herramientas estructurales para enfrentarla.

Anónimo

Hace poco, después de la convocatoria de Pablo Armero a la Selección Colombia, llovieron las protestas en el país. Dados los antecedentes violentos del futbolista, muchos opinaban que no debía ser permitida su participación en la Selección. Luego de ello, la declaración en favor del jugador que dio su esposa, María Elena Bazán, desató una ola aún más agresiva de opiniones en las redes sociales que, para mí, no estaban justificadas de modo alguno.

Muchas personas se rasgaron las vestiduras por la notoria estupidez de la esposa, su cobardía, su ingenuidad, su bajeza y su falta de responsabilidad al permitir este tipo de tratos que, al fin de cuentas, afectan a toda la sociedad. Incluyendo la agresividad manejada en esas manifestaciones, mi rechazo va también dirigido al hecho de que esa forma de reducir todo a la actitud de la mujer deja de lado la complejidad cultural y social que la violencia intrafamiliar y el maltrato lleva consigo. Independientemente de si en el caso de Armero y su esposa hubo o no violencia, en los casos de maltrato, detrás de la forma en que la mujer actúa hay una educación inculcada, una situación económica y una presión social que, para una persona sin apoyo, es difícil de manejar la mayoría de veces. El punto entonces no está en atacar a las mujeres, porque ello no genera cambio alguno en lo que causa su tolerancia a la violencia. Existen definitivamente las excepciones, y son bastantes, pero en la mayoría de los casos el contexto y las marcas que deja el maltrato no permiten actuar con claridad. En mi caso, nunca nos permitió siquiera pensar en cómo debimos actuar.

Tenía 10 años, tal vez 9 o tal vez 11. Nunca, hasta ahora, lo he sabido, porque en casa está tácitamente prohibido hablar del tema. Después de una reunión familiar de la que llegamos en la madrugada y en la que hubo ciertamente alcohol, escuché entre sueños cómo mis hermanas gritaban. Todavía recuerdo que lo que guardo de ese día son flashes de mi padre, en ropa interior, encima de mi madre, intentando asfixiarla; mi padre apuntando a mis hermanas y a mí con un revólver y amenazando con matarnos si no los dejábamos en paz; mi hermana, valiente, en medio de su adolescencia, empujando a mi padre para quitarle el arma; mi mamá huyendo de la casa con la cara morada de los golpes. Nunca tuve tanto miedo. Mi papá estaba desesperado, y mis hermanas me pedían que, como su preferida, intentara calmarlo para que no hiciera nada malo. ¿Cómo podía hacerlo? Yo sólo tenía miedo de ese hombre que siempre fue mi héroe y que por razones desconocidas quería matar a mi mamá. Lo que siguen son también recuerdos difusos: papá preguntándome por mi mamá y mis hermanas regañándome para que no le dijera una sola palabra; los tíos de mi madre diciéndole a ella que debía quedarse por los hijos. De ahí una frase que nunca se me borró de la memoria; “es que uno todo lo hace por los hijos”, le decían.

Era como un tribunal, agresivo y cruel, que le recordó a mi madre que su papel era su sacrificio por nosotros, sus hijos; que nunca terminó siquiera la escuela y nadie le iba a dar trabajo ni la iba a mantener; que en la vida uno tenía que perdonar ciertas cosas por el bien de otras; que a los 40 años ya era tarde para andar con problemas. Cada día desde ese entonces me he preguntado por qué no hicimos nada, me he sentido la persona más miserable por permitir que mi mamá viviera sola eso. Yo era una niña, me digo siempre, pero también era su hija, la que hubiera preferido que ella se fuera lejos para no verla sufrir todo lo que sufrió, pues desde allí pasó un año y medio lleno de peleas, agresiones, gritos y llanto. Yo dividía mi vida entre el colegio de 6:00 a.m. a 2:00 p.m., dormir toda la tarde y seguir durmiendo en la noche. ¿Mi madre fue estúpida? No lo sé, no lo creo. Ella sólo estuvo en un lugar donde la única salida que le quedó, en medio de la pobreza, bajo la mirada atenta de sus familiares y el pueblo que la juzgaba, fue seguir en una relación enfermiza. Tal vez si ella hubiera tenido un trabajo no la hubieran manipulado de la manera en que lo hicieron o si hubiera tenido el apoyo necesario no habría soportado lo que soportó y no lo habría olvidado ni secundado como al fin de cuentas lo hizo. Ella fue educada para ello, y por eso las críticas deben ir dirigidas a cambiar esa sociedad y desigualdad que nos obliga a las mujeres a soportar la carga desproporcionada del maltrato, y a entender que en muchas ocasiones hay relaciones detrás que no son fáciles de eliminar, pues yo entiendo la magnitud de la gravedad de lo que mi padre hizo.

Aun así ¿cómo hago para rechazarlo sólo por tales actos violentos si en mi vida él ha tratado de ser el mejor papá? Si aunque hoy rechazo abiertamente el maltrato contra la mujer nunca pude enfrentar el maltrato que en mi propio hogar viví, me queda preguntar, ¿cómo hacemos las mujeres para luchar con esa paranoia hipócrita en la que condenamos externamente el maltrato pero en realidad lo ignoramos y callamos si lo vivimos en carne propia, pues no nos han dado las herramientas para enfrentarlo? Yo sólo creo que es hora de afrontar que la lucha de las mujeres por la igualdad y el respeto sigue más vigente que nunca, pero asimismo, en vez de atacarnos entre nosotras mismas, debemos ver cómo arrancar el problema de raíz, que un día nos ayude a reconciliarnos como sociedad y a personas como yo, que lo han vivido, perdonarse a sí mismas por permitirlo.

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