Somos tres

Por: María José Ramírez Alvarado. Estudiante de sexto semestre de Ciencia Política mj.ramirez14@uniandes.edu.co

Cuando me desperté miré el reloj. Eran las 7:00 am y mi novio ya me había escrito para desearme un buen día, como lo hacía diariamente. Me levanté rápido y al poner los pies sobre el piso, sentí una fuerte presión en ambos senos y un apretujón en mi vientre. Eso ya me había pasado días anteriores, así que me paré rápido y me fui para el baño a pegarme un duchazo. Cuando me quité la blusa de la pijama, pude notar que mis senos estaban ¡enormes! Y con unas venas verdes muy marcadas; así que me hice presión e inmediatamente sentí como si hubiese mil agujas adentro.

Mi periodo aún no me llegaba, pero mientras me duchaba solo pensaba en que seguramente esos dolores que estaba sintiendo era por la post-day que me había tomado unas semanas antes. En ese momento, salí del baño y mi mamá había acabado de levantarse, pero inmediatamente me vio me dijo: “María José, ¿qué te pasó que estás tan pálida?, ¿Te duele algo?, ¿Te sientes bien?” Justo en ese instante, pensé “juepucha, donde me llegue a preguntar que si ya me llegó ¿yo qué le voy a decir?” pero solo le respondí que me sentía bien, mientras en mi cabeza comenzaba a entrar una preocupación estremecedora.

Entré a mi cuarto, me puse un abrigo y unas botas, y mientras estaba sentada le escribí a mi novio por WhatsApp “Amor, es mejor que nos veamos en una hora en profamilia. Yo me hago una prueba de sangre para salir de dudas, porque en verdad siento miedo de que mi mamá me empiece a preguntar si ya me llegó el periodo”. Con Daniel ya llevábamos un buen tiempo de amigos, pero como pareja, la relación apenas estaba empezando a marchar. Él solo me respondió “Dale, amor. Entonces avísame cuando salgas para yo salir”. Así que cogí mis cosas. Mi cabeza estaba en otro mundo, pues llevaba tres días de retraso y mi mamá en cualquier momento me podría preguntar algo. Por eso, fui a darle un pico para despedirme y salí caminando rápido para evitar cualquier conversación con ella.

Me subí a un Transmilenio que me dejara en la estación de Profamilia, pero mientras llegaba, yo solo hablaba conmigo misma y me decía “ese retraso es por la post-day. Quedar embarazada es imposible”. Y eso me lo fui repitiendo muchas veces más hasta que por fin llegué. Ahí afuera estaba mi novio. Solo miraba al piso y movía sus manos de un lado para otro, pero apenas me vio, me dio un abrazo fuerte y me aseguró “todo va a estar bien, solo será un mal susto”.

Yo no tenía idea de qué lugar me serviría para hacerme una prueba de sangre, así que entré a un laboratorio que quedaba a una cuadra de la estación. Era una casa de dos pisos. En uno estaba el laboratorio y en el de arriba hacían las ecografías. Al entrar lo primero que se veía era una recepcionista, vestida de enfermera, creería yo. Le dije que me quería hacer un examen de sangre, así que me hicieron firmar unos papeles y de ahí mi novio sacó de su billetera los $20.000 que éste costaba. Inmediatamente ingresé y la enfermera me preguntó “¿cuántos días tiene de retraso?” y yo le respondí con una risa nerviosa “Tres”. Ahí me desinfectó el brazo izquierdo. Yo cerré los ojos, y cuando los volví a abrir me dijo “espéreme afuera 15 minutos mientras están los resultados”. Para nosotros eso fue una eternidad. Mi novio me cogía fuertemente la mano y yo, para evitar que se estresara más, le puse la cabeza en el hombro y le afirmé “tranquilízate que no va a pasar nada, solo me la tomé para estar 100 % de que me va a llegar, porque igual yo ya siento cólicos”.

A los 15 minutos, la recepcionista me llamó. Daniel y yo nos paramos de inmediato,  y ahí la señora me hizo firmar un documento en el que se evidenciaba que me entregaban los resultados. Mi novio recibió la hoja pequeña que estaba doblada a la mitad, y prefirió que yo la leyera, mientras estaba terminando de firmar. A mí se me empezó a revolver el estómago, sentía como si hubiese algo que me apretara fuertemente en el pecho, así que entregué los documentos y abrí rápidamente el papel que decía: positivo.

De acuerdo con un informe publicado por la OMS, alrededor de 16 millones de jóvenes entre los 15 y 19 años dan a luz cada año. Cuando leí esta cifra me parecía insólito pensar en cómo mujeres tan jóvenes llegaban a estar embarazadas, pero bueno, ahí estaba yo. Ese 23 de noviembre de 2016 supe que iba a ser mamá.

Arrugué el papel fuertemente, como si le fuera a dar un puño a alguien. Salí caminando lentamente de ese lugar y las lágrimas comenzaron a salir. Estaba en medio de la calle, veía carros pasar y escuchaba las miles de voces de las personas que caminaban a mi alrededor. Daniel salió del lugar, y ahí, justo en ese momento, me derrumbé.

  • ¿Cómo le voy a decir a mi mamá?- Fue la primera pregunta que me surgió apenas vi el resultado, y en medio de tanta angustia, eso era lo único que me importaba.
  • Yo voy a estar contigo, pase lo que pase, voy a estar ahí- Me respondió Daniel, mientras me cogía la cabeza fuertemente con sus manos sudorosas.

Entre tanta prisa de no saber qué hacer llamamos a David, el hermano de Daniel, que es médico.

  • Tienen que calmarse y esperar hasta el lunes para tomarse una Beta cuantitativa, que le dirá cuántas semanas exactas tiene- Fue lo que nos dijo David, tratando de bajar la angustia de nosotros de algún modo.

Puedo decir que ese fin de semana fue el más confuso, porque en el fondo quería que todo fuese un falso positivo. No podía verle la cara a mi mamá. Dejé de comer, no me daba hambre y solo rogaba que las famosas náuseas no empezaran, porque ahí sí me llevó el que me trajo.

Pasaron esos dos días pensando que todo era una falsa alarma. Y finalmente, llegó el tan anhelado lunes. A las 8 de la mañana ya estaba con Daniel en la Santafé. Él ya no tenía la cara de fortaleza que tenía el viernes, más bien estaba como achicopalado, pensativo y no me hablaba casi, cosa que era supremamente rara en él, porque habla más que loro mojado.

Llegamos al laboratorio y bueno, la misma rutina de siempre. Me despejé el brazo, me limpiaron con alcohol y sacaron la muestra. Lo único frustrante fue que nos dijeron “deben esperar hasta después de las 12 para reclamar los resultados”. ¡CUATRO HORAS!, una eternidad para dos personas que esperaban el resultado más angustiante de su vida. Quizás éramos demasiado ingenuos al pensar que el resultado iba a cambiar, pero bueno, fuimos dos ingenuos que durante cuatro horas nos la pasamos mirando al techo de la clínica mientras salían los resultados.

A las 12 exactamente estábamos tocando la ventanilla del laboratorio. Pasé mi cédula y la enfermera me entregó los resultados en un sobre sellado. A los 2 segundos, de ese sobre ya no había huella. En el papel había muchos números, pero mientras mi novio llamaba a su hermano para que nos ayudara, yo los leía detenidamente y entendí justo en ese instante que sí: tenía 5 semanas de embarazo.

Más que una avalancha de tristeza, fue más que todo tranquilidad tanto para Daniel como para mí. Ya sabíamos que el camino que venía no iba a ser nada fácil, pero en medio de todo, conté con la gran suerte de tener a alguien como él a mi lado.

  • No va ser nada sencillo. Nos va a tocar dejar muchas cosas de lado, pero vas a seguir la universidad y la vas a terminar- Me dijo Daniel, mientras me miraba a los ojos y secaba las pocas lágrimas que me salían.
  • Siento miedo de todo- le dije yo. Siento miedo de que mis papás no me apoyen, de las miradas de todos en la universidad- Le repetía muchas veces, al mismo tiempo que me comía las uñas.

Lo más angustiante de todo era que lo peor no había llegado. Esa misma tarde pedimos una cita con un ginecólogo. Llegamos al consultorio, y ahí estaba el hombre que marcó gran parte de esta historia.

Me hizo sentar al frente y con una sonrisa me preguntó “¿qué es lo que te trae por acá?” y yo al verlo tan amable le dije “estoy embarazada”. Él era un doctor ya entrado en años, un calvo y gordito que parecía un oso de peluche de la aparente ternura que transmitía. Me hizo desvestir y me examinó. Luego, leyó los resultados y me mandó a pedir la misma prueba con el fin de ver si la hormona del embarazo había aumentado, para garantizar que todo estuviera bien.

Me los repetí, pero tuve que esperar menos tiempo, e inmediatamente cuando los tuve, ese mismo día, volví al consultorio. Jamás voy a olvidar su cara al ver los exámenes, se frotaba la cara sin saber qué decirme, y yo sabía que algo malo había pasado.

  • La hormona no aumentó como debería ser- me dijo con una sonrisa fingida.
  • ¿Y eso qué significa?- Le pregunté yo con la voz entrecortada.
  • Parece que no se formó el embrión. Por lo que va a tocar realizar el legrado, (asumiendo que no había nada dentro de mí), pero antes déjame yo me aseguro y te voy a mandar otro examen, si te sale la hormona con un nivel mayor a 15.000 es porque todo está bien-. Me repitió eso como dos veces y tomándolo como si fuera normal realizar ese tipo de procedimientos.

Esa cara de preocupación, para mí, fue más que todo un show, uno lo siente. Daniel había estado afuera esperando y cuando recibió la noticia, se limitó a darme un fuerte abrazo y decirme “todo estará bien, mi amor”.

Volví a realizarme el examen, pero en medio de mi gran preocupación, salí corriendo al baño. Quería estar sola; no podía creer que algo así me estuviera pasando. Me arrodillé en medio de un llanto inconsolable y le supliqué a Dios “si realmente existes, por favor, que ese examen me salga muy alto”. Eso era algo casi imposible para el doctor por el resultado de los anteriores exámenes.

Ya se estaba oscureciendo cuando llegaron a mi correo los resultados. Yo no fui capaz de mirarlos y le pasé mi celular a Daniel. Él los abrió y en medio de una sonrisa me afirmó “salió en 28000 el nivel de la hormona”. Yo solo quería desahogarme, lo abracé tan fuerte que no quería que me soltara y volví a llorar, pero esta vez de la emoción. Yo sabía que Dios había metido su mano en algún lugar. El resultado era mucho más de lo que esperábamos y a partir de eso, el bebé se convirtió en la felicidad más grande para Daniel y para mí.

Cambiamos de doctor. No quería volver a ver a ese señor que me hizo ir al infierno y volver. Así, empezamos los exámenes de rutina, como un embarazo normal. Ya tenía ocho semanas y nuestros papás aún no sabían nada, pero sabíamos que ya era hora de hablar.

Comenzó Daniel con sus papás. Los dos habíamos pintado un escenario tétrico con ellos. Su mamá siempre había mantenido la siguiente frase “solo puedes dejar embarazada a tu esposa”. Pensamos que lo más seguro era que a Daniel le tocara irse de su casa. Yo no fui, solo estaban él y su hermano, y yo estaba mordiéndome las uñas esperando a que él me llamara. Más o menos a las 10:00 pm su hermano me escribió “de acá tienes todo el apoyo”. Y a los 5 minutos, Daniel me llamó. Su voz estaba temblorosa, y solo se limitó a decirme “esto nunca había pasado en mi casa, mis papás nos dieron todo el apoyo”.

Hasta ahí todo iba bien, el primer escenario estaba solucionado. Ahora seguía yo. El temor más grande en el embarazo: mi mamá. Recuerdo que fue un sábado. Yo había acabado de llegar a la casa. Ella ya me había preguntado semanas antes que porque estaba tan pálida y ese día no fue la excepción. Yo ya no podía aguantar más, la culpa me estaba carcomiendo. Ella al ver mi cara me preguntó insistidamente, tenía una voz calmada, pero en su mirada se notaba la preocupación. Finalmente llegó la pregunta que yo más temía “¿estás embarazada?” Y sí, con la cabeza mirando al piso y con una voz muy baja le dije que sí. Ella no me decía nada, me miraba de arriba para abajo, hasta que por fin me dijo: “te cambió totalmente la vida”. Se fue, no me dijo nada más. A las pocas horas, mientras yo estaba tratando de dormir, fue al cuarto y solo me preguntó “¿y Daniel?”. En medio de mis nervios, porque sabía en su mirada lo decepcionada que estaba, le respondí “él me apoya”.

Ese día se acabó ahí. Hasta que al otro día, como en horas de la tarde, Daniel fue a hablar con mi mamá. Nunca supe qué fue lo que realmente hablaron, porque él no me dejó estar presente. Solo sé que desde ese día las cosas siguieron cambiando para bien. Mi mamá me acogió por la decisión que había tomado. Ella se encargó de decirles a mi papá y a mi hermano. Estuvo pendiente de cada proceso y aún lo sigue haciendo.

Con mis siete meses y medio, mientras termino esta crónica, ella sigue ilusionada con la llegada de su adorada nieta, porque sí ¡Es una niña! María Paulina llegó para alegrarnos la vida. La universidad ha sido compleja, no por el tema de aceptación, sino por el sueño que me da en las clases. Mis amigos han estado pendientes de mí en todo momento, la universidad me ha brindado todo el apoyo que necesito en temas académicos. No me puedo quejar, mi hija se convirtió en un gran motor para Daniel y para mí. Y sí, ha sido duro, pero ha valido la pena esta gran espera. He seguido adelante, sin síntomas típicos del embarazo, pero con una pipa de la que me siento orgullosa de mostrar.

Imagen obtenida de: http://www.reproduccionasistida.org

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