Corazón blandito, mente fuerte

Una estudiante nos cuenta un poco de la Unidad de Operaciones Especiales en Emergencia y Desastres (PONALSAR). A través de esta crónica logra poner de presente la importancia de este grupo un poco ignorado en el imaginario del ciudadano de a píe. 

Por: María Susana Torres Peñaloza, estudiante de octavo semestre de Psicología. ms.torres10@uniandes.edu.co 

–Cinco-ocho, todo listo.

Segundos después, entra un bus blanco por la puerta principal, que es custodiada por dos policías con fusiles en sus manos. Debido a los vidrios polarizados, no se puede ver quién ni cuántos vienen. Luego de parquear, se bajan uno a uno 22 policías. Bajan con sus maletas y pertenencias para pasar la semana lejos de casa. Unos se bajan con sonrisas en la cara. Otros, con ojos pequeños como si se acabaran de despertar. Un par se baja hablando por teléfono.

¡Boom! Suena un estallido a unos metros de distancia, probablemente 40 o 50.

Todos empiezan a mirar a sus compañeros y a su alrededor buscando la respuesta a la pregunta que probablemente todos se hacían: ¿qué está pasando? A un lado se ve humo gris, del mismo color del cielo, salir de unos contenedores. Todos dirigen la mirada hacia el humo pero ninguno dice nada. Hay más ruido en una biblioteca.

De pronto, se rompe el silencio: “Rápido, ¡al suelo! ¡Al suelo!”, empiezan a gritar los seis miembros de la Policía de Rescate que se encontraban en el lugar. Estos se diferencian de los demás por los cascos amarillo fosforescente, las bandas reflectoras alrededor de las piernas, los brazos y la espalda y, estampado, un “POLICÍA RESCATE” que ocupa casi la totalidad de la espalda. En cuestión de segundos, los 22 policías que acaban de llegar se tiran al suelo cayendo unos sobre otros y levantan sus cabezas para intentar ver qué está sucediendo.

La Policía Nacional tiene un grupo especializado en búsqueda y rescate: la unidad de operaciones especiales en emergencia y desastres (PONALSAR) creado en 2012. El grupo cuenta con 180 hombres que deben atender las emergencias que no puedan ser manejadas a nivel local. Su sede se encuentra en Sopó, a una hora y media de Bogotá, tiempo que se alarga por las obras que se están realizando en la vía. Algunas oficinas están ubicadas en establos y la única casa que se ve cuando se entra tiene ese aire de finca típica de la sabana: verde y blanca.

–¡Personal de brigada, levántese!–, una nueva orden que hace que todos se levanten del piso y empiecen a buscar implementos para atender la emergencia a la que se están enfrentando. Parece una estación de Transmilenio. Unos corren para un lado y otros para otro pero todos con un objetivo claro. Las caras tensionadas, con ojos abiertos y un poco rojas por la agitación, delatan la sorpresa de unos cuantos. A otros pocos se les ve en los ojos, y en la manera como escanean el área en milisegundos, una y otra vez, la incertidumbre de los pasos a seguir.

Un grupo de cinco reacciona inmediatamente y sale hacia el lugar de la explosión. Otros corren a buscar los implementos necesarios. “¡Camillas, camillas!”, gritan unos mientras otros van corriendo a buscar las camillas naranjas que hacía pocos minutos habían bajado del bus en el que venían.

–Ay sí, se van a quitar la chaqueta. Sigan, ¿o es que se van a quedar mirando? ¡Rápido, corran!–, le grita uno de los de casco amarillo a un grupo de policías que se había ido a dejar la chaqueta y a buscar implementos que pudieran orientarlos sobre cómo proceder. Mientras tanto, el primer grupo que reaccionó ya estaba a mitad de camino.

Se oyen las voces de algunos nombrando y repasando elementos que pudieran necesitar en la escena: guantes, casco, vendas. Alejándose, se oyen las botas chocar contra el pasto encharcado por la lluvia de la noche anterior con una secuencia casi perfecta, como si contaran un, dos, un, dos. Y siempre, sin excepción, se oye a alguno, o a varios, de los de casco amarillo gritar dando órdenes al grupo.

Mientras me acerco, corriendo para no quedarme atrás, el olor a pólvora se hace más evidente y el sonido de la sirena de la ambulancia, antes imperceptible, pasa a un primer plano.

¡Boom! Suena un segundo estallido. Esta vez, la mayoría sigue con sus actividades. Sólo unos pocos se percatan del sonido o por lo menos reaccionan a él.

La Ley 1523 de 2012 es la primera política nacional para la gestión de riesgos y desastres. Fue creada como consecuencia de las inundaciones que tuvieron lugar en el 2011 y el 2012 por el fenómeno de La Niña. “La normatividad en Colombia siempre llega con las emergencias”, me dijo el Capitán Gamboa, un policía de los de casco amarillo. Sin embargo, esto no ha sido suficiente para prevenir catástrofes como las que se presentaron en Mocoa y Manizales este año.

Al llegar a los contenedores veo dos hombres tirados a un par de metros el uno del otro. Los mismos hombres que horas antes habían cruzado un par de palabras conmigo y que se preparaban para maquillarse, pues eran los actores principales de este simulacro. Ambos con uniformes de fútbol y con heridas evidentes, y casi tan reales que la primera vez que los vi fue inevitable quitar la mirada.

En la escena el grupo de 22 se divide en cinco. El primero acordona la escena. Parados a unos metros el uno del otro, sostienen una cinta de peligro. El segundo se va inmediatamente hacia uno de los heridos y el tercero, hacia el otro. Los dos grupos restantes van de aquí para allá buscando qué hacer.

–Yo me voy a casa, esto no es lo mío. Yo me voy a casa, esto no es lo mío–, repite uno de los de casco amarillo con un ritmo casi tan pegajoso como cualquier canción de Carlos Vives. “No pudieron. Lo hace mejor la brigada de preescolar”, dice otro de casco amarillo al ver que ya llevan más de diez minutos y no hay ningún evacuado.

¡Boom! Suena un tercer y último estallido. Pocos se percatan de la explosión. Quizá menos que la segunda vez. Pienso incluso que fui la única que la oyó. La sirena de la ambulancia vuelve a aparecer en primer plano. Ya había olvidado que estaba allí.

Los pasos de los policías sobre los charcos de agua me hacen dirigir la mirada hacia un grupo de ellos. El primero que evacúa a uno de los heridos. A medida que se alejan el sonido de las botas contra el piso se hace menos evidente. Los sigue el grupo con el segundo herido. Me uno a ellos para no quedarme atrás. Un, dos, un, dos. A unos 30 metros se detienen. Bajan al herido y reciben nueva información.

–Este paciente perdió el pulso y la respiración. Entró en paro. Ya han pasado dos minutos–, les dice uno de casco amarillo mientras señala un muñeco al que le deben practicar reanimación cardiopulmonar. “Un, dos, tres, cuatro, cinco…”, se oye a una de las policías contar en voz baja mientras su compañero realiza compresiones en el pecho del muñeco. “Hágale 120 seguidas. ¡Pero hágale!”, le grita mientras se limpia el sudor de la frente con su antebrazo.

¡Pii! Suena un pitazo que indica el final del simulacro igual que en un partido de fútbol. Todos levantan sus miradas hacia el casco amarillo que hace las veces de juez central.

–Esa es la parte limpia. Esto es mucho más que tirarse de las cuerdas y que un simulacro–, me dijo el Coronel Forero, jefe de PONALSAR, refiriéndose a los simulacros.

A las dos de la mañana del primero de abril sonó el celular. Era el comandante operativo de Mocoa diciendo que había unas inundaciones y que un policía estaba desaparecido. No sabía la gravedad de la situación porque no había luz. Era poca la información que podía dar. Luego de mirar el mapa para intentar entender la situación, el Coronel Forero llamó a su equipo para que se alistara pues ese mismo día debían salir para Mocoa. Pasó el resto de la noche despierto esperando más detalles. Cada quince minutos recibía información por parte del comandante de la policía en Putumayo.

A las seis de la mañana, 30 miembros del equipo de PONALSAR llegaron a CATAM (el aeropuerto de la policía). A las ocho y media habían subido las casi cuarenta toneladas de equipo que llevaban y estaban esperando que el cielo se despejara para poder volar a Mocoa. A pesar de haber recibido más información, todavía no sabían bien a qué se enfrentarían.

Ese día los noticieros anunciaron una de las peores catástrofes naturales de los últimos años en Colombia: dos ríos y una quebrada se habían desbordado porque esa noche había llovido más de lo que se espera llueva en un mes.

Alrededor de las diez de la mañana, en el avión, el grupo vio por primera vez la magnitud de la tragedia. “Cuando vimos esa imagen sentimos un escalofrío, sentíamos miedo. Esto no era de quince muertos, yo sentí que eran cientos de muertos”, dice el Coronel mientras recordaba el sobrevuelo a la capital de Putumayo. En el paisaje predominaba el color café. Se podía ver claramente por dónde había pasado el río Mocoa llevándose lo que estaba en su camino. Donde antes había casas, parques y negocios, ahora había piedras, lodo y agua. “Era un río de piedras gigantesco”, enfatiza el Coronel mientras dibujaba un mapa para explicarme.

Llegó la noche y la lluvia no dio tregua. No se sabía qué podía pasar. La incertidumbre aumentaba a medida que el agua seguía cayendo. Llovía tan duro que no se oía nada. No había agua ni luz. Unos cuantos, incluido el Coronel, decidieron salir a ver llover. “Se respiraba miedo. Había tensión en el ambiente. Se escuchaba el río. Ese era el temor”, recuerda. Todos se preguntaban si se volvería a desbordar. Fue una noche larga.

La organización de los albergues duró cuatro días. Los lugares escogidos fueron los coliseos de los colegios. La Policía hizo listados por barrios para organizar a la comunidad y ubicar a cada una de las personas en los albergues. En las carpas, kits de ayuda humanitaria (aseo, cocina), colchones, frazadas y comida enlatada esperaban a los damnificados. En cada uno de los albergues había brigadas de aseo, comida y seguridad, entre otros, conformados por las mismas personas que se estaban quedando ahí.

Entre las personas que había en los albergues quince llamaban la atención. Si uno no se acercaba a ellos y veía el escudo, no adivinaba quiénes eran. Eran los miembros del grupo ESMAD (Escuadrón Móvil Antidisturbios) de la Policía. A diferencia de como es común verlos, esos días no llevaban la armadura, el casco, o el escudo que los protege. En esos días se les veía con un overol negro y una cachucha que los identificaba como policías y era normal verlos repartiendo la comida o los kits que hicieran falta.

Todos los días había momentos difíciles. Todos los días familiares identificaban a seres queridos que habrían deseado encontrar vivos. Todos los días familias recibían cuerpos que, a pesar del esfuerzo que hicieron, no pudieron salvar.

Una señora, entre lágrimas que parecían imposibles de secar, le contó al Coronel cómo el río le arrancó, literalmente, a uno de sus hijos de sus manos. “Ella lloraba porque el niño se le desprendió de la mano. El niño se fue y no podía cogerlo. Estaba oscuro. Ella quedó solita. Perdió el marido, perdió los hijos”, narra el Coronel. “Debemos mantener el corazón blandito pero nuestra mente fuerte”, añadió.

Antes de la medianoche del 11 de abril, luego de estar más de una semana a oscuras o dependiendo de plantas eléctricas, volvió la luz. En ese momento la gente no se dio cuenta porque estaba prendida la planta. Pero al día siguiente se respiraba un ambiente diferente. “La gente estaba feliz. Cambió la vida del pueblo. El comercio se reactivó”, recuerda el Coronel. “La gente cargaba los celulares, ya se podía tomar una gaseosa fría”, añade.

A diferencia de otros años el Coronel no celebró su cumpleaños con su familia. Pensó que iba a pasar desapercibido y que este iba a ser un día más de los veinte que estuvo en Mocoa. Pero estaba equivocado. “Los niños me celebraron el cumpleaños allá en Mocoa. Ha sido uno de mis mejores”, dice con una emoción que se percibía en el tono de su voz y en la sonrisa que esta anécdota puso en su cara. La misma emoción de un niño al que le hacen la fiesta de su superhéroe favorito.

Veinte días después de esa llamada a las dos de la mañana, el Coronel y cinco policías de su equipo salieron de Mocoa con destino a Manizales. Unas fuertes lluvias en la madrugada del 19 de abril ocasionaron deslizamientos que borraron del mapa barrios enteros de esa ciudad. Allá se encontraron con otros veinte miembros de PONALSAR para comenzar de nuevo su labor.

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