Viviendo del azar

Por: Juan Felipe Díaz Gómez. Estudiante de quinto semestre de Derecho y miembro del Consejo Editorial. jf.diaz13@uniandes.edu.co

El juego es una cuestión de fe: esperanza ante el destino, complementada con un componente intelectual; ambos tratan de llenar de expectativas a alguien con el objetivo de enriquecer un imperio. En Colombia, este imperio se empapa a diario de adrenalina, vicios e ilegalidad; pero es el perfil del colombiano, echado para adelante, optimista y positivo, el que hace que sea un negocio tan lucrativo. Aún así, hay visiones que pasan desapercibidas en este mundo.

Aún tengo vivo el recuerdo de la primera vez que acompañé a mi padre a un casino a jugar. Un verdadero casino, y no una sala de juego. Siempre ha dicho que en Colombia cambiaron las definiciones del mundo del juego y el azar –acá todo es “casino”. La diferencia radica en que los casinos tienen juego en vivo, es decir, mesas de juego con dealers. Todo aquello que fuese diferente es una sala de juego.

Esa noche mi padre me pidió acompañarlo a visitar a uno de sus clientes más antiguos. No tardamos en llegar al casino El Doral, en Bucaramanga. La humedad era palpable, y nuestras vestimentas no ayudaban, pues tuvimos que usar jeans en tierra caliente para poder ingresar al sitio. Entre los sonidos de las máquinas tragamonedas y el espeso olor a tabaco vencido en la alfombra, nos sentamos en una mesa de BlackJack. Estaba en una sala junto con todo el juego en vivo.

Desde el principio fue incómodo, pues éramos novatos y había en el juego toda una burocracia que desconocíamos. Se notaba que no sabíamos muy bien cómo comportarnos o qué hacer, y las miradas desconfiadas de otros jugadores no tardaron en llegar. Entre los dos contábamos 100.000 pesos. Apostábamos lo mínimo en cada mano, y aunque ganáramos, no nos desenvolvíamos a gusto en ese mundo –ni siquiera mi padre, quien contaba más de quince años trabajando en los juegos de azar. Mientras tanto, el hombre a mi lado y las dos mujeres junto a él apostaban medio millón de pesos en cada juego.

Las miradas continuaban penetrantes, como sabuesos olfateando la timidez de nuestro juego; era la introducción a un ambiente hostil. “La gente que frecuenta los casinos suele ser muy supersticiosa”, me había mencionado mi padre tiempo atrás. Yo ganaba, de a poco; ellos perdían, de a mucho. Así siguió durante un tiempo, hasta que la tensión se rompió.

–Chino marica, si quiere aprender, mejor vaya a jugar por internet–, dijo casi gritando el hombre a mi lado, tirando sus fichas a la mesa. A su vez, las mujeres mencionaban que desde que nos sentamos en la mesa estaban perdiendo mucha plata. No pude más que mirar a mi padre, quien con una mirada convencida y molesta me hizo entender que no debía ponerles mucha atención. Seguimos jugando, nosotros al mínimo, y ellos a punto de empeñar su vida por ganar una mano. Los comentarios no cesaban, pero mi paciencia pronto se colmó.

Brother, me vale mierda lo que esté pasando con usted. Deje jugar y no sea tan supersticioso–, le dije. Un silencio acompañado de una mirada casi asesina fue lo único que tuve como respuesta.

Desde el comienzo debí haber tomado esta actitud, pues los comentarios se quedaron en la mente de cada uno de ellos. Pronto decidimos retirarnos de la mesa.

–Hombre, que esté muy bien. Le deseo suerte en su juego–, le dije al tipo a mi lado antes de irnos, en un tono desafiante. Una vez más, el silencio ganó, y me quedé con la satisfacción de haber invadido la zona de confort de aquel individuo malencarado.

Contábamos ahora 200.000 pesos, una ganancia del 100 % para cada uno. Aunque le devolví lo que me prestó para jugar, salir con Jorge Isaacs en el bolsillo no estuvo nada mal.

***

Desde que tengo edad suficiente para reconciliar las dos visiones opuestas del juego he tenido experiencias igualmente contrarias. Es preferible hablar siempre de las buenas: le he acertado al número en la ruleta, he ganado tres BlackJacks en la misma mano, y hasta gané 150 dólares en una tragamonedas de Las Vegas sin entender muy bien por qué. Aún así, son las veces que salen mal las que merecen más atención, pues desdibujan el perfil del juego que toda la vida construí viendo a mi padre en su trabajo “tras bambalinas” de todo este espectáculo.

La última vez que fui a jugar fue contundente en ese sentido; nada positiva. Estaba con un buen amigo esa noche. Íbamos al casino Crown, en Bogotá. Él había estado varias veces allí, y yo no lo conocía, por lo que fue al único sitio al que entramos. La llegada suele depender del lugar al que se aspira entrar. Los hay sin requisas, casi como entrada libre; también los hay como el Crown, uno de los casinos más exclusivos de la ciudad. Delante de nosotros iban dos hombres que entraron sin mayor inconveniente, pero mi suerte fue distinta cuando me detuvieron a hacerme una requisa más personalizada de lo normal.

–Un momento, por favor–, dijo el encargado de la entrada, interrumpiéndome el paso con su brazo, que medía la suma de mis dos piernas.

Un detector de metales y una atrevida requisa me daban la bienvenida al lugar. “Está bien, debe ser por la pinta”, pensé. Llevaba chaqueta de cuero, una camiseta del grupo de punk neoyorquino The Ramones,  un jean negro y botas. Como en cualquier parte de la ciudad, se desconfía de lo diferente, se presume el peligro. A Camilo, vestido con camisa Armani y zapatos Coach, a duras penas quisieron incomodarlo con el detector.

Las dos mesas de BlackJack abiertas estaban llenas, y definitivamente así no quería entrar a jugar. Vi que había un Bar/Lounge frente a las mesas de BlackJack, donde vendían bebidas y platos fuertes.

–Parce, ¿nos tomamos algo mientras desocupan las mesas?–, le dije a Camilo.

–Hágale. ¿Una pola?

–Una pola y algo de comer para los dos estaría bien.

Nos sentamos en una de las mesas. Llegó un mesero que vestía sobretodo dorado, camisa inmaculada y corbata negra. No dudamos en pedir un par de Heineken y una picada. Mientras esperábamos pudimos detallar de cerca el ambiente. Los paños de las mesas eran color paja, y contrastaba con la tupida alfombra roja. Cada elemento era la más fina referencia de riqueza.

Pronto llegaron las cervezas, y con estas volvió la mala vibra de la noche. La superstición me estaba cautivando inconscientemente. Al abrir las latas la espuma desbordó rápidamente la boquilla y se derramó sobre la mesa.

–Vida perra–, le dije indignado a Camilo, mientras él evadía el río de cerveza que bajaba de la mesa hacia su entrepierna.

Nos cambiamos de mesa, y la picada llegó mientras aún esperábamos que las cervezas se calmaran. El contenido de la picada se acababa, poco a poco, al ritmo de los jugadores que iban abandonando una de las mesas.

–Movámoslo para poder ir a la mesa que está vacía–, le dije a Camilo.

–Muévalo usted, yo ya no quiero jugar.

–¿Qué? ¡No me vaya a dejar solo!–, reclamé ante la traición que significó jugar sin cómplices en la mesa. Las manos me temblaban, pero no sabía si era el café que me había tomado horas antes, o si era acaso la ansiedad ante la aproximación del juego. Nunca me había pasado, y no era nada agradable.

–Se me quitaron las ganas de jugar, no sé…yo me hago a su lado igualmente–, fue su respuesta, cortante y decidida.

Pagamos y le dimos la vuelta a las mesas antes de sentarnos. Estando a 20 pasos, preferimos el camino largo, como un condenado que retrasa su ascenso al patíbulo sugiriendo una nueva ruta. Nos sentamos en un extremo de la mesa. En el medio estaba el único jugador, quien se encontraba acodado sobre sus fichas, casi asediando a la mujer que repartía las cartas. Saqué mi celular, tratando de hacer tiempo antes de tener que comenzar a ver mi dinero ir y venir. Apenas lo saqué, escuché que el hombre me hablaba, mirándome directo a los ojos.

–Compita, ¿va a jugar? A ver si le damos los dos y mejoramos esta vaina–. Su voz era una pésima actuación de cordialidad, y entre dientes me decía que jugara, o me fuera de su mesa.

–Sí, todo bien. Deme un minuto–, le respondí, mirando sus ojos verdes, y su rostro brillante. Saqué lo que había llevado para el juego: 50.000 pesos.

–Deme 30.000, por favor–, poniendo el billete sobre la mesa, dirigiéndome a la dealer.

–No se maneja cambio–, escupió.

–Entonces deme los 50 en fichas–, respondí.

De pequeño no entendía muy bien qué hacía mi padre. Desde hace 17 años se encuentra del otro lado de este oscuro mundo, comerciando las máquinas tragamonedas de la compañía más prestigiosa en este ámbito a nivel mundial. Gracias a los casinos he tenido hogar, educación, y salud: los tres componentes que terminan perdiendo quienes se vuelven adictos al juego –ludópatas, así los llaman en esta vida donde todo debe estar debidamente identificado. Estando tan cerca de este ambiente, mi papá nunca fue a jugar dinero a un casino. Jamás su relación con los juegos de azar trascendió la barrera profesional. Cuando tuve una edad suficiente para comprender qué hacía él, lo primero que le dije fue: “Eres como uno de esos dealers que no consume”. Otros dealers que no consumen son quienes reparten las cartas en las mesas de juego en vivo. Nunca me he sentado frente a uno que sea medianamente agradable; todos comparten la inmutabilidad en el ambiente del juego.

Estaba frente a una mujer que era el perfecto ejemplo de este perfil. No sólo era su actitud; su físico era particularmente apropiado para realzar su antipatía. Parecía Uma Thurman en Pulp Fiction. Su pelo negro hasta los hombros y un capul perfecto recordaban a dicho personaje, con la diferencia sutil que representaban sus anteojos y sus kilos de más.

–Cambio 50.000–, exclamó mirando sobre su hombro, haciéndole saber a su supervisor que ese monto sería cambiado por fichas. Las puso sobre la mesa, señalándolas con su mano antes de dármelas; un montículo de 10 fichas, cada una de 5.000.

La mínima apuesta por mano son 5.000 pesos, así que dejé una sobre el lugar de las apuestas y recibí mi primera mano. Un 5 y un 2, pésima mano para comenzar la noche. Pedí más cartas y terminé sumando 24: se fue la primera ficha. Segunda mano: un 10 y un 4, mano difícil. Una vez más se fue una ficha. En menos de dos minutos me encontraba por debajo de mi punto de equilibrio. Camilo se reía y no dejaba de recordarme lo idiota que yo era por haber pedido más cartas en ambas manos. Una mano más y volví a perder. El panorama no mejoraba en absoluto.

Miraba a mi derecha y el hombre de ojos verdes había dejado de mirarme. Su mirada y la mía parecían padecer el mismo fenómeno: la adrenalina y la ansiedad hacían que el campo visual se redujera considerablemente, como cuando estamos bajo una amenaza. Nos enfocábamos en nuestras cartas y las de la casa, nada más. Esporádicamente el hombre escupía una frase: “¡Jueputa! ¡No puedo creer esta mierda! Ya voy 500 por debajo”, y seguía en lo suyo.

Entre manos mi juego fue mejorando. Superé el punto de equilibrio por 15.000 pesos. Sin embargo, no me pareció que salir con 65.000 valiera la pena. Seguí jugando, a veces deteniéndome un momento hablar con Camilo, tratando de convencerlo de que me acompañara apostando. La última vez que me detuve estaba exactamente con el monto inicial, y llamé a mi padre a comentarle que todo iba bien hasta ese momento, precisión que resultó muy acertada, pues fue hasta ese momento que todo estaría bien.

Retomé el juego. Por cada mano que jugaba perdía una ficha. A veces el juego era tan rápido que me costaba un momento entender lo que acababa de suceder. Estaba cansado, pero me resistía a irme con menos de lo que tenía al principio. Contaba cinco fichas y las miraba, jugando con ellas en mis manos, mientras me daba una pausa de un par de rondas. El hombre a mi lado volvió a mirarme fijamente un instante.

–Juegue fresco, compita, que lo peor que puede pasar es que perdamos todo–, me dijo sonriendo. Esta vez su voz era sincera. Incluso me acercó el puño para chocarlo. Era incomprensible la tranquilidad de este hombre, quien seguía la misma racha de pérdidas que yo. Con cada ficha que jugaba parecía que mi suerte me traicionaba. En seis apuestas seguidas no gané una sola vez, y me encontré con las sobras del juego que había ganado por BlackJack unos minutos antes de que todo se fuera al piso. Eran 2.500 pesos repartidos en tres fichas.

–¿Sí ve por qué no quise jugar? –, me dijo Camilo entre risas.

–Cállese y no joda. Acompáñeme a cambiar estas fichas en la caja–, le respondí de igual manera.

Nos levantamos sin dar ni las gracias. Nadie pareció notar nuestra partida, pues tampoco escuchamos palabra alguna hacia nosotros. Esta vez no dimos la vuelta a las mesas para llegar a la caja. Llegamos a la fila, detrás de quienes se estaban afiliando al casino, esperanzados aún. “Deben ser clientes recurrentes”, pensé tras analizar las nulas posibilidades de que yo me afiliara. Camilo me miraba, se reía y negaba con su cabeza.

–¿Me podría cambiar estas fichas, por favor? –, dije a la cajera cuando llegó mi turno.

–¡Usted es un idiota!–, dijo Camilo, soltando una carcajada.

–Cállese, cabrón–, le dije riendo, mientras recibía 2.500 pesos en efectivo. Miré a la cajera para darle las gracias, pero sus labios dibujaban una sonrisa disimulada, pues había escuchado las palabras que habíamos intercambiado de este lado del vidrio. Le sonreí sin reproches y nos fuimos de ahí.

Llegando a la salida estaba el mismo hombre que me había requisado, pero esta vez me despedía de la manera más cordial que pudo ocurrírsele. “Claro”, pensé, “son un amor después de que lo pelan a uno”. Afuera, mientras discutíamos qué sería de nuestra noche ahora, sentí un leve deseo de volver a jugar y recuperar lo que había perdido. Pronto supe que esa era la última opción a considerar.

Con el ánimo apaleado decidí irme a mi casa; quería volver al otro lado de los juegos de azar, al lado que sí me daba de comer.

 

Imagen obtenida de: http://rbabuilders.co.uk

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