¡Ay, Pékerman!

La violencia de género empapa nuestra sociedad y sus expresiones a veces pasan desapercibidas. Por medio de una profunda exposición, un miembro de nuestro Consejo Editorial nos da un enfoque de esta problemática a raíz de los eventos que involucraron a un jugador de la Selección Colombia.

Por: Tomás Uprimny Áñez. Estudiante de segundo semestre de Derecho y miembro del Consejo Editorial. t.uprimny@uniandes.edu.co

La violencia de género en Colombia es una de esas enfermedades que están presentes en todas las partes del cuerpo, pero que atacan silenciosamente y, de no tratarlas rápidamente, pueden llevar a la muerte. La discriminación sexual está en todos los aspectos de la vida en Colombia, tanto en la cotidianidad como en las instancias más respetadas de la democracia colombiana. Hoy en día ser mujer es, lastimosamente, una desventaja. Mucho se ha escrito al respecto, y hay aún más que no ha sido escrito y que se deberá escribir. Las desigualdades son, tal vez, uno de los grandes desafíos de las ciencias sociales en los años venideros. La cotidianidad del machismo y del racismo son aspectos de los que poco hablan los jóvenes. Muchos dicen no ser machistas, pero prefieren un presidente a una presidenta, porque las mujeres son muy bajitas y qué vergüenza tener una presidenta bajita; o porque es muy alta y qué dirán los otros países de Colombia; o porque una mujer no “tiene los pantalones” para dirigir un país y hacerles frente a los otros. Estas afirmaciones son falsas y no tienen sustento alguno. Para hacerse valer, normalmente una mujer solo debe luchar contra la familia, el Estado, las instituciones, la cultura, sus amigos y sus compañeros. Fácil, ¿no?

El 17 de marzo de 2017 –nueve días después de la celebración del Día de la Mujer– Colombia dejó pasar una oportunidad única para luchar contra la violencia de género. En la lista de convocados a los partidos de la eliminatoria del mundial de Rusia 2018 ante Bolivia y Ecuador, José Pékerman, el técnico de la Selección Colombia, incluyó al lateral izquierdo Pablo Armero. Este último fue detenido el 31 de mayo de 2016 en Estados Unidos por haber golpeado a su mujer. En las declaraciones, María Elena Bazán, su pareja, afirmó que, ante su negativa de incurrir en relaciones sexuales, el futbolista, quien se encontraba en estado de embriaguez, le pegó y, con unas tijeras, le cortó las extensiones de su pelo. A su llegada, la policía se encontró con la esposa de Armero en llanto desconsolado y con mechones de cabello que yacían en el piso del cuarto.

Muchos esperábamos que Armero no fuera tenido en cuenta por Pékerman, ya que ponerse la tricolor debe ser, ante todo, un honor. Vivimos en un país que se paraliza totalmente por el fútbol, y donde los niños, desde su más temprana edad, anhelan ser como sus héroes, sueñan ser como un James, como un Cuadrado, como un Ospina. ¿Y como un Armero? Deberíamos todos exigir que los deportistas que lleguen a la Selección sean no solo grandes jugadores, sino también personas intachables que merezcan ser ovacionadas por casi 50 millones de colombianos… y Pékerman tuvo la oportunidad de hacerlo, de sentar un precedente histórico, de decirle no solo a Colombia, sino al mundo entero que el fútbol no lo es todo, que ganar no lo es todo y que no todo se vale. Pero no lo hizo. En cambio, afirmó que lo que haya pasado en el ámbito familiar de Armero no le concierne ni a él, ni a la Selección Colombia.

Un asunto familiar podría haber sido, por ejemplo, que Armero se hubiera separado de su pareja, pero haberla golpeado no es un asunto privado. Esas conductas son las que perpetúan el machismo en nuestra sociedad. Que una figura pública haya lastimado a su mujer, y que una significativa parte de los colombianos crean que eso es un asunto que solo le concierne a él y a su mujer es un pésimo síntoma en cuanto a cómo va la lucha por la igualdad de género en nuestro país. La avalancha de insultos machistas y misóginos que recayó sobre la periodista deportiva Andrea Guerrero luego de que esta última hubiera expresado su descontento, no solo como mujer, sino también como ciudadana, con la convocatoria de Armero es otro síntoma de esa enfermedad, una que vive silenciosamente en nuestra sociedad.

Muchos dirán que mi posición es muy radical, y que está perjudicando al jugador de manera drástica. Yo, de pronto –hago énfasis en el de pronto–, consideraría apoyar a Armero, si él hubiera ofrecido disculpas públicas y se hubiera comprometido con la causa de la violencia de género. Al futbolista oriundo de Tumaco no se le vio ningún signo de arrepentimiento, ni tampoco señal alguna de remordimiento. Es lamentable que a las directivas de la Selección Colombia no les indigne la violencia de género.

La desigualdad que existe entre sexos es visible no solo en el cotidiano de las personas, sino también en instancias donde la argumentación debería ser mucho más elevada: nuestro Congreso. El senador del Centro Democrático, Alfredo Ramos Maya, en un tuit del 10 de mayo de 2016, se refiere a la senadora Claudia López como la “senadora gritona”. Lo mismo en otro trino del 8 de junio del mismo año. Ernesto Macías Tovar, senador del mismo partido, utilizó la expresión “la Gritona del Senado” para hablar de López, en un trino del 22 de marzo de 2017. Esto demuestra que incluso las mujeres que han llegado a los cargos públicos más altos son víctimas de acciones y conductas machistas. Pero, lo más grave de todo es que el machismo está tan arraigado en nuestra sociedad que dichas situaciones son normalizadas. Cuando una mujer sube el tono de voz y se emociona se le tilda de loca, de histérica, de gritona, de desquiciada y de muchas otras cosas más, pero, en cambio, cuando lo hace un hombre se le califica de apasionado, de líder, de alguien “con pantalones”.

Nos debería causar indignación que este año Colombia ocupe el puesto 106 en el ranking mundial sobre participación de mujeres en los congresos, realizado por la Unión Interparlamentaria. Estamos en 19% de representación femenina, 9 puntos por debajo de la media de las Américas; debajo de países calificados de extremadamente machistas como Arabia Saudita; muy por debajo de Ruanda, país en el cual 64% del parlamento está conformado por mujeres.

Cabe recordar que hubiéramos podido ser pioneros de la igualdad de género. El cuento se cuenta así: tal y como muestra David Bushnell, en Colombia: una Nación a pesar de sí misma, a mitad del siglo XIX nuestra constitución altamente federalista les concedía la potestad a las regiones de redactar sus propias constituciones. Dado esto, en 1853, la provincia de Vélez, en Santander, fue el primer lugar del mundo en otorgarle el voto a la mujer como un derecho constitucional. Sin embargo, dos años después la Corte Suprema de Justicia tumbaría dicho avance, argumentando que ninguna constitución local podía otorgar más derechos que los que reconocían la Constitución Nacional. Tuvimos, entonces, que esperar casi un siglo para poder conferir, por fin, el voto femenino, siendo el penúltimo país latinoamericano en hacerlo. La vergüenza recayó sobre Paraguay. Pasamos de la vanguardia a la retaguardia. Deberíamos retomar ese espíritu veleño y luchar, de ahora en adelante, contra la desigualdad de sexos.

El otro día estaba con unos amigos y, muy inocentemente, exclamé: “No sea niña: tómese un guaro”. Al instante de haber terminado de pronunciar esas palabras, una gran amiga me dijo que no fuera machista, a lo cual yo le respondí “No seas feminazi”. Ella, muy tranquila y serena, me explicó que ella sabía que yo no era machista, pero que imaginara cómo era tener que escuchar comentarios del mismo estilo 100 veces al día; la mayoría de ellos por personas “no machistas” como yo. El machismo en Colombia es, lastimosamente, el pan de cada día de la inmensa mayoría de las mujeres. “Feminazi” es el nuevo término que utilizamos los hombres para justificar nuestro machismo en el hablado, para criticar- ja, criticar- a las mujeres con carácter, para seguir perpetuando nuestra supuesta superioridad. Pues, querido lector y lectora, me comprometo a dejar de insultar con “no sea niña” y, si por eso me quieren llamar feminazi, pues bienvenidos sean, porque ¡seré el más feminazi de tod@s!

Escrito dedicado a la memoria de Ana María Bejarano, a quien no tuve la suerte de conocer, pero sí el placer de leer.

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