Nuestro reglamento Uniandino

Este artículo expone una percepción sobre la tendencia uniformadora del individuo que propician las dinámicas generadas en la Universidad de Los Andes. Una situación reprochablemente usual se presta para que el autor explique cómo, aquel código de conducta que él mismo denomina Reglamento Social, se ha posesionado, inmaculado, por medio de fuerzas correctivas sociales ya normalizadas.

Por: Anónimo.

Era tal vez el segundo o tercer día de clases; iba caminando entre el AU y la entrada del RGA. Un estudiante iba en el sentido contrario y de manera repen­tina un perro sostenido por un monito empezó a ladrarle. Él no entendió, se sorprendió por unos pocos segundos y siguió con su día. Lo primero que pensé fue: ¿cómo entrenan a estos pe­rros? Unos días después hablé con un monito y le pregunté al respecto. Muy amablemente me explicó que ellos se “disfrazan” de habitante de la calle y hacen que el perro “les coja rabia”. Así, el perro asocia dicha vestimenta –y olor, según me dijo el monito– con el ene­ migo. En conclusión, el perro intentó atacar al estudiante porque no estaba vestido como la mayoría de uniandinos y porque, tal vez, no olía tan bien.

He pensado mucho sobre ese acontecimiento este semestre y algo me hace sentir que estuvo mal, groseramente mal. No obstante, cuando intento encontrar a un culpable de tan lamentable hecho, no puedo. No puedo decir que deberían entrenar a los perros distinto; no se me ocurre otra manera. Tampoco puedo decir que no debería haber seguridad en la Universidad, pues no me corresponde tomar esa decisión por los demás. Por un momento pensé que la seguridad no debía estar enfocada en los habitantes de la calle, pero ¿entonces en quiénes? Supuse que tal vez en verdaderas “amenazas”, pero ¿cómo identificarlas? Todas estas preguntas para llegar al mismo punto: me parece terrible lo que pasó, pero no sé cómo solucionarlo en concreto. Ahora, para no quedarme en lo descriptivo, quisiera aproximarme a una propuesta. Pasemos a un marco más general: el reglamento de estudiantes. Supongo que la gran mayoría no lo conoce a fondo, yo tampoco lo hacía. Fue por motivos relativamente ajenos a mi voluntad que tuve que darme a la tarea de entender su contenido a fondo. Les resumo: la gran mayoría de él no nos aplica salvo que hagamos una copia grosera, hurtemos algo, queramos un segundo calificador o seamos “brillantes” y tengamos una distinción de grado. El reglamento tiene más efecto simbólico que material. Ahora bien, existe otro reglamento que tiene mayor incidencia en nuestro diario vivir, algo que he decidido denominar un reglamento social. Esta sí es la violencia que ejerce el derecho sobre los estudiantes.

Este reglamento no está escrito en ninguna parte; a nadie le convendría. No obstante, su contenido es bastante claro: si usted se distancia del prototipo (que pasaré a describir) tendrá problemas y sentirá el peso del sistema sobre usted. Es muy fácil adecuarse a lo que Kennedy llamaría educación legal si usted es un hombre, habla inglés, vive en un barrio “bien”, se graduó de un colegio “bien”, no habla guiso, no usa pantalones sin bolsillos, tiene para almorzar en la Universidad, etc. Ahora, si usted tiene un problema con alguno de estos temas, la facultad –y también la universidad– se encargará de “corregirlo”. Es tremenda toda la violencia que nos invade. Ahora, si a usted todo esto le suena a chino, es porque seguramente, o no le ha tocado, o no ha tenido la sensibilidad para notarlo.

Es esta indiferencia el problema que identifico. El privilegio que muchos tienen los vuelve insensibles, no les permite preguntarse dos veces por el estado de las cosas. Es difícil pedirle a una persona que entienda, que realmente entienda, qué es desayunar, almorzar y comer cuando nunca ha dejado de hacerlo. El privilegio no es malo en sí mismo, pero puede ser el arma mortal para perpetuar la violencia hacia los “no privilegiados”. Sin embargo, puede ser el agente de cambio perfecto; a través de los beneficios que vienen con éste, es posible cambiar las cosas desde su raíz. Esto entendido en el más amplio sentido, pero siempre incluyendo un componente de sensibilidad, compasión y empatía por el otro.

Tal vez en unos meses o semestres este estudiante al cual el perro le ladró se dé cuenta de lo que en realidad sucedió: el reglamento social que hemos construido a partir de in­ diferencia lo sancionó de la manera más sutil y a la vez más cruel. Segura­ mente, el estudiante empezará a sufrir los cambios que la sociedad espera que sufra. Tal vez trabaje en una gran firma cuando se gradúe. Tal vez a nadie, sino a él, le importe lo que le sucedió. Pero lo que es cierto es que todos, desde nuestra indiferencia, habremos contribuido a despojar de identidad a un individuo para incluirlo en nuestra sociedad uniforme y sierva del interés particular.

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