Queremos doctores, pero también educadores

“Un alumno. Primer día de clases. Sólo le basta una sesión para darse cuenta de que sus profesores, aunque brillantes profesionales, son una decepción en el aula. Esta es la gota que rebasa la copa de su paciencia. Por eso, se atreve a proponer qué hace a un profesor un verdadero educador”.

Por: María Lucía Hernández Dueñas. Estudiante de décimo semestre de Derecho. ml.hernandez10@uniandes.edu.co y Juan Carlos Durán Uribe. Abogado de la Universidad de Los Andes y estudiante de la Maestría en Educación. jc.duran129@uniandes.edu.co

Es agosto. Adormilado, Camilo llega al salón de su clase de 6:30am. De repente, entra el profesor. Es bajito, joven y viste traje y corbata. Tiene el aire arrogante del abogado de firma. Todos sacan sus cuadernos y aparatos. Apenas el profesor musita la primera oración, Camilo sabe que este será un profesor igualito a tantos otros que ha tenido en la carrera. El profesor abre una presentación en Power Point en la que está proyectado el programa. Hace que el curso en pleno lo lea en voz alta, pregunta si alguien tiene alguna duda y, después de apenas quince minutos, despacha a sus estudiantes y anuncia que las lecturas están en Séneka.

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La segunda clase la dicta un profesor de planta y este llega tarde al salón. Tiene un currículum impresionante: maestría y doctorado en Harvard, publicaciones en las mejores revistas, es un conferencista reconocido; todo un académico digno de la Universidad de Los Andes. En menos de cinco minutos, ya ha leído el programa, ha puesto un taller, y ha anunciado que las próximas dos semanas no estará en el país y que, en consecuencia, su profesor asistente lo reemplazará. Comienza a hablar de sus investigaciones sobre las reformas constitucio­nales en Madagascar. Su charla es monótona, su tono de voz es plano y se va por las ramas. Llega un momento en que Camilo empieza a mirar por la ventana distraído mientras que el resto de sus compañeros mira Facebook. De pronto, sin que nadie se lo esperase, el profesor interrumpe bruscamente su soliloquio al ver una mano levantada. “¿Sí?”, pregunta asombrado. “Es que no nos explicaste cómo van a ser los parciales”, dice una estudiante costeña. “Ah, sí, sí. Ahí vamos viendo. ¿Qué opinan si hacemos tres ensayos?”. Todos se miran unos a otros estupefactos, sin saber qué decir. Un instante después, un leve murmullo proveniente de la fila de adelante es interpretado como una aceptación por el profesor: “Listo. Los detalles cuádrenlos con Carlos, el tutor. No dejen de leer. Adiós”.

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Es septiembre. Camilo por fin puede reunirse con sus amigos a almorzar y se dedica con ellos a discutir sus experiencias con sus profesores. “Mi profesor de las 6:30am es el clásico yuppie. No ha hecho sino leer diapositivas llenísimas de información”, dice con crudeza Felipe. “El suyo por lo menos va. El mío fue a la primera clase y no ha vuelto. Mandó al profesor asistente”, dice Alejandra. “¿Alguien rescatable?”, pregunta Camilo. “Nadie. Este semestre parezco escribana del siglo XIII: sólo transcribo las palabras de los profesores y las repito como lora mojada. Lo bueno es que es sólo memoria”, replica Sofía. “Tenaz que pase eso en esta Universidad. ¿Ustedes qué harían para ser un buen profesor?”, pregunta Camilo: “Umm… yo creo que un buen profesor es el que despierta el interés en los estudiantes al mostrar la relevancia de sus enseñanzas en la prác­tica. Busca que salgan con habilidades y no que sólo reciban información”, dice Alejandra. “Para mí, un buen profesor es el que, más que llenarlo a uno de conocimientos para que los memorice y repita en un examen, procura que el estudiante comprenda principios y adquiera herramientas para enfrentar situaciones que se presentan en la práctica”, opina Sofía. “Yo no sé, pero me enferma que digan que en Los Andes hay buenos profesores sólo porque tienen doctorado. Es muy triste”, dice Camilo, pensativo. Sofía comenta: “La semana pasada leí una colum­na de Roberto Palacio. Creo que se llamaba ¿Y quién defiende a los profesores de cátedra? Decía que ‘el profesor de cátedra es quien hoy llena la mayoría de los vacíos. Los docentes de planta –al menos los de alto nivel– están ocupados produciendo lo que demanda Colciencias: investigación de punta, sea eso lo que sea’”. “Escríbase un buen artículo en Al Derecho”, le sugiere Alejandra. “¿Para qué? Igual no van a hacer nada”, le espeta Felipe.

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Es octubre, la tarde cae con su sopor, pero Camilo está decidido. Se sienta al frente de su computador y, como si tuviera un guión, comienza a teclear sin parar: “¿Qué es un buen profesor?” No hay una respuesta uniforme. Para algunos, esta pregunta es muy subjetiva. Por ejemplo, unos piensan que Obligaciones con Varón es tan aburrida como una película setentera de Semana Santa. Para otros, es lo que para Usain Bolt fue conocer el atletismo: la luz de su rumbo profesional. Pero lo que deberíamos hacer es responder a esa pregunta no desde lo subjetivo, sino desde lo objetivo. ¿Será misión imposible? No lo creo. Voy a proponer tres puntos que creo que deberían ser los criterios mínimos para que un doctor se pueda llamar a sí mismo un educador:

Ejemplo a seguir: Puede que el profesor no caiga bien, pero su actuar, su manera de desenvolverse y su ética de trabajo deben inspirar a los demás para que los imiten o, al menos, quieran hacerlo. Esto no se mide únicamente con palabras sino con actos. El profesor debe proyectar compromiso, ecuanimidad, justicia, ética y responsabilidad con su clase, sus estudiantes y su profesión. En pocas palabras, debe ser intachable. Esto puede que no lo noten los profesores mientras dictan sus cátedras, pero sí lo notamos los estudiantes.

Autoridad confiable: El buen profesor no necesariamente es amigo de los estudiantes. La relación profesor-alumno es una relación vertical, una relación de autoridad que merece respeto. Ello marca cierta distancia entre el pro­fesor y el alumno. El respeto no se impone por la fuerza, se gana con ejemplo. Muchas veces, un profesor entra a un salón y su sola presencia produce silencio; muchas otras, parece invisible para sus alumnos. Sin embargo, esa autoridad debe generar confianza y no terror. El estu­diante debe sentirse cómodo de preguntar al profesor, y este debe mostrar disponibilidad y voluntad. El buen profesor es una guía.

Enseña a pensar: Esto es lo que más perdura en los estudiantes: un buen profesor enseña a pensar. Transmite el conocimiento necesario para que el estudiante quede con la curiosidad de investigar más por su propia cuenta. Da los datos necesarios que sirvan de punto de partida para que busquen información autónomamente. Da las instrucciones y guías pertinentes para que planeen, diseñen y produzcan. El buen profesor asume que sus estudiantes son personas capaces y les exige como tal. Así, enseña a que los estudiantes aprendan a aprender. Es una enseñanza centrada en la acción del alumno, en la indagación, comprensión, análisis y aplicación de contenidos, y en la toma de decisiones. Es una enseñanza a largo plazo. El profesor que se limita a transmitir conocimiento masticado o que pone un examen imposible no es un buen profesor pues no está enseñando a pensar a sus alumnos. Es una enseñanza cortoplacista, memorística. Queridos profesores: No subestimen a sus estudiantes. Exíjales. Esa es una forma de respeto”.

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Es noviembre, y el ambiente casi navideño se combina con la zozobra de los exámenes finales. “Oiga, Cami, ¿Qué pasó con su artículo? Vi que lo llamó la decana y todo. ¿Pasó algo?”, comenta Felipe. “No, nada. Me explicaron todo lo que hace la facultad para capacitar a sus profesores en temas pedagógicos, pero nada más”, replica Camilo. “¿Y usted qué les dijo?”, inquiere Felipe. “Nada, que queremos doctores, sí, pero también educadores”.

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