Apología a la cerveza

Por: Juan Felipe Díaz. Estudiante de quinto semestre de Derecho, opción en Periodismo y miembro del Consejo Editorial. jf.diaz13@uniandes.edu.co

Burbujeante, usualmente rubia y amarga, la cerveza es una de las bebidas más populares sobre la faz de la tierra. Beber una resulta en unas notas de alegría que corren en la sangre y se van robusteciendo con cada pola que agregamos a nuestro organismo, hasta llegar al momento en que nos creemos invencibles, dueños de toda teoría política y toda doctrina religiosa. En nuestra cultura, el consumo de cerveza juega un rol importante a la hora de hallar maneras de entretenimiento. No obstante, su apreciación en el país del Sagrado Corazón aún no ha llegado a su auge. A pesar de que, sin lugar a dudas, es un producto de altísimo consumo en el país, éste se guía más por la cantidad de petacos que se puedan tomar en una hora más que por la calidad y la riqueza cultural que esta bebida representa.

El ¨santo sorbo¨, como es conocida popularmente en nuestro país, cuenta con una historia milenaria. Historiadores datan sus primeras apariciones cerca del año 3500 A.C., cuando los sumerios consumían panes remojados en agua y la dejaban reposar durante varios días. Al cabo de este lapso, el agua se había fermentado naturalmente, siendo la primera muestra lejana de lo que hoy conocemos como ¨cerveza¨. Luego, estaría presente entre los romanos, en cuya cultura se consumía vino y se concebía la cerveza como una bebida de bárbaros. Siglos después, llegaría a la baja Edad Media donde se encontraría con los monjes, grandes actores en el desarrollo de esta bebida. Desde entonces, ellos se dedicaron a una producción más refinada y enriquecida de la cerveza. Los monjes la perfeccionaron a partir de sus necesidades, pues requerían de una bebida bastante fermentada que les diera la cantidad de calorías necesarias para sus días de ayuno y, en general, para aguantar las largas jornadas de sus actividades diarias. Sus recetas aún se conservan y son cervezas con alto nivel IBU (International Bittering Units) y un elevado volumen de alcohol. Finalmente, a la receta de la cerveza llegó el lúpulo, los vasos de vidrio y los aportes de Louis Pasteur, conformando entonces la cerveza clara, filtrada y pasteurizada que hoy en día consumimos. A nuestro momento en la historia, la cerveza llegó como una compañera cuasi sentimental y omnipresente del desarrollo de la humanidad.

Hoy en día, expertos han sostenido que a nivel mundial es la bebida alcohólica más consumida. En países de Europa como Alemania, Bélgica y Holanda, el consumo de esta bebida es absolutamente inherente a sus culturas. En Inglaterra se dieron variaciones importantes a dos de las grandes familias de cervezas, ale y lager, creando de manera paralela las que hoy conforman su cultura cervecera, las stout. Dentro de cada familia, además, hay una infinidad de variantes y estilos. De esta manera, en el panorama mundial tenemos una variedad inmensa de cervezas que varían según sus índices de amargor, su volumen de alcohol, sus ingredientes, su filtración, el espesor de la espuma y un larguísimo etcétera que da cuenta de la riqueza del mundo cervecero.

En Colombia, el consumo de cerveza ha estado desde siempre conectado al entretenimiento y absolutamente ligado a la cantidad de cerveza consumida, más que a la calidad y a sus características. Sin ser conscientes de ello, las cervezas preferidas por la población colombiana son las lager, caracterizadas por ser cervezas frescas, filtradas, semiamargas y con poco volumen de alcohol. Estas cualidades son las que, precisamente, nos permiten un alto consumo en un corto periodo de tiempo. Adicionalmente, en muchos escenarios la cerveza hace de catalizador del efecto embriagante de otros licores, siendo piezas fundamentales en momentos previos a las rumbas y resultando en un consumo ajeno a cualquier apreciación de sus cualidades.

Para nosotros resulta inconcebible llegar a una reunión formal con una botella 750ml de una cerveza tipo strong belgian ale en vez de una botella de vino tinto del mismo tamaño y de precio similar. Inevitablemente, nuestros ojos están acostumbrados a ver en la cerveza el jolgorio y relajo de una noche llena de petacos, y es muy difícil llegar a ver en ésta cerveza belga una cantidad de premios y reconocimientos mundiales, una calidad exquisita y hasta un proceso de doble fermentación que se detiene en el momento en que la destapamos.

Aún así, en Colombia –especialmente en Bogotá–, hace poco más de quince años nacieron los primeros indicios de una cultura cervecera diferente y consciente. Bajo el concepto de cervecería artesanal, preocupándose más por la calidad que por la cantidad del producto, Bogotá Beer Company se convirtió en la marca pionera en el tema. Al día de hoy, Bogotá se encuentra con un panorama absolutamente delicioso: cervecerías artesanales por doquier, con recetas únicas y una preocupación por la divulgación del deber ser del consumo de esta bebida. Estos lugares pretenden hacer con sus productos una competencia legítima a las cervecerías industriales que han estado a la cabeza del mercado a nivel nacional. Además de esto, este mercado se ha visto robustecido con la introducción de marcas internacionales de gran calibre. Ahora es común encontrar en cualquier supermercado cervezas provenientes de Holanda, Bélgica, Rusia, República Checa y otros más.

La cerveza es una bebida que poco tiene que envidiarle a otros licores como el whisky –o whiskey, según sus ingredientes y su procedencia–, el vino o el ron. Degustar una buena cerveza es un arte sensorial y, más allá de esto, un absoluto placer. Dentro de sus diferentes gamas de colores vienen implícitos diferentes aromas, preparaciones y sabores, haciendo del consumo de cerveza una experiencia única con cada una que se destapa. Pero, de lejos lo que es más rescatable de la cerveza son las cualidades que la hacen la bebida idónea para acompañarnos e impulsarnos a tener conversaciones con los demás, a explorar nuestros pensamientos y sentimientos un poco más allá de lo normal. En últimas, un poco de cerveza en nuestras rutinas nos hace un tanto más humanos –teniendo un consumo responsable y controlado, claro está, pues de lo contrario terminamos siempre dándoles la razón a los romanos, haciendo de lo poco que nos resta de humanidad una barbarie total–.

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