Un ragazzo

Por: Felipe Raymond. Estudiante de quinto semestre de  Comunicación Social de la Universidad Javeriana. raymond.felipe@javeriana.edu.co

Soy hincha de una squadra chica

Orgullosamente puedo decir que siempre he apoyado a Millonarios FC. Un equipo grande en Colombia y con mucha historia sin importar lo que digan los demás. Pero tras el verano del año 2014 emprendí hacia el viejo continente, a la única ciudad en el mundo donde el color morado es un color para hombres. La ACF Fiorentina sería mi nueva squadra por el próximo año. Las únicas referencias que tenían eran pocas. Recuerdo la época cuando el equipo Viola fue revelación en la Champions 09/10, el cual tuvo que enfrentar al Bayern Munich con una joven y gran squadra con Frey en el arco, el peruano Vargas por izquierda, un joven Montolivo y una dupla intratable en ataque como lo fue Gilardino y el montenegrino Jovetić. Así fue como comenzó mi expedición entendiendo lo que era el fútbol europeo y, en este caso, el amor por un equipo chico.

Florencia es una hermosa ciudad situada en la región Toscana, en el centro de Italia. La población es de millón y medio de personas, pero en la zona metropolitana, es decir el centro histórico y administrativo de la ciudad, no son más de 380,000 habitantes. El estadio es el Artemio Franchi que cuenta con una capacidad de 43,000 personas –no mucho más grande que El Campín de Bogotá– y con una hinchada que solo llena para los derbis o los partidos grandes. Llegué a una ciudad donde los logros más grandes de su equipo son dos títulos de liga y algunas Copas de Italia; todas eran de la época de los 60. Mi única esperanza era ver a Juan Guillermo Cuadrado derrochar su calidad en el equipo que lo lanzó al estrellato.

Recuerdo muy bien mi primer partido en aquel estadio. Era un partido importante contra el Inter; la Fiore no venía sacando buenos resultados. La llegada al Franchi fue toda una travesía. Nos dijeron que debíamos tomar el bus, o coger un tren pero no podíamos asegurar nada. Google Maps nos sugirió coger un tren de corta distancia y caminar por 25 minutos, ¡que era una locura! A fin de cuentas decidimos caminar e ir con una marea morada que iba en camino al estadio. El primer puesto que tuve en aquel estadio fue en la Curva Ferrovia, que se puede identificar como la tribuna sur del estadio. Eran boletos que vendían especialmente para estudiantes a un precio más barato, pero no valían la pena por lo que era lleno de extranjeros que no sabían sentir el escudo Viola. 

Yo llegué con mi camiseta de Cuadrado, mi bufanda morada que decía Forza Viola y esperaba que el partido fuera tan bueno como pintaba en el papel. Recuerdo el momento de la salida de los jugadores acompañados del himno de la Fiorentina. Nunca antes había visto algo así, bufandas estiradas, una música de estilo clásico, los adultos y sus niños cantando con el corazón un himno, que después sería importantísimo para mi estadía en la ciudad. Tan solo siete minutos jugados, Khouma Babacar haría uno de los mejores goles que vi ese año en Europa; casi 10 minutos después mi héroe colombiano haría su gol con una jugada clásica de izquierda hacia adentro y acariciándola hacía el segundo palo. El tercer gol llegaría faltando un cuarto de hora cuando un completo desconocido, llamado Nenad Tomović ganaría la banda derecha y, a punta de fuerza, se sacaría a tres de encima para acomodarle el balón en el primer palo a un inmóvil Handanović. Fue el comienzo perfecto para lo que sería uno de las mejores temporadas del equipo en los últimos tiempos.

El mejor partido que vi en aquel año fue contra el mítico Milán. Para ese partido ya sabía que no tenía que ir a la Curva Ferrovia, sino a la Curva Fiesole que es la tribuna Norte, donde se hacen los ultras de la Fiorentina; los ultras florentinos no son los más violentos ni lo más numerosos. Era un lugar seguro para ir, por lo menos para alguien que acostumbra a esconderse de Los Comandos y de La Guardia, entre otros. Este día fue lluvioso y frío, como si fuera poco el Milán comenzó ganando con autoridad. A falta de 10 minutos Gonzalo Rodríguez empató el marcador con un testazo imparable y, cómo si fuera una película, el milagro llegó al último minuto junto a una lluvia que no daba tregua; un grito de toda una ciudad que hizo explotar al estadio como pocas veces lo había visto. Joaquín resolvió un balón cruzado que le sobro a todo el mundo y solo él la pudo meter. Una señora de aproximadamente 70 años se me tiró encima a gritar “Cazzo! Lo abbiamo fatto ancora!” (¡Hijuep*ta! ¡Lo volvimos a hacer!).

Fue un gran año en Italia y una temporada de ensueño para la Fiore donde fuimos cuartos en la Serie A y llegamos a semifinales de Copa Italia y Europa League; son unos resultados muy buenos para un equipo humilde como éste. Encontré un amor igual al que había dejado en Bogotá, pero con un tono de azul un poco distinto. Un equipo que jugaba bien pero que lo dejaba todo sin importar el resultado. Un equipo del cual no se sabía cual sería su resultado cada fin de semana. Un equipo del pueblo y para el pueblo. Puedo decir orgullosamente que soy hincha de un equipo chico.

 

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