Atrocidades, memoria y derecho: un comentario al libro de Phillipe Sands, “East west Street”

Esta reseña es una vista preliminar al libro del abogado británico Phillipe Sands, quien hace un recuento de los orígenes de dos conceptos fundamentales para el derecho penal internacional: el genocidio y los crímenes de lesa humanidad, a través de datos históricos entrelazados con un fascinante drama personal.

Por: Tomás Uprimny Áñez. Estudiante de segundo semestre de Derecho y miembro del Consejo Editorial. t.uprimny@uniandes.edu.co

En noviembre de 1945, en la misma ciudad donde diez años antes se habían esta- blecido las leyes racistas de Núremberg, ocurría algo antes impensable en el de- recho: los máximos jerar- cas del tercer Reich esta- ban siendo juzgados por un tribunal internacional ad hoc creado por los Aliados. Herman Göring, líder de la Luftwaffe, Hans Frank, jurista alemán y Alfred Rosenberg, ideólogo del nazismo, entre varios otros, respondían por sus crímenes a los ojos del mundo. Entre los diferentes tipos de delitos que se analizaron y por los cuales estos altos mandos deberían responder, aparecieron dos nuevos que cambiarían y revolucionarían el derecho internacional: crímenes de lesa humanidad y genocidio.

Esta es la historia del libro East and West Street, escrito por el británico Philippe Sands, famoso abogado que ha litigado casos de derecho penal internacional. Sands narra la historia de Hersh Lauterpacht y Raphael Lemkin, y cómo llegó el primero a darle nacimiento a la noción de crimen de lesa humanidad y, el segundo, al concepto de genocidio. Sands logra entrelazar este fascinante recuento histórico con un drama personal: en la ciudad de Lviv, la misma donde nacieron y estudiaron los dos abogados arriba citados, su abuelo paterno Leon Bucholz fue también víctima de las políticas racistas y antisemitas de la Alemania Nazi y se vio obligado a emigrar a Francia. Los tres, Bucholz, Lauterpacht y Lemkin, sufrieron la ira de Hans Frank, el abogado personal de Hitler y gobernador general de la Polonia ocupada, quien fue tristemente conocido, por sus atroces actos cometidos durante la ocupación nazi, como el Carnicero de Polonia. El asesinato sistemático y casi industrial de judíos en la Galicia nazi encontró a su mayor intérprete en la figura de Frank, quien sintió orgullo cuando The New York Times lo calificó como un criminal de guerra.

“La casa de una persona es su castillo” dijo Joseph Goebbels a la Liga de Naciones en 1933, entonces “haremos como nos plazca” con nuestros varios “oponentes” y, en particular, con “nuestros judíos.” La visión del ministro de propaganda alemán era compartida casi a nivel universal, pues el término soberanía era la palabra final en cuanto a los pleitos internacionales. Un Estado tenía en sus manos el poder de decisión sobre la vida y la muerte de sus habitantes y, por muy moralmente cuestionable que parezca hoy en día, no era contestado en la época. Pero ahí estaban Lauterpacht y Lemkin, dos polacos que, habiendo sufrido en carne y hueso los excesos de un Estado racista, crearon dos conceptos que, si bien son complementarios, reposan sobre dos visiones radicalmente distintas. Lemkin, quien había combinado su carrera de leyes con estudios de literatura, ponía en la cima de la pirámide de crímenes a los perpetrados en aras de aniquilar una cierta población o grupo de individuos. Por el contrario, Lauterpacht, abogado y filósofo, estimaba que el ser humano, como individuo, era la última y más sagrada unidad de la ley y que, por ello, el máximo crimen aquel ejecutado sobre hombres y mujeres en tanto individuos. ¿Cómo y por qué dos personas que vivieron en la misma ciudad y conocieron horrores semejantes llegaron a conclusiones tan opuestas? es la pregunta que acompañará al lector durante toda la novela.

En 1919, con el tratado de Versalles, le fueron impuestos a ciertas naciones los llamados tratados de derechos de las minorías. Estas naciones eran multiculturales y estos tratados buscaban proteger a las minorías raciales, culturales y nacionales de las mayorías que buscaban imponer su visión del mundo. Así las cosas, las potencias vencedoras de la Gran Guerra obligaron a Polonia a firmar y aceptar este tratado. Sands muestra cómo esta práctica legal, en vez de cumplir su rol de protección de las minorías, terminó por acentuar los odios entre diferentes razas, religiones y nacionalidades, pues las mayorías sentían que les habían impuesto unos tratados totalmente injustos que atentaban contra su soberanía.

En este contexto, ¿tenía razón Lauterpacht o Lemkin? Ambas teorías brillan por su sensatez y originalidad. Creo que el esfuerzo del segundo por proteger grupos de personas después de haber presenciado lo que las mayorías eran capaces de hacer a las minorías es encomiable. Por ello, Lemkin compuso la palabra genocidio a partir del sustantivo griego genos (‹raza›, ‹pueblo›) y del sufijo latino cide (de cadere, ‘matar’). Sin embargo, creo que hay fallas en el planteamiento de Lemkin. La primera es práctica, pues es extremadamente difícil probar que hay un plan para la aniquilación de un grupo de personas, ya que no suelen quedar órdenes explícitas por parte de los genocidas. Encontrar órdenes directas y explícitas que busquen aniquilar un cierto grupo de individuos por el hecho de pertenecer a ese grupo es sumamente difícil. Por ejemplo, en el tercer Reich, a parte de las actas de la conferencia de Wansee, es imposible hallar documentos que puedan llegar a probar jurídicamente un genocidio. Por eso no causa sorpresa que haya habido, a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado, muy pocas condenas de genocidio.

Ahora bien, la segunda crítica hacia la visión de Lemkin radica en lo expuesto en cuanto a los tratados de derechos de las minorías. Por proteger un de- terminado grupo de personas, dicen sus contradictores, se podría estar provocando un efecto perverso, a saber, alimentar el odio entre comunidades. Por querer amparar los derechos y libertades de los grupos étnicos o religiosos, se estaría incrementando los posibles ataques entre dichos grupos.

En cuanto a Lauterpacht, su punto de vista es más práctico. Sin embargo, Sands cuenta cómo Lauterpacht, conocido profesor de Cambridge, denigró la obra de Lemkin, calificando de mala y casi surreal la idea de proteger derechos de grupos de personas. Por mi parte, creo que despreciar así la idea de Lemkin es un error, pues la historia reciente nos ha demostrado que los odios entre grupos de personas llegan a tales puntos que se vuelve necesario el concepto de genocidio. Casos como el de Ruanda, donde millares de tutsis fueron asesinados a machete por los hutus por el simple hecho de pertenecer a esa tribu, son el claro ejemplo de que la idea de Lemkin, si bien apenas estaba naciendo en los juicios de Núremberg, se convertiría en una piedra angular del derecho internacional, a tal punto de elevar el genocidio a crimen de crímenes a los ojos del mundo.

Es igualmente interesante lo que nos cuenta Sands sobre la recepción de los dos términos en el tribunal de Núremberg. El concepto de genocidio no fue bien acogido, pues los Aliados temían que pudiera ser usado, algún día, en su contra: Estados Unidos por las leyes Jim Crow y la segregación racial; Gran Bretaña a causa de sus abusos en las colonias. Estas dos potencias jugaban un doble tablero: mientras aparecían como los salvadores del mundo y de los nacientes derechos humanos, se cubrían de que no les fuesen destapados y condenados los abusos que ellos cometían.

En conclusión, la novela de Sands es de lectura obligatoria para todos aquellos apasionados por la historia de la segunda guerra mundial. No solo los abogados se apasionarán con esta historia, ya que el lenguaje empleado por Sands es para todos los públicos. La idea fundamental que me dejó el libro es que, antes de adentrarnos en la discusión técnico jurídica que le sigue a una guerra atroz, lo primero que se debe hacer es la memoria de las víctimas. Si bien el debate jurídico es importante, al correr de las páginas, el lector se dará cuenta de que Sands le rinde, antes que todo, un homenaje a todas aquellas víctimas que dejó el nazismo, y nos invita a recordar que las víctimas, muchas de las cuales no pudieron hablar de ese pasado atroz –como el caso de Leon Bucholz– son el centro que debe tener la justicia. En Colombia debatimos hoy sobre cómo serán juzgados los criminales de una guerra que ha derramado no solo ríos de sangre, sino también de tinta. Esto no es menor y tendrá una relevancia enorme, sin embargo, no nos olvidemos de lo fundamental que es recordar a los ochos millones de víctimas, en su gran mayoría anónimas, pues recordar es, como decía Galeano, “del latín recordis, volver a pasar por el corazón”.

 

Imagen obtenida de: http://www.news.dm/today-in-history-in-1945-nuremberg-trials-begin/

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