El paredón

En este artículo un estudiante presenta una reflexión acerca de la publicación de la lista de mejores y peores monitores del período 2017-1.

Por: Juan Felipe Bonivento Martínez. Estudiante de noveno semestre de Derecho. jf.bonivento10@uniandes.edu.co

En la pasada edición de Al Derecho, hubo dos notas que me llamaron la atención por su particular contraste. Una juiciosa y argumentada editorial cuestionaba el tope de 21 créditos que la Facultad empezó a exigir para ser monitor, y digo que lo empezó a exigir porque —en contra de la versión que ha dado la misma Facultad— Gestión Humana asegura que ellos consultan con cada unidad académica si aplicar el tope o no. Aunque no es el tema de este artículo, valdría la pena saber quién está acomodando la verdad. Pero decía que la editorial contrastaba con otra sección de la edición pasada: una lista de los diez monitores con más baja calificación para el semestre 2017-1. La lista recoge los resultados de la última pregunta de las encuestas de Banner, en la que se pide calificar de 1 a 4 al monitor del curso. La inclusión de dicha lista, que seguramente fue el resultado de una discusión razonada en el Consejo Editorial de Al Derecho, entrañaba un verdadero dilema moral. En este artículo explicaré por qué creo que tomaron la decisión equivocada.

Hay que reconocer que la publicación de la lista tiene indudables ventajas. Puede servir como un llamado de atención a los monitores, una forma de “despertarlos” si no están haciendo el mejor trabajo. Incluso, puede que algunos de esos monitores hayan recibido quejas de los estudiantes y las hayan ignorado. La lista los fuerza a revisarlas. La publicación también ayuda a llamar la atención de los profesores, diciéndoles de alguna forma: “mire que su monitor no está haciendo un buen trabajo. ¿Usted sí vigila lo que hace?” Finalmente, la lista es un instrumento de sanción social, pues les recuerda a los monitores que su labor entraña una responsabilidad frente a otras personas y castiga a quienes la han descuidado.

No obstante, la pregunta es si ello se logró y a costa de qué. Podría argumentarse que esta publicación es análoga a la que se hace de los mejores y peores profesores, y que hace parte de las cargas que vienen con la labor docente. Sin embargo, considero que esto no es cierto. En primer lugar, los monitores están aprendiendo. El propósito mismo de las monitorías no es reemplazar al profesor, sino empezar a formar estudiantes en labores de docencia e investigación. Por ello, los deberes que se demandan, y la forma en que se evidencia su incumplimiento, no pueden ser iguales. Pero además los monitores son evaluados mediante una sola pregunta general, a diferencia de las múltiples que conforman las evaluaciones de profesores.

Publicar las evaluaciones de profesores cumple con dos propósitos que las de monitores no pueden cumplir: (i) informar a futuros estudiantes sobre cómo se perciben los cursos con ciertos profesores, y (ii) reclamar de la Facultad vigilancia sobre sus profesores y acciones frente a aquellos que aparecen de forma reiterada. En efecto, y a pesar de que algunos profesores parezcan creer lo contrario, una de sus responsabilidades frente a la Universidad es ser buenos docentes (y así lo señala el Estatuto Profesoral). No pueden alegar que están en formación. Para desarrollar su labor, los profesores tienen un nivel de autonomía con el que no cuentan los monitores. Si un monitor hace algo mal, cuenta con un superior inmediato al que se puede acudir. Incluso, el trabajo del monitor suele depender de lo que le indique o permita hacer el profesor. En cambio, un profesor cuya clase es mala no puede responsabilizar a nadie más que a sí mismo.

Este problema se suma al hecho de que la tabla publicada dice muy poco. Esos diez monitores son los peores monitores, ¿pero por qué?, ¿No iban a clase?, ¿No hacían monitorías?, ¿Se equivocaban en las monitorías?, ¿Eran poco amables?, ¿Eran muy exigentes? La tabla no nos da una respuesta. Ni siquiera se puede ir a Banner y mirar las preguntas desagregadas, porque no hay preguntas desagregadas. Podría decirse que no importa, que como la tabla evita asignar un factor determinado, se espera que los estudiantes no saltemos a conclusiones sobre el trabajo de esos monitores porque no hay información completa. Pero eso es mentira: al publicar los puntajes y pretender que ello funcione como sanción social, lo que se está diciendo es “si están ahí es por algo”. No sabemos por qué, entonces cada quién verá cuál es el “algo”.

Lo anterior se explica porque hay dos formas de interpretar la tabla: o se cree que los estudiantes calificamos mal a los monitores, de modo que no hay razones para que ellos diez sean los peores, o consideramos que sí hay razones, pero no sabemos cuáles son. Si la primera opción fuera cierta, publicar la tabla no tendría sentido alguno: daría igual elegir 10 monitores al azar y decir que son los peor calificados. Pero lo que ocurre es todo lo contrario: la publicación invita a que haya mil y pico de razones (o mejor, de versiones) de por qué esos diez monitores están en la lista, una por cada miembro de la Facultad. Y los monitores, cuyos nombres sencillamente aparecen frente a un número, sin explicación o matiz alguno, no cuentan con oportunidad de contradicción y defensa. Son versiones que no pueden confrontar, explicar o siquiera conocer.

Por supuesto que estas circunstancias pueden ponderarse con las ya mencionadas ventajas de publicar la lista. Pero creo que deben llevar a un cuestionamiento sobre la responsabilidad moral del periódico en la construcción de comunidad. Al leer la lista pensaba en cómo, muchas veces, los uniandinos somos descritos por personas de otras universidades. El uniandino es competitivo, el uniandino no se preocupa por los demás. Al uniandino no le importa destruir al otro. Publicar la lista de los monitores con más baja calificación es poner a diez estudiantes en el paredón. Y, claro, uno puede justificárselo a sí mismo diciendo que no es una selección aleatoria, que hay razones —aunque desconocidas— detrás. Pero me parece complicado que se nos olvide que todos somos inexpertos, y que rara vez el escarnio público cumple con un rol formativo, que reduzcamos la discusión sobre los problemas reales de las monitorías a un “anti-top 10” y que las posibles equivocaciones de estos y otros monitores, las cuales podrían haberse analizado, confrontado y publicado luego de una verdadera labor de investigación periodística, se tengan que limitar a la interpretación (o especulación) de quien lee el periódico y lo único que encuentra es una lista.

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