Bogotá, la crisis de la descentralización

¿Cómo nos afectan las decisiones en materia de infraestructura que se tomaron en Bogotá en los años 50? Aquí una respuesta y una súplica a los administradores locales.

Por: Pablo Londoño Salazar. Estudiante de sexto semestre de Ciencia Política. p.londono10@uniandes.edu.co

Entraban los años 50, Bogotá tenía 715.250 habitantes y no existía nadie en este suelo frío que vaticinara el caos de finales de milenio y principio del siguiente. Por el contrario, Mariano Ospina Pérez, presidente de la República, y Fernando Mazuera Villegas, alcalde del Municipio de Bogotá, preparaban un ambicioso plan urbanístico amparado en el Plan Piloto de Bogotá, dado en 1950. Sin embargo, el fracaso fue notable, pues los estudios técnicos, como casi siempre en esta ciudad, iban en contravía de los intereses de constructores quienes no estuvieron de acuerdo con que la ciudad se proyectara hasta la carrera 30. Una de las características fundamentales priorizadas por el arquitecto suizo-francés Le Corbusier y por la oficina de Wiener y Sert en Nueva York, principales asesores del proyecto, consistía en la creación de lazos de cooperación regional; esta cuestión no fue tenida en cuenta pues en 1954 Bogotá tomó otro camino al ser declarada Distrito Especial, siendo anexados 6 municipios vecinos.

Declarada la independencia de Bogotá sobre Cundinamarca y con los ahora anexos Usaquén, Suba, Engativá, Fontibón, Bosa y Usme, el ahora Distrito se enfrentaría a los retos de la segunda mitad de siglo. La ola descentralizadora entraba al país en la década de los 80 y la ciudad se veía ampliamente beneficiada por las nuevas reformas que permitían la consecución de recursos de tipo fiscal a departamentos y municipios además de la transferencia de competencias y recursos que anteriormente se encontraban concentrados en los poderes nacionales. La entrada a la descentralización y la adopción de la figura de Distrito Especial le significó a Bogotá la adquisición de un mayor número de responsabilidades, delegando su futuro en un mayor número de agentes con capacidad de toma de decisión. En 1991 con la nueva Constitución se cambia el nombre de Bogotá y se convierte de Distrito Especial a Distrito Capital. La cereza en este pastel descentralizador vendría en 1994, año en el que a través de la Ley 136 se ordena la creación de las Juntas Administradoras Locales para los Distritos, entidades descritas como “corporaciones administrativas de carácter público, de elección popular”

El cambio obligó a que la ciudad se dividiera en 20 localidades y cabe decir que no era para menos, según las proyecciones realizadas por el DANE, Bogotá en este momento cuenta con 8.080.734 habitantes, poco más de 10 veces su población en la década de los 50. La ciudad ha replicado la administración pública del poder nacional en la esfera local contando con alcaldes locales, ediles, jueces y organismos de control. Sin duda alguna la figura más interesante de todas es la del alcalde local, quien logra juntar factores tradicionalmente opuestos, los elementos técnicos y las herramientas políticas. Para la elección del alcalde local, es necesario que el susodicho apruebe un examen elaborado por la Universidad Nacional, que pocos logran aprobar, esperar a ser ternado por la Junta Administradora Local y finalmente, contar con la preferencia del alcalde mayor. El carácter balanceado les permite a los alcaldes locales ser consejeros de primera mano para el alcalde mayor colaborando en la gestión política pero también técnica.

Más de 60 años lleva Bogotá en este constante cambio administrativo, apuntando a la descentralización. Más de 60 años han tirado por la borda nuestros últimos dos gobernantes: Gustavo Petro y Enrique Peñalosa porque a pesar de estar en extremos diferentes, y a pesar de que este opinador de oficio estime y respete a Peñalosa, los une su obstinación, cuestión que camina en contra a la institucionalidad. Todos los desarrollos constitucionales en pro de satisfacer a la creciente población se reducen a cenizas en la ciudad en que gobierna la terquedad. Es hora de apuntarle a un gobierno solidario, un gobierno con alcance, a un gobierno desde lo local, pero principalmente, es momento de hacer de Bogotá una ciudad mejor para todos contando con todos, accionando los mecanismos de participación y manteniendo agudos los sentidos en favor de la ciudadanía. Alcalde Enrique Peñalosa, reconocer el valor de lo local no es hacer politiquería sino es hacer microgestión solidaria, sin duda alguna una materia pendiente para nuestros gobernantes.

 

Imagen obtenida de: www.banrepcultural.org

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