State of disunion

El discurso del Estado de la Unión (State of the Union) es el informe anual que el presidente de EE. UU. le rinde al Congreso sobre el estado del país. El 30 de enero del presente año, Donald Trump realizó el primero de estos discursos y, como es normal en él, dejó mucho de qué hablar. Aquí un análisis al respecto. 

Por: Juan José Echeverri. Estudiante de octavo semestre de Derecho. jj.echeverri11@uniandes.edu.co

El 30 de enero fue un día de capital importancia para el gobierno republicano de Donald Trump. Ese martes en la noche se reunieron en la Colina Capitolina (Capitol Hill) de Washington D.C. los más altos dignatarios del gobierno americano para escuchar el discurso más importante del primer año de gobierno del presidente, el Estado de la Unión. Las dos cámaras del Congreso, cuatro jueces de la Suprema Corte y todo el gabinete del presidente, salvo el Secretario de Agricultura Sonny Perdue (quien fungió como sobreviviente designado), asistieron a un evento que se remonta a la época del presidente Washington, quien en 1790 se dirigió a las dos cámaras del Congreso para relatar, precisamente, el estado en que se encontraba la Unión Americana.

Para esta verdadera prueba de fuego los especuladores estaban tan divididos como la política misma: unos sostenían que el discurso sería una plataforma para generar extrema división, mientras que otros pensaban que esta era la oportunidad perfecta para intentar la reconciliación de la política estadounidense afectada en extremo por el exacerbado partidismo y sectarismo de los distintos sectores del “país político”.

Pues bien, como cosa rara, ninguno de los reputados sabios tuvo razón. El resultado fue una hora del presidente hablando de sus logros, y una treintena de minutos realmente proponiendo algo. Podemos decir que las cosas se mantuvieron generalmente iguales, pues lo realmente ausente, a nuestro parecer, fue un esfuerzo real de generar algo de unidad, o una acción malintencionada de dividir. En su discurso al trazar proyectos legislativos y ejecutivos a futuro, Trump recibió contundentes y frecuentes aplausos de los republicanos, pero solo silencio de los demócratas, quienes conocen la verdadera naturaleza del presidente. Este silencio constituye la mayor crítica que se le puede hacer a alguien que ama ser el centro de atención y que ha construido su vida alrededor de ello.

Desde el año pasado cuando el presidente dio un discurso aparentemente unificador, tras el cual varios medios reputados lo llamaron “verdaderamente presidencial”, hemos caído en la cuenta de que el presidente en realidad se compone de dos facetas: una de discursos preparados y que obedece el teleprónter al pie de la letra, y el Trump verdadero que utiliza Twitter como principal plataforma de comunicación con el país y genera polémica diariamente. El Trump que vimos en este discurso fue sin duda el primero  —incluso usó una corbata azul—,  pues si bien en un punto lanzó un par de ganchos a los demócratas, en general mantuvo la compostura y no generó mayor polémica si tenemos en cuenta todo lo que ha pasado en este año.

Por esto es precisamente que vemos la capacidad de creador de espectáculo que tiene el presidente y sus asesores: los invitados que llevó, desde víctimas de MS13 hasta disidentes norcoreanos; el tributo al representante Steve Scalise, herido en un tiroteo el año pasado; su silencio sobre la “cacería de brujas” del FBI, etc., contribuyeron a expresar una imagen distinta del presidente, aunque esta se ve opacada por la simple realidad de las cosas. Por ejemplo, si bien recibió a un disidente norcoreano, no dio mayor importancia al inminente peligro de una guerra nuclear con Corea del Norte, peligro que se ha visto agravado por la actitud de “chico malo” del presidente.

Otro de los asuntos curiosos del discurso fue la notoria ausencia de Rusia y la investigación que a este respecto tiene lugar. El presidente sí mencionó al país, pero para equipararlo con China como un rival para la potencia norteamericana. Esto contribuyó sin duda a la “sobriedad” en el discurso, pero por esto ya se le crítica pues no hay un asunto político y potencialmente criminal que tenga mayor importancia en la nación. El sistema democrático norteamericano está verdaderamente asediado por ese país y mencionarlo solo de pasada como un “rival” no ayuda a calmar los ánimos.

Podemos decir, en resumen, que el discurso no fue la bomba que muchos esperaban, pero tampoco el tedio de otros discursos anteriores. Como Trump bien sabe hacer, la retahíla de logros fue una oportunidad para atacar a Obama y sus políticas, para deleite de la base republicana. Recordemos que el presidente recientemente firmó una orden para mantener abierta la prisión de Guantánamo. Esto en resumen no nos dice mayor cosa de lo que verdaderamente piensa el presidente, pero si nos dice que puede crecer: la compostura que mantuvo seguramente inquietará a los demócratas, cuya respuesta al Estado de la Unión no fue precisamente la mejor.

 

Imagen obtenida de: http://www.nytimes.com

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