Política responsable en el posconflicto

Es época electoral y volvemos a lo de siempre. Por estos días nos invade la fiebre de elecciones: vallas en cada esquina de la ciudad con la cara de respetables políticos de extensa trayectoria, publicidad en Facebook de aquellos modernos que invierten millones en inigualables producciones musicales y audiovisuales, amigos furibundos cuando les decimos que su adorado candidato hizo esto o aquello, en fin, penetra el aroma electoral en todos los espacios. Como estudiantes debemos estar alerta: el destino de nuestro alegre país está en juego, afortunadamente en excelentes manos.
Esta vez nos enfrentamos a varios fenómenos sui generis: tendremos elecciones sin las FARC flotando sobre Colombia con sus armas; la corrupción de repente llegó a Colombia hace un año con Odebrecht, y afortunadamente todos nuestros políticos lo notaron a tiempo; la posverdad y noticias falsas brillan en cada rincón; los candidatos por firmas, abanderados de la lucha en contra de la corrupción, brotan por doquier en este otoño democrático, entre muchas otras perlas de nuestra política nacional.
No hace falta escuchar en la radio a nuestros dirigentes políticos decir que “es normal” cierto grado de corrupción. ¡Claro que es normal! Se vale robar, pero poquito. Pero todos, sin falta, son defensores de la transparencia y hasta hacen consultas anti corrupción que poco o nada tienen que ver con el problema de fondo: la sanción social que se le hace a los corruptos.
Como si no fuera poco, con plena fe en el derecho penal como receta mágica para todo mal, nuestros representantes en el Congreso decidieron aumentar penas y crear nuevos delitos electorales. Entre otros, ahora podremos poner tras las rejas a todos los que superen los topes de gastos en la campaña, ¡ehureka! No pasará desapercibido ni un solo intento de fraude, constreñimiento o corrupción, ¡que viva! No debemos olvidar que la democracia y el populismo punitivo son, sin la menor duda, dos entidades inescindibles.
Esto lo saben muy bien quienes siguen llamándose “voceros del No”, como si  fuera la etiqueta de la verdad, desconociendo que ya el Acuerdo se encuentra en etapa de implementación, bajo el argumento de que “no puede haber paz sin impunidad”. Siguen pidiendo modificar el acuerdo para que los exguerrilleros tengan que ir a la cárcel y queden impedidos para hacer política, que, a todas estas, es la razón por la cual dejaron las armas y bajaron del monte. ¡Bajaron del monte! ¡Aquí cerquita nos entendemos mejor!
El contagio de esta sed de venganza ha demostrado que en Colombia se necesita sólo un paso para pasar del dicho al hecho. Esta delgada línea se cruzó hace ya unos días, pues en varias de sus apariciones en público han abucheado y hasta tirado piedras al excomandante de las FARC, Rodrigo Londoño. No es defensa de las personas en cuestión, es respeto por cada individuo como ser humano y por la democracia como pilar fundamental de nuestra sociedad.

Las discusiones tienen espacios, adelante, tómenlos, gánense todo debate, pero no más vías de hecho, no volvamos a lo de siempre. Estos hechos sólo demuestran la necesidad de hacer política responsable, especialmente en esta época de posconflicto. No sólo por la obligación que como país adquirimos con la FARC, al prometerles acogerlos en la democracia, sino también con nosotros mismos y nuestro futuro, por medio de la elección de líderes capaces, diligentes, con valores inamovibles y conductas intachables. Voten, siempre nos dicen lo mismo, pero una vez más y por amor a Colombia: voten.

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