Zuckerberg, ¡no te metas a mi Facebook!

Por: Javier Felipe Pachón Velasco. Estudiante de quinto semestre de Derecho y miembro del Consejo Editorial. jf.pachon@uniandes.edu.co y Juliana Rojas Bohórquez. Estudiante de séptimo semestre de Derecho y miembro del Consejo Editorial. j.rojasb@uniandes.edu.co.

Cambridge Analytica, una compañía privada especializada en el análisis de datos, se ha visto en el centro de una controversia de talla mundial. En efecto, hace apenas unos días salió a flote la existencia del desvío e indebida utilización de la información de más de 50 millones de usuarios de la red social Facebook, lo cual evidentemente ha generado todo un debate sobre la incierta privacidad de la que gozan los usuarios de la red en todo el mundo. Actualmente, se acusa a la consultora de obtener los datos de más de 50 millones de usuarios de Facebook y utilizarlos de manera fraudulenta para influir en la participación política de las últimas elecciones presidenciales de EE. UU., en las que se habría favorecido la campaña del actual presidente Donald Trump.

Los datos los obtuvieron gracias a un profesor de la Universidad de Cambridge, Aleksandr Kogan, quien desarrolló un “inocente” test de personalidad a través de la plataforma digital. Logró, sin despertar la menor sospecha, que más de 200,000 usuarios introdujeran sus datos personales de forma voluntaria. Presuntamente, fue allí cuando ocurrió la primera infracción a los datos de los cibernautas, pese a que, según políticas de privacidad de Facebook, los datos recopilados dentro de su plataforma solamente pueden ser usados dentro de la misma, nunca son vendidos o transferidos, ni total ni parcialmente. Ahora bien, se cree que la consultora influyó en la participación política a través de la “microfocalización” de anuncios, un mecanismo en el que se cruzan los datos obtenidos del test de personalidad y los perfiles de los usuarios que permite inferir la afiliación política de los sujetos y con ello, proceder a crear anuncios afines a sus intereses. No obstante, más allá de vulnerar la confidencialidad y privacidad, la empresa es acusada por crear las llamadas fake news, que buscaban desinformar a los usuarios e incidir en la victoria del actual presidente Trump.

En medio de un escándalo sin precedentes, Mark Zuckerberg, creador de la plataforma, fue citado a declarar el pasado 10 de abril en el Capitol Hill con el fin de esclarecer la situación. Su testimonio fue transmitido por medios de comunicación de todo el mundo. Allí, entre otras cosas, reconoció que las medidas de seguridad para la protección de los datos no fueron suficientes y pidió perdón por la penosa y preocupante presencia de la aplicación que estaba causando esta irrupción a la privacidad. En la declaración, que duró 5 horas, el joven empresario respondió infranqueable las preguntas de los senadores, y tras retirarse del capitolio, esa misma noche el valor de las acciones de Facebook ascendió en un 4,5%.  Un final esperanzador para la compañía, que recobró la confianza de muchos accionistas que ponían en duda la continuidad de Facebook, y recordó al mundo que la privacidad de sus usuarios yace en sus manos.

Resulta irónico, pero cada vez aparecen más series y películas que tienen como trama central la dominación de la era digital, aquella en la que los seres humanos son dominados por sus propias creaciones. Pues, al parecer, esto es más cercano a la realidad de lo que pudimos haber imaginado. La supuesta ciencia ficción que vemos en estas series ya es una realidad palpable, y no, no es un discurso conspirativo; la verdad es que existen compañías perfectamente estructuradas cuyos negocios gravitan en vender bases de datos a terceros que pocas veces logran ser identificados y sancionados. Esta situación no es ajena al contexto colombiano. Todos en algún momento hemos recibido anuncios, correos electrónicos e incluso llamadas de una o varias empresas a las que jamás les hemos concedido una autorización para el tratamiento de nuestra información. Y sí, existe una vasta cantidad de leyes que proscriben este tipo de conductas, sobre las cuales no pretendemos ahondar, pero es evidente que las dinámicas de tráfico de datos personales se actualizan constantemente y las sanciones tienden a caer en un patético desuso.

El mundo virtual no tiene fronteras. Hoy se desborda sin que el Derecho, en ninguna de sus diversas manifestaciones, pueda contenerlo. La privacidad se ha reducido a una idea que se disuelve progresivamente, entre otras, con la consolidación de las plataformas digitales.

Por otra parte, todo lo anterior podría llevar a preguntarnos si realmente nuestra vida como cibernautas amerita tanta privacidad. Dicho de otro modo, si hiciéramos parte de esos 50 millones de usuarios, lo cual —aunque parezca— no es descabellado, ¿encontrarían algo relevante en nuestros perfiles? Obviando las implicaciones éticas del asunto, probablemente la respuesta a primera vista sea que no. Las dinámicas de Facebook han mutado y se aprecia que los usuarios incluyen contenido poco comprometedor en sus perfiles, incluso ambicionan que sea conocido y difundido entre un gran número de personas. Sin embargo, nuestra preocupación no radica en el mero contenido de los datos subastados, sino en el abrumador impacto político que logra aquel tercero con un capital suficiente para adquirirlos y emprender, con base en ellos, una monumental campaña.

No es irracional, y vale la pena recordar que muchos medios de comunicación, y en general la opinión pública, afirman que el uso de esas bases de datos contribuyó a la victoria de muchas y trascendentales elecciones parlamentarias y presidenciales. La verdad es que pocos entienden la magnitud de la “microfocalización” de anuncios, la técnica utilizada por Cambridge Analytica, pero no sorprendería que dentro de nuestro newsfeed en un par de días nos topemos con una estampa de Álvaro Uribe disfrazado del Divino Niño, el meme de Fajardo hablando con las manos, a “Lord Petrosky” con sus zapatos Ferragamo cuidando al medio ambiente… en fin, el lector conoce mejor del asunto que nosotros.

De cualquier modo, más allá de pensar en si funcionó o no la técnica de esa consultora británica en la campaña Trump, la reflexión trasciende a entender que el poder de las redes sociales es invencible en un mundo globalizado como el nuestro. ¡Hoy por hoy se vive, literalmente, a través de estas plataformas! Negocios, vida social, campaña política, educación, todo es por medio de las redes sociales. El correo electrónico, la radio, los periódicos impresos, los volantes y la publicidad física están mandados a recoger, porque lo que realmente miramos y nunca soltamos es el celular, aquel dispositivo que nos permite leer las fake news que aparentemente originan entidades como Cambridge Analytica y cuyo contenido tiene un impacto político envidiable.

Para concluir, hay 50 millones de personas —si es que no son más los afectados— a quienes poco de privacidad les queda en Facebook y en sus múltiples aplicaciones, y no le mentiremos: una de ellas puede ser usted. ¿Nuestra sugerencia? El daño ya está hecho, las redes sociales son un fenómeno incontrolable y lo que nos queda es tomarnos con cierto sentido del humor el asunto. Por supuesto, esto no es un llamado a subir contenido del que posteriormente se pueda arrepentir, pero aproveche para reafirmar sus convicciones y expresarlas abiertamente en redes, no le coma cuento a cuanta basura inunda en la internet, y al momento de aportar sus datos en “inocentes” aplicaciones, hágalo sabiendo que esa información podría ser utilizada posteriormente por un “inocente” tercero, aproveche para tomarle del pelo un rato y no revele información ni superficial ni comprometedora. No les hagamos tan cómodo el negocio al pobre joven millonario Zuckerberg y a sus accionistas.

 

Imagen obtenida de: http://www.ndtv.com

 

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