El populismo como cuestión histórica

Este texto pretende desarrollar el concepto del populismo y enmarcarlo en el contexto electoral de nuestro país. Para esto toma como muestra el discurso antisistémico de Gustavo Petro como candidato a la Presidencia de Colombia.

Por: Alberto David Cruz Plested. Estudiante de tercer semestre de Derecho. ad.cruz@uniandes.edu.co.

En el contexto de las elecciones presidenciales que se avecinan en nuestro país surge el debate sobre el lugar y rol del populismo en la campaña que se viene desarrollando. La motivación del presente escrito radica en el temor de gruesos segmentos de la población por el aumento de propuestas de corte populista, blandidas por ciertos candidatos que buscan convertirse en el próximo Jefe de Estado y de Gobierno. En particular, se propone en este espacio un acercamiento al fenómeno populista desde una perspectiva histórica. Así, se plantea que el aumento en número e importancia de tales propuestas se han fundamento en hechos y procesos históricos que ha experimentado Colombia desde hace casi 60 años. Se propone iniciar la discusión con la relación entre las consignas de candidatos como Gustavo Petro, y el ansia de dar un giro de 180 grados a las instituciones del Estado.

El líder político oriundo de Córdoba se ha caracterizado por su férrea crítica a las formas de gobierno vigentes. Acusa a los dirigentes de haberse enquistado en el Estado colombiano y de promover prácticas propias de un régimen oligárquico, en el cual no hay voluntad de rendir cuentas a los representados, ni mucho menos una intención positiva de aceptar la posibilidad de la revocatoria del mandato debido a un eventual incumplimiento de sus funciones y labores. Pues bien, en el contexto del siglo XX colombiano, amparado en la Constitución de 1886, se impuso un modelo que establecía la irresponsabilidad de los representantes de la ciudadanía. En virtud del artículo segundo de esa Carta Fundamental se establece, palabras más, palabras menos, que tal representación de carácter político no es de ninguna manera un mandato. Por lo tanto, sería nugatoria la posibilidad de revocar el mandato. Sin perjuicio del ejercicio que tradicionalmente se repite en las altas esferas del Estado: se legitima el poder recibido a través de la pronunciación de la casi mítica expresión “pueblo”, pero para responder por el ejercicio de tal poder no hay siquiera un atisbo de volver a la misma base. Hasta el día de hoy, si bien en el papel se ha roto con esa concepción, es verdad que la práctica persiste; el caso de las revocatorias de los mandatos es un claro ejemplo.

La anterior base jurídica, combinada con el hecho político que a continuación se relata, da luces para comprender el asidero que Petro busca derrumbar. En palabras de William Ospina en su libro ¿Dónde está la franja amarilla?, el pacto del Frente Nacional fue el instrumento de los autores de la violencia para repartirse el poder por veinte años, quedando vetada cualquier opción de oposición, cerrando así el camino de acceso a la riqueza para las clases medias emprendedoras, y manteniendo a los pobres en condiciones de extremo desamparo. Pues bien, el plebiscito de 1957 que creó el Frente Nacional fue la fórmula acordada por las élites liberales y conservadoras de la época para garantizar el más completo dominio sobre el Estado y sus diferentes ramas por parte de la élite política. Así, se proscribiría toda forma de oposición política. Lo anterior es justamente lo que representa Petro hoy: el cambio, para bien o para mal, de las llamadas “oligarquías” por el gobierno de pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

En el caso de Petro, asegurar que estamos en una oligarquía en la que unas supuestas mafias tienen el control del Estado es útil a la hora de despertar en el electorado un sentimiento anti-establecimiento, que ciertamente es la carta más poderosa del exalcalde, en un contexto de gran desprestigio de los partidos políticos y de las instituciones existentes, para ganar votos”.

Teniendo en mente el citado contexto político-jurídico se revisará la cuestión inicial de este artículo: el rol y la posición del populismo en la contienda electoral que viene tomando lugar. Es preciso establecer que uno de los rasgos centrales del populismo, según el columnista mexicano Enrique Krauze, es la tendencia a fabricar la “verdad”. Ese líder se atribuye el papel de interpretar la voz del pueblo y entre sus aspiraciones tiene la de instaurar una verdad única y absoluta. ¿Qué importancia tiene ese ítem en este análisis? Básicamente es la búsqueda del dirigente populista de implantar a como dé lugar en el imaginario social la idea que más le conviene en términos de favorabilidad. En el caso de Petro, asegurar que estamos en una oligarquía en la que unas supuestas mafias tienen el control del Estado es útil a la hora de despertar en el electorado un sentimiento antiestablecimiento, que ciertamente es la carta más poderosa del exalcalde, en un contexto de gran desprestigio de los partidos políticos y de las instituciones existentes, para ganar votos. De esta manera, se identifica el rol de establecer supuestas verdades, las cuales son más construcciones que realidades, para convencer al electorado de apoyar cierta candidatura.

Por otra parte, otro rasgo específico del populismo, para el autor citado, es la propensión por alimentar el odio de clases. Consiste en la intemperancia de los líderes “populares” plasmada en el rechazo y calumnia hacia los sectores pudientes: son los ricos los culpables de los males de la sociedad. Se asegura que las inequidades existentes son culpa de la riqueza exorbitante de algunas personas o familias. En el caso concreto de este artículo, se denotan las declaraciones del candidato presidencial Petro que acusan a los latifundistas de no generar valor agregado sobre sus propiedades o de la idea de equiparar en ingresos a ricos y pobres, dándole a los últimos el chance de volverse ricos. No obstante, esto de cierta manera oculta un prejuicio: los ricos han hecho pobres a los que lo son, así que el Estado intervendrá para revertir situación y así traer paz y equidad a la sociedad. De nuevo, en la coyuntura actual se puede ubicar al populismo en un lugar ventajista, en el cual intenta sacar provecho de descontentos latentes e incluso subconscientes de algunos grupos de la sociedad, inconformes con el resultado del sistema económico vigente.

Casos como el venezolano en la época chavista dan fe de esta situación, Venezuela, una nación con las reservas probadas más grandes de petróleo veía en sus gobernantes a los representantes de los grandes y poderosos intereses económicos, y esto supuestamente se reflejaba en la pobreza y desigualdad de sus habitantes. Así, llegó un líder que prometió acabar con esa situación, estableciendo un controvertido socialismo en el que se le da a cada quien lo que se piensa le pertenece. No hace falta enunciar las terribles consecuencias de la política económica chavista. Como contraste, en Colombia el relativamente reciente auge del precio de las materias primas, principal renglón de exportación, sin perjuicio de las grandes riquezas inherentes al país, no conllevan a un aumento de los ingresos lo suficientemente aceptable, en clave petrista, de la población empobrecida, por lo que se decide aplicar a rajatabla, a lo menos, ciertas disposiciones legales para balancear las inequidades, con el resultado de una incertidumbre a todas luces no benéfica para la economía colombiana.

En conclusión, si bien existen problemas de fondo en nuestro país, las propuestas que enarbola Petro no son las más adecuadas porque recaen en el plano del populismo, por mucho que tengan una fundamentación política y jurídica. Por lo tanto, es imperativo buscar una forma realmente equilibrada que rompa con los paradigmas expuestos al inicio del texto, sin caer en los rasgos del populismo.

 

Imagen obtenida de: http://www.vanguardia.com

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