La voz estudiantil

Edición 49

Hacia 1918 en Argentina, estudiantes de la Universidad Nacional de Córdoba irrumpieron en el salón del Consejo Directivo de la Universidad para impedir que se consumara la elección del rector. Los efectos de esta manifestación estudiantil sobrepasaron los límites de la Universidad y produjeron cambios estructurales al sistema educativo argentino. Medio siglo después, en el panorama internacional nacía uno de los hitos del movimiento estudiantil universitario: el Movimiento Estudiantil Francés de Mayo de 1968, cuyo objetivo fue protestar contra las políticas esencialmente conservadoras del General Charles De Gaulle, reclamando más libertades individuales y menos desigualdad social. Tras ser apoyados por sindicatos obreros, esta movilización desembocó en la mayor huelga en suelo francés desde 1936.

Para nuestra historia contemporánea, los movimientos estudiantiles no han sido ajenos a la mayoría de sucesos políticos relevantes. Uno de los que más resalta es el movimiento de la Séptima Papeleta. Para ese entonces, estudiantes universitarios propusieron la inclusión de un séptimo voto no oficial en las elecciones de 1990 para convocar una Asamblea Nacional Constituyente. Aunque nunca hubo un conteo oficial de estos votos, el poder del movimiento fue evidente y en cuestión de meses se promulgó nuestra nueva Constitución Política, cuyos contenidos progresistas están enfocados hacia la garantía y protección de derechos fundamentales. Veinte años después, en el 2011, tuvo lugar el movimiento estudiantil en contra de la reforma a la Ley 30 de 1992. Su primer éxito fue la solicitud de retiro del trámite constitucional al Proyecto de Reforma a la Educación Superior por parte del Presidente Juan Manuel Santos. A pesar de que lograron establecer conductos de comunicación con el Gobierno Nacional, la reforma a la educación superior y el resultado de las políticas públicas alrededor de este tema aún son un un problema en el panorama social.

Unos años más tarde, en el marco coyuntural de los Acuerdos de La Habana, el 2 de octubre de 2016 el país se mostró en desacuerdo con su refrendación. Frente a esto, los estudiantes nuevamente alzaron su voz y se movilizaron demandando un país en paz. Fue fundamental el respaldo de la juventud colombiana al acuerdo con las FARC, que pasaba por sus días más oscuros desde la iniciación de los diálogos, puesto que organizaron congregaciones multitudinarias como la Marcha del silencio, la Marcha de las antorchas y los Campamentos de paz en la Plaza de Bolívar. Este movimiento alrededor de los acuerdos de paz mostró, de nuevo, el espíritu de apropiación de la juventud frente a momentos coyunturales del país. Se reencontró la voz de este sector de la sociedad que parecía estar dormida, ya sea por el desinterés político heredado de nuestras generaciones antecesoras, o por el simple hecho de creer que la política nos es ajena porque “no nos afecta directamente”.

Sin entrar en las discusiones políticas alrededor de las manifestaciones estudiantiles, es indudable la importancia de las mismas en la coyuntura nacional. Ahora seguimos inmersos en uno de los momentos políticos y sociales más importantes de nuestra historia reciente. Tras varios meses de relativa calma alrededor de los Acuerdos de La Habana y pasadas las elecciones legislativas, al cierre de esta edición la captura de Jesús Santrich y el secuestro de tres periodistas ecuatorianos por las disidencias de las FARC abarcan la mayoría de titulares de prensa. El futuro político del país es incierto y las próximas elecciones presidenciales serán la entrada para quien tomará las riendas de un país polarizado. Así las cosas, es contradictorio que no haya claridad frente a la organización o a las posturas de los movimientos estudiantiles atomizados en el vasto territorio nacional y que no haya iniciativas unificadas que representen a este sector que debería ser uno de los más interesados en lo que está pasando, y en buscar por sí mismos el país que anhelan.

Para esto, el primer paso que debemos asumir, como ciudadanos y estudiantes, es expresar nuestras voces en las urnas en las próximas elecciones presidenciales y a partir de ese momento, asumir el proyecto máximo de nuestra generación: el posconflicto. Si no somos los jóvenes y estudiantes quienes asumimos la responsabilidad de construir el tejido social para los retos que tendremos a futuro como país, nadie más va a hacerlo por nosotros. Debemos abandonar las fronteras imaginarias entre estudiantes, trascendiendo la barrera de lo público y lo privado, las disciplinas de estudio y las ideologías políticas. Tenemos que asumir como propio el gigante político que se nos avecina; nuestro futuro como país no puede ser dejado al azar y al olvido, condenándonos nuevamente a repetir nuestra historia. Debemos empoderarnos como uno de los conjuntos más importantes a nivel político y social, definir nuestra voz y sentar las bases del país que queremos heredar. Parafraseando a Jaime Garzón, si no somos nosotros quienes tomamos las riendas de nuestro país, nadie va a hacerlo por nosotros; si como generación dejamos, una vez más, que nos ganen la desidia, el desdén y la pereza frente a lo que pasa más allá de nuestra zona de confort, no habrá manera de que exijamos un país diferente.

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