Ética para dummies

En este artículo una estudiante miembro del Consejo Editorial plantea una reflexión a partir del cuestionamiento de pensamientos y actitudes que afectan el aprendizaje del Derecho y el ejercicio de la ética profesional

Por: María Juliana Rodríguez Urbano. Estudiante de décimo semestre de Derecho, séptimo semestre de Ciencia Política con opción en Periodismo y miembro del Consejo Editorial. mj.rodriguez10@uniandes.edu.co.

“¡Uy, ahorita tengo quiz y no leí! Ojalá Sofía haya leído (ella siempre lee) y con eso, me copio de lo que ella ponga.”

Este es un pensamiento que, debo confesar, me ha pasado por la cabeza en numerosas ocasiones y he estado muy cerca de llevar a cabo. Siempre estoy al borde de hacerlo, pero nunca puedo; me puede más la conciencia, pero sobre todo, el miedo a que me descubran. Y es un pensamiento nuevo para mí: en el colegio ni siquiera se me habría ocurrido pensarlo, y ahora siempre sopeso esa posibilidad. Cuando estaba en el colegio, fui la estudiante ejemplar: la que hace todas sus tareas, la que respeta las normas, la que sobresale académicamente y, por encima de todo, la que nunca se atrevería a copiar. “¡Julianita es muy juiciosa! Con ella nunca hay que sospechar porque ella es muy honesta”. Era algo de lo que siempre estuve orgullosa, porque en mi casa me enseñaron que decir la verdad es muy importante, y el simple hecho de pensar en ocultarla o evadirla era ya señal de malas intenciones.

Sin embargo, empecé a cambiar de parecer. De repente, acciones como hacer copia ya no me parecían tan graves. ¿Por qué? Porque, al llegar a la universidad, sentí la presión de mantenerme a la altura intelectual de los profesores que me dictaban clase y de mis compañeros más aventajados. En otras palabras, me sentí intimidada, un sentimiento que no me cayó para nada bien, pues el fracaso es mi mayor miedo. “¿Qué va a pasar si el profesor o la profesora ve que no leí, que no conozco el tema? ¿Qué van a pensar mis compañeros de mí, si todos aprueban menos yo?”.

Durante un buen tiempo, estas preguntas me rondaron por la cabeza y las sopesé en solitario, hasta que un día me decidí por salir de la duda y preguntarle a Sofía (mi amiga que siempre lee) qué pensaba ella al respecto. Su respuesta fue reveladora para mí: “¡Por supuesto que lo pienso, constantemente! ¿Tú crees que alcanzo a leer todo? Súper humana no soy”. Esa última parte fue la que más caló en mí, porque era exactamente lo que yo pensaba: ¿por qué será que los profesores creen que uno dispone de todo el tiempo del mundo para leer todos los textos que nos asignan? ¿Por qué será que algunos de ellos creen que su clase es la única a la que sus estudiantes asisten? Sofía y yo tuvimos una discusión muy interesante a partir de dichas preguntas y llegamos a la conclusión de que el método de enseñanza actual está diseñado para que los estudiantes asumamos la mayor cantidad de contenido posible, pero sin cuestionarnos si realmente hemos comprendido dicho contenido o si estamos de acuerdo con este.

La siguiente duda que nos surgió fue: ¿se sentirán nuestros compañeros de la misma manera? A través de conversaciones casuales antes de entrar a clase o almorzando, nos dimos cuenta de que la mayoría expresaban dichas preocupaciones y que sentían que siempre debían estar demostrando algo. Con Sofía estuvimos pensando que sería muy bueno que existiesen campañas que promoviesen el aprendizaje honesto y concienzudo y, por cosas de la vida, por esa época inició la campaña “Más allá del promedio”, la cual hemos procurado apoyar siempre.

Puede que, en perspectiva y para algunas personas, no sea una deformación ética tan grave, pero para mí sí lo es, en particular si nunca en tu vida habías pensado siquiera en hacer copia. Desafortunadamente, pienso constantemente que lo importante es obtener una buena nota, a veces sin importar el costo. Es un pensamiento que he tratado de dejar y que he logrado eliminar parcialmente, pero aún me queda mucho trabajo por hacer. De cierta forma, saber que hay muchos otros como yo que se sienten confundidos frente a estas cuestiones es reconfortante. No obstante, he llegado a la conclusión de que es más importante que lleguemos a un nivel de autoconocimiento que nos permita comprender por qué pensamos así y qué debemos hacer para cambiar esa circunstancia.

Creo firmemente que el surgimiento de este tipo de pensamientos puede llevar a una formación inadecuada y falta de ética de quienes, al graduarse, tendrán en sus manos la muy importante labor de velar por los derechos de los demás: los estudiantes de Derecho. De igual manera, creo que la Facultad, si bien ha mejorado mucho en este aspecto y se ha involucrado más en implementar una educación integral, aún tiene trabajo por hacer. El año pasado asistí a una conferencia que dieron en la Universidad: “¿Es ético cualquier argumento jurídico? Polémica por la defensa de la Arquidiócesis de Cali”. En la conferencia, la decana de la Facultad, Catalina Botero, mencionó que una de las metas principales de la Facultad es la formación de estudiantes íntegros, que se cuestionen si lo importante es defender a su cliente “cueste lo que cueste”, o entender que hay argumentos que simplemente no son válidos ética y moralmente. No obstante, tengo la percepción de que aún hay profesores que nos enseñan cómo decir la “mentira jurídica” o cómo encontrar el vacío legal para, como se dice coloquialmente, “salirse por la tangente”; hecho que me parece preocupante si de verdad la Facultad quiere mejorar en este aspecto.

Durante dicha conferencia, me sorprendió demasiado la respuesta que dio el abogado que representaba a la Arquidiócesis de Cali respecto de un caso de abuso sexual contra menores de edad, en la cual se dijo que había sido culpa de los padres porque “no mostraron ningún interés por sus hijos”. Lo primero que se me vino a la cabeza fue: “¿Qué clase de argumento es ese? ¿Cómo pudo haber dicho algo así?”. Luego, a medida que iba avanzando la conferencia y los ponentes exponían sus argumentos, (en particular lo dicho por Daniel Bonilla, profesor de la Facultad, sobre los conceptos de ética y moral en el Derecho), entendí que ese abogado fue, probablemente, un estudiante que empezó a tener los mismos pensamientos que todos tenemos durante nuestros estudios: “No es tan grave si me copio” o “Sólo esta vez y ya, no lo vuelvo hacer”. La única diferencia es que a él, probablemente, no le enseñaron la importancia de ser ético en esta profesión, de cuestionar si lo que se dice es lícito, sea o no legal. O si se lo dijeron, tal vez no le importó y se enfocó en las materias que de verdad “importan”, las que “de verdad voy a tener que aplicar cuando ejerza”, porque “ese profesor molesta mucho y necesito obtener una buena nota”. No obstante, lo que no le dijeron es que el promedio no lo es todo.

Qué bonito sería que todos, no sólo los miembros de la Facultad de Derecho, pudiésemos llegar a esta misma conclusión y le diéramos la importancia que se merece al concepto y el ejercicio de la ética profesional.

 

Imagen: http://www.sitiocero.net

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