De la inocencia y otros crímenes políticos

Sufragar en Colombia, un dilema que ha permeado lo transcurrido del 2018. La autora expone el agridulce panorama de la democracia en Colombia; el sabor a esperanza e incertidumbre al momento de votar.

Por: Sofía Ossa Zúñiga. Estudiante de tercer semestre de Derecho y Filosofía. s.ossaz@uniandes.edu.co. 

Un día antes de las elecciones del Congreso, en medio de una conversación con un taxista, no pude evitar preguntarle sobre su intención de voto.

— ¿Y por quién va a votar?

— Yo voy a la fija con Petro, ese es mi presidente

— ¿No ha considerado otro candidato, como Fajardo, De la Calle, Marta Lucía…?

— Fajardo es el paisa, ¿no? Esos paisas sí saben manejar la plata, si viera como son de juiciosos, toda la plata se invierte en la ciudad. Eso no se la roban. Si no es Petro, pues que sea Fajardo

— ¿Y no va a votar mañana para el Congreso?

— No creo.

No pude evitar sentir algo de desilusión. No sé qué esperaba de su respuesta, pero la que me dio me dejó inquieta. Me preguntaba, ¿así votan los colombianos? ¿Por estereotipos? Pero no puedo culparlo; en sus respuestas me vi reflejada, no por su elección, sino por su inocencia.

A la edad de 6 años mi familia tomó la decisión de mudarse a Villavicencio. En esa época la ciudad era aún un pueblo con más cicatrices de violencia que centros comerciales y panaderías. Cuando tenía tan solo 8 años recuerdo pensar en Uribe casi como un héroe. Era quien, en las palabras de mi padre, “nos deja ir a la finca, que eso antes era muy peligroso”. Perdí la cuenta de la cantidad de veces que llegué a escuchar esta frase durante el tiempo que estuve en aquella ciudad. En contra de todo pronóstico, a los 13 años ese pensamiento cambió y Uribe no era aquel profeta vestido de poncho y sombrero de acento paisa que venía a salvarnos del caos y pobreza en que nos había sumido la guerrilla. Consecuentemente, me disputaba entre quién o qué era peor: Uribe o la guerrilla; el Sí o el No; las FARC en la selva o en el Congreso. Aunque aún mantengo la misma posición de defender la paz a diestra y siniestra, mi error de ese entonces fue polarizar y defender una idea desde los 10 minutos de encender el televisor. Pero no solo era yo, mis compañeros llegaban a discutir a la clase de ciencias sociales con los argumentos de sus padres, uribistas de tradición: “Son terroristas, narcotraficantes, merecen cadena perpetua, cómo puedes estar a favor de unos asesinos”. Me gané más de un grito y mi maestro recibió más de 3 acusaciones de pertenecer a la guerrilla porque “de los Acuerdos de Paz solo se pueden decir cosas malas”. Asimismo, ocurrió con la destitución del exprocurador Alejandro Ordoñez. Recuerdo a alguien de la asociación de padres decir “ahora que nos han quitado a Ordóñez, quién le va a dar la lucha a Santos”. Incluso con la victoria del “No” en el plebiscito por la paz, mientras se celebraba la humillación de Santos y la victoria de un pueblo que no se vendía a delincuentes, me resigné a huir de las personas a quienes tanto les hice la guerra. Pero, ¿cómo iba a esperar aquel resultado?

Pasaron los años y la disputa dejó de ser una opción, pues “tonto es quien pelea con un terco”. Sin darme cuenta, los carteles en la ciudad con frases sacadas de “Imagine” de John Lennon dejaron de tener significado. Había perdido la fe en el discurso, porque más vale una resignación explícita y un pensamiento rebelde, que una reprimenda y una discusión interminable. Desconfiaba del voto popular, porque no se ganaba con ideas, sino con plata; de la democracia, ya que no hallaba en esta otra cosa que un espacio de guerra en el que se tira a matar;  finalmente de los líderes, porque los verdaderos se encontraban siendo perseguidos o asesinados.

Pese a que en medio del cinismo en el que cualquiera se sume al impactarse con la realidad, en el silencio de la resignación y en la inocencia arrebatada, no puedo evitar recobrar la esperanza más veces de las que la pierdo. Aún puedo encontrar personas “echadas pa’lante”, gente que vota con convicción, porque no creo que alguien que no vende su voto, vote obligado. Me juego la fe en la minoría que no se deja anular su voto por un meme, y no vota solo “porque lo dijo Uribe” sino por una convicción auténtica; y me trago el orgullo de haber callado aquellas veces en las que me gritaron, humillaron y me rebajaron a la mesa de los niños que no sabían nada de la paz, la guerra o política. Pero ahora, la promesa del diálogo para la transformación social me devuelve la inocencia, esta se tatúa con más certeza en mis más fieles creencias que el miedo de la incertidumbre del “¿y ahora qué?”.

 

Imagen: https://www.alamy.es

 

 

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