Opinión

¿Por qué no?

Por: Alberto Gómez Zuleta. Estudiante de noveno semestre de Derecho. a.gomez23@uniandes.edu.co

Sísifo es un personaje de la mitología griega que, por engañar a los dioses para evitar morir, es condenado por Zeus al duro castigo de estar la eternidad subiendo una pesada roca hasta la cima de una montaña y cuando llega al destino la piedra se rodará hacia abajo y Sísifo tendrá que volver a subirla solo para que vuelva a rodar. En el ensayo titulado El Mito de Sísifo, Albert Camus escribe sobre la felicidad de Sísifo y plantea que, finalmente, Sísifo no tendrá la decepción de nunca poder dejar la piedra en el punto más alto, sino que será feliz con solamente empujarla hacia arriba.

Más adelante volvemos a Sísifo, pero antes quiero comentar lo bueno que es discutir. Creo que una de las actividades que más hacemos y vemos son las discusiones. Cada vez que no estamos de acuerdo con la postura de alguien sobre algún tema, cuando cuestionamos una perspectiva o cuando intentamos convencer de algo a los demás, en radio, en televisión, en periódicos, en YouTube, estamos rodeados por la discusión. Creo que eso está muy bien, es parte de nuestra vida en comunidad y es una parte esencial, en ella se basan las democracias y la trasmisión de conocimiento. No en vano los textos socráticos son discusiones, y las instituciones de los países democráticos están principalmente organizadas por juntas donde la actividad principal es la discusión, por ejemplo, el Congreso, los Altos Tribunales, las juntas de ministros, o las juntas directivas. Es que es gracias a la discusión que podemos compartir ideas, razonamientos y, en suma, formas de ver la vida.

Discutir no solo es importante, sino que también es una de las actividades más fabulosas y apasionantes que hay. Es expandir la mente, es ver qué tanto sabemos de un tema, es tener motivos para investigar más, es competencia, es apasionarse por una postura y al poco rato cambiarla, es aprender, tener humildad, corchar y ser corchado, poner atención, plantear ideas difíciles (porque es muy distinto tener una idea clara en la cabeza a poderla expresar), es llegar a consensos, es negociar posturas, es quedarse pensando varios días en cosas que uno debió haber dicho, es ponerse bravo, arrepentirse de haberse puesto bravo, es un contraste fabuloso entre soberbia y humildad, en fin, es un viaje de emociones de todo tipo, ¿qué puedo agregar que no hayan ustedes vivido?

Por esto es por lo que creo que necesitamos más espacios de discusión. Me parece que necesitamos darnos la oportunidad, siempre que se presente y si no se presenta entonces crearla, de lanzarnos a decir lo que pensamos con la humildad de saber que siempre podemos aprender algo nuevo que cambie nuestra postura, y lanzarnos a algo muchísimo más difícil, oír al otro sin miedo a ser convencidos.

Necesitamos más espacios de discusión porque no deberíamos quedarnos pensando que el otro es un inconsciente, sin tener las ganas de decirle que puede estar equivocado y que se explique mejor. Necesitamos discutir más para perder el miedo de compartir nuestras ideas, hay que lanzarlas al centro del coliseo a que se batan con otras ideas para verificar qué tan verdaderas son, porque como dice Ben-Hur “a una idea solo la vence otra idea”.

Con ese cometido, les propongo que ustedes mismos se den la oportunidad de tener más espacios de discusión, con sus amigos claro, pero también con los que no son sus amigos, con gente diferente, que también tienen buenas intenciones y mucho que decir. Si discuten derecho que no sean todos civilistas, si discuten de religión que no sean todos ateos, si discuten de política que no sean todos del mismo partido, si discuten políticas públicas que no estudien todos derecho. De hecho, unos compañeros hemos creado un grupo de Whatsapp que se llama ¿Por qué no?, hay 25 integrantes con posiciones muy variadas y con ganas de discutir. Aunque es verdad que tiene los problemas que tiene cualquier grupo de Whatsapp (que se pierde la dinámica del cara a cara, que no todos participan, que da pena escribir o que a veces el tema no convoca tanto), son discusiones bastante entretenidas y, personalmente, aprendo mucho leyendo lo que escriben e investigando para poderles responder.

Discutir, sin embargo, puede ser frustrante, uno siempre cree que el otro es un terco que no quiere ver la realidad y la mayoría de las veces pensamos que mejor no discutir porque no vamos a convencer ni a ser convencidos. Acá volvemos al feliz Sísifo, igual que para Albert Camus el placer de Sísifo no es dejar la piedra arriba, sino empujarla, en una discusión el placer no debe ser corchar al otro o convencerlo (si esto pasa solamente será cuando haya un momento de reflexión personal posterior a la discusión), sino que el placer está en cómo subimos la piedra, es decir cómo discutimos, si aprendimos, si planteamos las ideas de forma clara, si entendimos otra perspectiva, si nos interesamos más por el tema.

Por estos motivos los invito a que se den la oportunidad de tener más espacios de discusión. A que sus ideas, que tienen tan claras cuando se están bañando, no se queden ahí, sino que se puedan compartir en una clase, o en wheels, en las escaleras de la Facultad de Derecho, o en un almuerzo, o en un grupo de Whatsapp (como ¿Por qué no?), con sus papás, con el portero, con la que vende dulces, el de la papelería, el profesor con doctorado, el que nunca va a clase y el que siempre está en primera fila. Es que a fin de cuentas todos tienen argumentos que decir; qué interesante es poder ser el que discute con ellos, sin soberbia, ni pena, ni miedo. ¿Por qué no hacerlo?

 

Imagen: https://www.elperromorao.com/2017/07/el-mito-de-sisifo-segun-albert-camus/

 

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