Las pastillas del compadre Sabas

La ilusión no se come dijo ella.

No se come, pero alimenta replicó el coronel. Es algo así como las pastillas milagrosas de mi compadre Sabas.

Por: María Alejandra Pérez Rodríguez. Estudiante de noveno semestre de Derecho, opción en Periodismo y miembro del Consejo Editorial. ma.perez11@uniandes.edu.co

Ha cambiado algo en el panorama cotidiano. El conductor del Uber que tomo camino a la Universidad habla con un acento distinto, me suena familiar pero tan distante a la vez. El enfermero que cuida de mi abuela habla con el mismo tono, y la señora que se me acerca a vender dulces en el Transmilenio, igual; son venezolanos.

Si bien no existe una cifra exacta sobre el número de dichos inmigrantes (lo que es en sí mismo un problema), la oficina de Migración Colombia ha estimado que serían unas 800.000 personas. De estas, aproximadamente el 65 % podrían permanecer en nuestro país con el “Permiso Especial de Permanencia”. El otro 35 %, es la denominada “población flotante”, término problemático que en últimas se refiere a aquellas personas cuyo último destino no es Colombia[1]. Si no le parecen alarmantes estas cifras, acá una comparación útil. Manizales tiene una población aproximada de 400.000 personas, es decir, la mitad de los inmigrantes venezolanos. La cifra de inmigrantes en Colombia es veintidós veces la capacidad del estadio El Campín en Bogotá y ocho veces la del Camp Nou.

Muchos de ellos llegan con su maleta al hombro y poco más, otros, que en su momento escaparon de la crisis de nuestro país en busca de mejores oportunidades, se reencuentran con sus familiares. Dudo que sea por gusto que vienen a nuestro país, y las razones se hacen palpables cuando analizamos las difíciles condiciones que enfrenta el país vecino. El FMI estima que la inflación ha llegado al 653 % acumulado año, esto es, al 54 % mensual. Para no caer en el error de encriptar la información relevante en cifras que luego normalizamos, pongámoslo en términos cotidianos. La hamburguesa más costosa de McDonald’s, en combo con papas fritas, hasta abril de este año costaba más de la mitad del salario mínimo en Venezuela[2]. Una comida rápida que ahora es un lujo que pocos pueden costear. A la fecha, varias tiendas de esta empresa, que era de las que más había resistido a la crisis, empezaron a cerrar.

Enfermeros, arquitectos, abogados, ingenieros llegan a Colombia porque en su país de origen simplemente no encuentran más opciones. Es una crisis que viene de antes, sin embargo, es un problema que persiste y que no se debería normalizar, pues se trata de familias divididas y separadas en contra de su voluntad, de una sociedad que ha cambiado sus dinámicas, de padres de familia luchando por sacar adelante a su familia en un nuevo territorio, que si bien cercano, no el propio. A pesar de haberse adoptado políticas públicas tendientes al mejoramiento de las condiciones de vida de aquellos que se refugian en nuestro país, aún falta mucho. La comunidad internacional también ha emprendido acciones y programas que buscan mejorar las condiciones de vida de estas personas, incluso, recientemente se creó un equipo de trabajo en la OEA especialmente dedicado a tratar la crisis migratoria venezolana en la región.

Según la ONU, aproximadamente 2,3 millones de venezolanos han abandonado ese país desde el 2014. Por si fuera poco, el trauma de tener que abandonar su país natal viene acompañado, por supuesto, de infinidad de obstáculos en los trámites administrativos que tienen que hacer para conseguir un pasaporte o renovarlo. Esto se vuelve especialmente grave en países como Perú, que ahora exigen portar el pasaporte venezolano para quienes pretenden entrar. Las malas decisiones de Nicolás Maduro no solo han llevado a profundas crisis políticas dentro y fuera del país, sino que han tenido repercusiones sociales y económicas en toda la región.

La mayoría huyen de la pobreza, de la hiperinflación, de la falta de servicios públicos adecuados, de la deficiente atención médica y de la falta de medicamentos esenciales. El problema, es que muchos de los territorios a los que llegan no están preparados para atender adecuadamente sus necesidades, pues los recursos son limitados, incluso para los nacionales que demandan igualmente atención prioritaria desde años atrás. Grandes retos para los gobiernos de los países destino.

Pese a todo esto, algo positivo se rescata y es la riqueza cultural y social que se obtiene con estos flujos poblacionales. Este es el mayor éxodo en los últimos cincuenta años en Latinoamérica, y debe dejar alguna enseñanza. Empezar a vernos como parte de una comunidad, donde la solidaridad y tolerancia funden las relaciones que se empiezan a tejer más estrechamente con los venezolanos, puede preparar a la sociedad colombiana para hacer realidad el postconflicto en nuestro propio país y la verdadera cultura de paz.

Las esperanzas que tienen los inmigrantes de tener una mejor calidad de vida, de reencontrarse con sus familiares o incluso de poder algún día volver a su país, los mantienen luchando a diario en medio de las dificultades. Lo cierto es que la región enfrenta una de las peores crisis de los últimos años y pone en tela de juicio la capacidad de las naciones hermanas para brindar respuestas concretas a las sistemáticas violaciones de derechos humanos.

Las ilusiones alimentan, pero no para toda la vida, pues se agotan poco a poco como las pastillas del compadre Sabas, y no todos tienen la paciencia del coronel imaginado por García Márquez.

Imagen: http://www.rtve.es/noticias/20170714/solicitudes-asilo-venezolanos-durante-primeros-seis-meses-se-multiplica/1581363.shtml

[1] Anif, abril 2 de 2018. Inmigración venezolana hacia Colombia y sus impactos socioeconómicos. http://www.anif.co/Biblioteca/politica-fiscal/inmigracion-venezolana-hacia-colombia-y-sus-impactos-socioeconomicos-no

[2] El combo Bistró en abril del 2018, costaba 759,000 bolívares. Para esta misma fecha, el salario mínimo integral antes del 30 de abril era un poco más de 1,300,000 bolivares.

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