Las letras de la ignorancia

¿Cuándo fue la última vez que usted acompañó a Maqroll el gaviero en sus aventuras, o que indagó en la conciencia criminal junto a un Holmes o un Dupin? Umberto Eco decía que el lector conquista la inmortalidad hacia el pasado, pues presenció la muerte de Abel a manos de Caín y acompañó a Dante y a Virgilio en el ascenso al paraíso. ¿Estaremos dejando de lado este tipo de inmortalidad por andar intoxicándonos con una avalancha de textos jurídicos?

Por: Carlos Morón Martínez. Estudiante de segundo semestre de Derecho. c.moron@uniandes.edu.co

Solemos concebir la lectura como una herramienta indispensable del aprendizaje, aprendemos a leer en la escuela, perfeccionando el saber a través de la universidad e incluso mucho más allá de eso. Hoy en día es difícil que un individuo se desenvuelva de manera adecuada en un ambiente común, como lo es un contexto universitario, sin leer. En la escuela de Derecho nos damos cuenta de que la lectura es una actividad diaria, que hace parte del aprendizaje y la expansión intelectual del estudiante. Pero, en la mayoría de los casos, la carga de lecturas aleja al individuo de la literatura extrajurídica.

Desde el primer día de clases nos dicen que es imprescindible que mantengamos un hábito de lectura a lo largo de la carrera, que la Universidad de Los Andes es un espacio donde la amplitud conceptual se alcanza a través de un intensivo y necesario nivel de lectura focalizado en la materia. Al decidir estudiar Derecho supe que sería necesaria la lectura para mi formación, pero temía, en principio, que leer se volviera, en mi vida, la única actividad de mis semanas. Virginia Woolf afirma en uno de sus escritos que “El erudito es un entusiasta sedentario, con- centrado, solitario, que busca en los libros (…) una determinada pizca de verdad” (p.13), entendiendo así que la verdadera esencia de la lectura se encuentra en el lector. El reflejo de un sinfín de lecturas a lo largo de la carrera nos deja al aire una pregunta, ¿cuándo fue la última vez que leí un libro por una razón diferente al deber?, a lo que dubitamos al respecto y entendemos bajo la premisa de la escritora mencionada que “no es solamente que leamos tantísimos libros, sino también que hayamos podido leer precisamente esos libros” (p.14). Llegando así al juicio de que el ejercicio de la lectura jurídica, no siempre considerado como deber, nos ha alejado del mundo litera- rio más amplio e incluso, muchas veces, de la actualidad.

Esto no se convierte en una crítica directa a la academia, sino al sentido que le damos a la lectura dentro de ella. Borges alguna vez afirmó que “de los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro” (p.13). Y cuánta razón llegaría a tener el argentino al momento de escribir estas palabras, porque el análisis de las palabras se convierte, para el lector, en el descubrimiento de una nueva pasión, en un arma en contra de la ignorancia. Woolf acertadamente coincide en que el lector es “de intensa curiosidad (…) para el cual la lectura tiene más propiedades de un ejercicio brioso al aire libre que las del estudio en un lugar resguardado” (p.13). Y es bajo estas premisas que el proceso de aprendizaje jurídico trasciende en el momento que entendemos que encasillarnos en ciertas lecturas nos hará especialistas en ciertas áreas, pero nunca nos convertirá en conocedores de la verdad absoluta, porque, mientras nos hacemos conocedores de un tema, nos convertimos en individuos ignorantes de otro.

Es de esta forma como trascienden los límites de la lectura, desde ser un mecanismo invaluable del aprendizaje, hasta convertirse en un hábito inherente al ser humano. Al saciar el hambre del conocimiento, la lectura va tomando rumbo en medio de las personas. Dejar que esto acabe o se vea detenido durante el estudio del Derecho es, sin dudas, un desperdicio de tiempo y de ganas de aprender. Siempre existirán en el mundo palabras por descubrir e historias por indagar, y es responsabilidad de cada uno de nosotros tener siempre claridad y conocimiento de la importancia y poder que tiene un libro.

Referencias bibliográficas

Woolf, V. (2005). Horas en una biblioteca. Barcelona: El Aleph Editores.

Borges, J. (1979). El libro. Buenos Aires: Emecé Editores.

Imagen: http://www.tweb.club/andre-martins-de-barros.html

 

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