Entre la solidaridad y la impotencia

La crisis migratoria venezolana ha abierto un sin número de pasiones y resentimientos en la población colombiana. Desde tratos inhumanos hasta una falta de políticas públicas para manejar la migración masiva, el pueblo venezolano no ha sido bienvenido con los brazos abiertos. Este es un llamado a repensar el trato que les hemos dado como ciudadanos y a cuestionar el paso a seguir para el Estado colombiano.

Por: Alberto David Cruz Plested, ad.cruz@uniandes.edu.co

Se hace fundamental la continuación de un examen objetivo y detallado de la situación del millón de migrantes venezolanos en nuestro país. De tal suerte que se comprendan las razones de su llegada al territorio colombiano para así formular un conjunto de políticas sociales y económicas que garanticen la observancia de los deberes humanitarios y jurídicos hacia los extranjeros que intentan empezar una nueva vida junto a nosotros.

Para empezar, es indispensable sentar la realidad más protuberante en cuanto al tema migratorio en el frente histórico: Colombia ha sido incapaz de recibir de forma uniforme y sostenida cualquier flujo migratorio. En efecto, es claro que como Estado, Colombia se ha debatido en diversas épocas de su vida republicana entre recibir, sin mucho éxito, población foránea y en también vetar, infortunadamente con eficacia, el ingreso de los mismos en lapsos cronológicos tan destacados como la II Guerra Mundial; personalidades que probablemente hubieran transformado para siempre nuestra Nación. Con esta idea en mente es que nosotros, individualmente considerados, debemos acercarnos al tratamiento del fenómeno que venimos registrando en los medios de comunicación. De lo contrario, podemos estar seguros de que habrá otro esfuerzo estatal y social mediocre para afrontar este cambio y, posteriormente, la no consecución de beneficios del reto que sin quererlo hoy afrontamos.

En este orden de ideas, la medida más urgente que debe entrar en la conciencia colectiva de la sociedad colombiana es que cualquier muestra de xenofobia o de indiferencia nos acerca al peñasco del fracaso. Si bien cierta parte de la sociedad venezolana llegó a ver con recelo la llegada de nuestros abuelos en la época de la Violencia, esto de ninguna manera justifica cualquier tratamiento nacionalista que vaya en contra de los derechos humanos de los venezolanos. A saber, una sociedad que pretende disminuir sus índices de violencia y de marginamiento está en la obligación moral de respetar la dignidad humana de las personas que se han visto forzadas a escapar de un régimen que, cada vez más, se acerca a ser uno de índole totalitario.

Así, es esencial determinar el conjunto de decisiones que deben guiar tanto a la ciudadanía como a los servidores públicos en miras a superar la coyuntura actual. Pues bien, se trata ante todo, en la esfera social, de tener un sentido mínimo de humanidad. Para nadie es un secreto que a Colombia no sólo han llegado personas en extrema condición de vulnerabilidad sino personas formadas y aptas para aplicar a un empleo digno. No hace falta mencionar las investigaciones periodísticas que dan fe de la insolidaridad propia de muchos compatriotas a la hora de otorgar un empleo a una persona por el mero hecho de ser de otro país. Ni qué decir de las trabajadoras sexuales que ven en riesgo su vida a diario por ejercer tal oficio. Es hora de fortalecer una máxima inquebrantable. Aquella que nos haga pensar dos veces antes de discriminar a un venezolano o de actuar pasivamente cuando presenciamos un acto de esta calaña. Se trata de medidas que no por simples dejan de tener una eficacia notable. Qué deseable sería constatar la costumbre social (no mercantil en este caso para tristeza de algunos privatistas) de un respeto continuo y reiterado para con los hermanos venezolanos.

Por otra parte, en la esfera gubernamental debe proseguir, con ahínco, la labor de recabar información veraz y suficiente para sentar las bases de las diversas políticas públicas que urgen para una adecuada atención e integración de los individuos que hacen vida en nuestras ciudades. Adicionalmente, es imperioso y necesario formular un plan que priorice la protección de las personas con mayor vulnerabilidad: bebés, niños, adolescentes y ancianos. Omitir este punto neurálgico debilita el alcance de cualquier estrategia que el Gobierno Nacional implemente para hacer frente a la crisis humanitaria, sin mencionar que viola instrumentos de Derecho Internacional que Colombia ha suscrito y ratificado.

Asimismo, y como lo sugiere el título de este escrito, debe superarse el tratamiento que históricamente le ha dado Colombia a la migración, especialmente la que llega con sendas necesidades sin satisfacer; entre la solidaridad y la impotencia. Aquella amparada en la buena voluntad de muchos colombianos que han hecho lo imposible para auxiliar a quien-quiera que lo requiera. No obstante, ésta — la impotencia — se encuentra determinada por la negligencia/ incompetencia de nuestro Estado para promover, mantener y fortalecer un movimiento migratorio hacia el país. Verbigracia, como cuando en el siglo XIX patrocinábamos la migración con el fin de blanquear la población para poder ser “civilizados” o también en el contexto del holocausto nazi en el que le pedíamos infinitos requisitos a los migrantes europeos para instalarse en Colombia. Es ahora o nunca, no podemos ver en los migrantes venezolanos una carga más sobre nuestros impuestos o en nuestra riqueza sino que hay que promover una revolución en este sentido para entender y aplicar la verdad que indica que cualquier país que se considere desarrollado (sin perjuicio de los seguidores de las teorías contemporáneas del desarrollo) tiene un gran componente de inmigración en su población. Por lo tanto, adoptar a los venezolanos, como los hermanos que Bolívar quería ver unidos bajo una bandera, es el corolario de esta idea. Se trata de integrar a quienes huyen de una violencia equiparable a la propia de un conflicto interno.

En definitiva, el esfuerzo que ya viene adelantando el Gobierno Nacional para identificar quienes han llegado y con qué fines debe continuar y consolidarse. De la calidad de la información que se obtenga de estos estudios dependerá en buena medida la creación de políticas económicas y sociales que consigan la esquiva meta nacional de recibir una migración en condiciones dignas, capaz de fortalecer el aparato productivo nacional. El Estado colombiano tiene compromisos internacionales en este sentido; si logra demostrar su cumplimiento obtendrá una mejor posición tanto internamente, con sus ciudadanos, como a nivel global: el país que tuvo el mérito de acoger uno de los movimientos migratorios más numerosos de los últimos decenios.


Referencias

Martínez, F. (2003). En busca del estado liberal. En F. Martínez, El nacionalismo
cosmopolita (pág. 396). Bogotá: Banco de la República.

Portafolio. (28 de Septiembre de 2018). Economía. Obtenido de https://www.portafolio.co/economia/migracion-venezolana-tendra-impacto-fiscal-de-0-5-del-pibde-colombia-521727

 

Imagen: https://www.semana.com/nacion/galeria/venezolanos-votaron-en-bogota-asi-fue-la-jornada/532848

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