El día que cambiaremos a Colombia

Todos quieren ver un país distinto, pero son pocos los que verdaderamente asumen su responsabilidad en las problemáticas que aquejan a su comunidad. Este artículo hace evidente el compromiso que cada uno debe asumir para materializar ese sueño que llamamos Colombia.

Por: Salim Cueter Paternina. Estudiante de Medicina de la Universidad de la Sabana. salimcupa@unisabana.edu.co

Son las seis de la tarde de un lunes como cualquier otro en la ciudad de Bogotá. Me encuentro en la estación SENA de Transmilenio, ubicada en la Autopista Sur con Avenida Primero de Mayo. Ingreso a la estación después de haber tomado un taxi desde el Hospital de Kennedy buscando dirigirme hacia mi casa después de un arduo día en el siempre congestionado Hospital. Ya estoy esperando la aventura, o más bien desventura, que es coger un bus rojo en la particular estación.

Es justo la hora más tormentosa para todos los que usamos el transporte público de la capital. Los múltiples trayectos que he hecho estos años desde los hospitales del sur, como el Hospital El Tunal o el ya mencionado Hospital de Kennedy, hacia el norte, en recorridos que suelen durar más de una hora, permiten observar y analizar las múltiples problemáticas culturales e idiosincráticas de nuestra gente. Creo que ahí es donde está la belleza escondida de Transmilenio: el poder ver las dinámicas y las problemáticas que hoy conforman al Distrito Capital como una representación de la población de todo un país. Al n y al cabo, en Transmilenio, las probabilidades de que la persona que vaya al lado de uno sea oriunda de otra región del país o de Venezuela, son considerablemente altas.

Al ingresar a la estación mediante el puente peatonal que se levanta sobre los cuatro carriles por el sentido de la vía, observo cómo gente de toda índole ingresa a la estación cruzando la vía corriendo, sin temor alguno a estar arriesgando su vida. Ingresan agitados, algunos sonrientes, y pagan su pasaje. Otros simplemente hacen lo mismo, pero ingresan por las puertas y hacen parte del famoso grupo de colados. Adicionalmente, existe un último grupo al que le da pereza atravesar el torniquete y subir el puente para salir de la estación, estos simplemente salen corriendo por la puerta aparentado haber robado a alguien sin necesariamente haberlo hecho.

La pregunta es la siguiente: si tenemos un puente peatonal que garantiza la seguridad del peatón y adicionalmente el flujo “tranquilo” de vehículos, ¿por qué hay un sinnúmero de usuarios del sistema que no lo toman? ¿Qué necesidad tienen de no cruzar el puente? Interrogantes similares se pueden realizar a muchísimas otras situaciones cotidianas a las que nos enfrentamos los colombianos. El sujeto que escupe en el andén, o peor, que tira la basura al piso teniendo la caneca a menos de diez metros de distancia, o el ciclista que a pesar de haber carriles especiales prefiere ir por los carriles de los vehículos motorizados, como en la Autopista Norte, solo por citar unos ejemplos.

He ahí cuando uno va más allá y se pregunta si hay algún déficit en los colegios con respecto a la cultura ciudadana. Y parece ser que sí, y lo más lógico sería pensar que evidentemente la hay. Siempre se dice que en los colegios porque lastimosamente el colombiano mayor que inevitablemente se rehúsa al cambio, pero que hace parte de los mencionados en el párrafo anterior, insistentemente comenta que a un viejo como él ya no hay nada que se le pueda hacer al respecto. Tal mención, cabe aclarar, es mentira, pues sencillamente caen en la trampa de pensar que ya están muy mayores para salir de su zona de confort y que no van a dejar de escupir en el andén o pegar el chicle bajo la mesa. O peor aún, subirse a un bus y rayar la silla.

Es una pena que todos los males de nuestro país se los achaquemos a los políticos sin darnos cuenta de que necesariamente esto no es así. Que sabemos cuando las cosas están mal hechas y no nos importa hacerlas bien. Que nosotros mismos estamos siendo corruptos. Que obramos sin que nos importe el otro.

Cuando culturalmente nos atrevamos a este cambio, a cambiar el switch, a considerar que cada uno de nosotros le aporta al país, con nuestro estudio, nuestro trabajo, siguiendo las normas cívicas, cruzando la calle por la cebra o por el puente, no ignorando el semáforo en rojo, pagando el pasaje del bus o depositando la basura en la caneca, ese día veremos un cambio. Ese día notaremos cómo el progreso del país no solo depende de los políticos, como muchos mencionan, sino también de cada uno de nosotros —independientemente de la edad que tengamos—. Ese será el día que cambiaremos a Colombia.

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