La igualdad de papel, una igualdad de mentiras

Por desgracia, los avances en materia de igualdad de género son pocos e insuficientes. En esta oportunidad la autora hace una intensa protesta en contra de toda la violencia de género que flagela a las mujeres en Colombia, al tiempo que hace un llamado a dirigir esfuerzos desde todos los ámbitos para frenar con este tipo de prácticas que vulneran sus libertades y derechos.

Por: Anónima.

Me mamé. Ya estoy harta de este tipo de cosas. Quiero poder caminar un día por la calle sin sentir que mi integridad física está en inminente peligro. Quiero poder salir un día normal al parque, irme a pie a vi- sitar mi librería favorita, a caminar entre las calles de la ciudad descubriendo acogedoras tiendas para tomar café con los amigos y quiero volver a mi casa sana y salva, igual que como salí; quizás un poco más aprendida, más cansada, más libre. Pero quiero dejar de preocuparme siempre por mi seguridad cuando ponga un pie fuera de mi casa. Quiero que no tenga que temer y buscar lugares seguros en caso de que tenga que salir corriendo por cualquier ataque. Quiero poder coger un bus sola sin tener que preocuparme si hay varias personas además de mí. Quiero poder salir a ver una película con mis amigas sin tener que preocuparme de que nadie nos siga ni nos diga nada.

Quiero poder salir de esta sola o con mis amigas sin tener que estar acompañada de algún hombre, sin sentir que es posible que sufra un ataque irreversible en la calle. Quiero poder dejarme el pelo suelto al salir a la calle, así lo tenga como lo tenga: enredado, alisado, mojado o recién salido de la peluquería y no tener que cuidarme de que un extraño en la calle me toque el pelo o me diga algo. Quiero poder salir con mi ropa favorita y que no me digan ‘piropos’ en la calle, ni que me toquen, ni que me pregunten mi dirección, ni que me sigan, ni nada. Quiero poder irme un día al restaurante que vende mi comida favorita pero que queda al otro lado de la ciudad, sin tener que estarle reportando cada tres cuadras a alguien si estoy bien. Quiero poder coger mi bicicleta, y como hace muchos años no lo hago, salir sola a disfrutar de la ciudad.

Y sobre todo, quiero poder ser una mujer libre e igual.

En este país llamado Colombia, que más bien debería llamarse Locombia, porque muchas cosas funcionan al revés, en pleno siglo XXI y año 2018, las mujeres y los hombres no son iguales. Las mujeres son inferiores. Muchos estarán en desacuerdo con esta rotunda afirmación, y especialmente los que conozcan nuestras leyes. ¿Pero usted sí leyó la Constitución? ¿Pero usted sí sabe que hay un Código Penal que tiene delitos especiales contra agresiones a mujeres? Sí. Me he leído nuestra Constitución muchas veces, y uno de sus pilares fundamenta- les consiste en la igualdad entre personas, prohibiendo la discriminación por las creencias religiosas, la orientación sexual, por ser rico o pobre, por ser hombre o mujer. Y sí, también me he leído el Código Penal y especialmente la Ley Rosa Elvira Cely, que tipificó el feminicidio como un delito independiente e incluyó varios agravantes como agresiones sexuales; y también la Ley Natalia Ponce de León, que incluyó el ataque con ácido como un delito independiente y excluyó de beneficios penales a los agresores con ácido. Y aun así, estoy convencida de que las mujeres son inferiores a los hombres, e inclusive, que las mujeres disfrutan de unas libertades extremada- mente reducidas hoy en día.

Quiero, quiero, quiero. Pero ningún ‘puedo’.

Me sostengo en mi posición, debido a que el deber de igualdad y no discriminación consagrado en nuestra Constitución muchas veces en la vida diaria se queda sólo como eso: como un deber ser. En la vida común y corriente, en un día normal en el que la gente pasea por la calle y en donde no hay un juez fallando una acción de tutela, la Constitución es un papel mojado. Muchos de los ciudadanos de Locombia no saben para qué sirve ni qué dice la Constitución. Lo mismo ocurre con nuestra política criminal, pues aunque reconozco y aplaudo la tipificación de los delitos contra las mujeres, el endurecimiento de las penas no significa que los agresores dejen de violentar a las mujeres. De hecho, una de las grandes controversias al momento de endurecer las penas para cualquier delito, es que es muy posible que incentive a los agresores a cometer otros delitos que tengan una menor condena, pero que están relacionados. Entonces, aunque nuestra legislación está avanzando de a pasos mínimos, que hay que reconocer y apoyar, hay que saber algo importantísimo: el derecho no cambia la realidad por arte de magia.

En últimas, si lo que real- mente queremos es lograr la igualdad mediante la ‘protección material, real y efectiva’ a las mujeres, es necesario diseñar políticas públicas para la prevención y atención adecuada de delitos y agresiones. Claro, hay que entender que las políticas públicas no se reducen simplemente a la expedición de una ley o la agravación de sanciones penales ya existentes, sino que es un conjunto de actos estatales para lograr un n específico. Es decir, hay que tener en cuenta decretos presidenciales y locales, enfoques educativos, directrices y circulares de entidades públicas, programas de atención y acompañamiento sicológico y de emergencias a las víctimas, estudios sobre la situación actual de las agresiones contra mujeres en Colombia y recomendaciones, etc. El Estado tiene la obligación de garantizar la seguridad y la igualdad, y tiene variadas herramientas para lograrlo.

Y es que no solo es un problema del Estado: el cambio comienza por nosotros mismos.

Cuando una amiga le diga que tiene miedo de pasar por un sitio o que alguien la está acosando, préstele atención y acompáñela, ayúdela. En la Universidad hay diversas instancias: existe un protocolo contra el acoso y la discriminación, el Ombudsperson que se encarga de hablar con las partes para resolver conflictos, acuda a profesores o a los secretarios de las Facultades, o inclusive en la Decanatura de Estudiantes tienen apoyo sicológico y mecanismos de protección. También hay iniciativas estudiantiles como PACA —Pares de Acompañamiento Contra el Acoso— y el colectivo No Es Normal que se encarga de visibilizar las situaciones normalizadas de acoso. PACA y No Es Normal tienen páginas de Facebook en las cuales atienden constantemente a las personas que lo requieren.

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