Cuando la formalidad raya con la ‘carreta’

Por: Gabriela Arévalo Campo. Estudiante de cuarto semestre de Derecho. gl.arevalo@ uniandes.edu.co.

En este artículo la autora analiza el uso del lenguaje jurídico, que, a su juicio, aunque se caracteriza por su formalismo, “muchas veces termina rayando en ‘carreta’ lo cual impide una adecuada comprensión del lector” y termina “desmotivando y confundiendo”.

Los abogados son distinguidos por un ‘uso formal del lenguaje’, por saber escribir y hablar propiamente, o en este mismo sentido por saber ‘echar carreta’. El hecho de que gran parte de las personas no entiendan las sentencias, los textos jurídicos y las leyes deja mucho que desear de los abogados. Tal vez este lenguaje extremadamente formal termina rayando en carreta, que impide una adecuada comprensión del lector. Y no es que los abogados tengan una comprensión mayor o que todos los demás sean brutos y por eso no los entienden. A veces, hasta nosotros mismos no entendemos lo que quieren decir las Altas Cortes, respetados doctrinantes o las mismas leyes, que están dirigidas a toda la ciudadanía.

Una cosa es la formalidad, como el adecuado uso del lenguaje jurídico, la citación de las fuentes, los márgenes, el tamaño de la letra, escribir con lenguaje académico y demás. Muy diferente es literalmente echar carreta, usar palabras bonitas solo con la intención de decorar el texto o usar palabas más sofisticadas para parecer más intelectual.

Pero cabe aclarar que no me refiero a las palabras técnicas, que son completamente necesarias en el campo jurídico, porque una cosa es posesión y otra la propiedad. Así, al escribir, la intención es transmitir una idea y que la mayor cantidad de personas logren entenderla, pero al comenzar a sobreutilizar palabras como “máxime”, “coligar”, “ingénito” o expresiones que pueden estar bien como ‘per se’ o ‘a priori’, lo único que se logra es confundir, distraer del tema principal y obscurecer el texto. El problema no es poner estas palabras, el problema es que a lo largo de todo el texto se utilizan únicamente como decoración y ahí es cuando pierde sentido y se complica.

Muchas veces esa habilidad para echar carreta y confundir es impulsada por los profesores cuando bajan puntos por “lenguaje coloquial”, al pedir que “hablen como abogados” e incluso al corregirse cuando utilizan palabras que “no les gustan”.

A veces, parecería que importa más la forma que el fondo, y también que se cree que el uso de un lenguaje extremadamente formal parece ser sinónimo de un buen dominio del tema, cuando claramente no es el caso. No porque alguien utilice términos más simples y concretos implica que no tiene un buen dominio del tema, esto solo quiere decir que pretende ser lo más claro posible para que un público más amplio logre entender, claramente sin cruzar la línea de escribir como se habla, porque muchas veces esto es impreciso.

En muchos textos sociológicos ya se ha hablado de la falta de claridad de la ley, que no es exclusivamente hecha por abogados, pero evidentemente hay por lo menos uno o dos inmiscuidos en su formulación. Reiteradamente se crítica esta falta de claridad de la ley, los vacíos que hay y los problemas de interpretación de la misma, pues estos problemas dificultan su debida aplicación.

De igual manera ocurre con los fallos que profieren las Altas Cortes, en los que hay una falta de claridad, de organización de las sentencias, donde evidentemente no se intenta escribir para que los ciudadanos entiendan sino para que, más bien, se desmotiven al leerlas y a acatar sin rechistar lo que estas profieran (a menos de que tengan a sus abogados).

Con los textos jurídicos muchas veces ocurre lo mismo, autores que dedican 10 hojas a la historia del derecho romano que poca importancia va a tener para el tema, en los que emplean términos traídos del latín y palabras anticuadas que a duras penas algunos saben su significado. Esto lo único que hace es desmotivar y confundir al lector, que en la mayoría de los casos es un estudiante que intenta entender el tema y que no lo logra a cabalidad, pues el estilo del texto impidió que quedara claro lo que realmente importaba.

La problemática del lenguaje extremadamente formal se puede evidenciar en el Proyecto de Ley Estatutaria N. 063 de 2018, que modificaría la Ley 1712 de 2014 (Ley de Transparencia y del Derecho de Acceso a la Información Pública Nacional), puesto que anteriormente esta solo contemplaba el ámbito de comprensión de la información dirigida a personas con cierto grado de discapacidad.

Lo que se busca implementar ahora es que las entidades públicas empleen un lenguaje sencillo con el propósito de que todos los ciudadanos puedan entenderlo sin necesidad de intermediarios, que generan sobrecostos y cargas tanto a las personas como a las entidades públicas.

En el mismo Proyecto de Ley se hace la salvedad de que no por el hecho del uso del lenguaje claro quiera decirse que este sea simplista, básico o inculto, sino que tiene que ver con la forma en que se comunica para efectos de eficiencia y claridad.

Entonces, este problema no es algo meramente personal o del que me quejo sin razón, pues ya muchos representantes se han dado cuenta de la problemática que genera la sobreutilización de tecnicismos y formalismos innecesarios en los textos jurídicos.

“Es que, por el simple hecho de escribir con palabras traídas de la época barroca no se es mejor abogado, no se escribe mejor, ni quedan mejores que los textos que utilizan palabras más claras y simples”

Así que, ¿por qué no comenzar desde la academia? Pues bien, dentro de la misma Universidad de Los Andes se promueve la iniciativa de la Red de Lenguaje Claro en Colombia liderada por Besty Perafán Liévano en alianza con el DNP, la Cámara de Representantes, el Instituto Caro y Cuervo y la Universidad EAFIT, con el propósito de que se generen documentos que sean fáciles de entender por el ciudadano.

Además, otra iniciativa para intentar solucionar la falta de claridad fue presentada por Diego López en su libro Manual de escritura jurídica, en donde se propone una serie de técnicas, reglas y buenas prácticas para lograr el éxito comunicativo de los abogados. En su opinión, “escribimos tan largo y tan mal que nuestros lectores pasan los ojos diagonalmente sobre nuestros textos. Se genera una paradoja: se escribe mucho y los lectores leen poco lo que les enviamos. Parte del derecho al acceso a la justicia es el derecho fundamental a entender lo que se nos dice”.

Es que, por el simple hecho de escribir con palabras traídas de la época barroca no se es mejor abogado, no se escribe mejor, ni quedan mejores que los textos que utilizan palabras más claras y simples. Entonces, ¿para qué complicarse tanto? ¿Será que esto les llena el ego, les alimenta ese sentido de superioridad que sienten con respecto a los demás profesionales?, ¿O será que al confundir sienten que están ganando? Yo no tengo ni la menor idea, pero me gustaría invitar a todos los abogados a ser más claros, a dejar de ‘echar carreta’ y de confundir, porque en un futuro puede que estén haciendo las leyes, interpretándolas, solucionando casos o escribiendo para la academia. En cualquiera de los anteriores casos, es importante sobreponer la claridad del texto sobre sus adornos.

Referencias

Imagen: ABC de Sevilla

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