Un vallenato

Por: Pablo Mejía Jiménez. Estudiante de quinto semestre de Derecho, opción en Estudios Clásicos y miembro del Consejo Editorial. p.mejia@uniandes.edu.co.

1. Este artículo no es sino una pobre versión, abreviada y manipulada, de la magnífica crónica de Ernesto McCausland “¡Te cayó la gota fría!”. A quien le interese le recomiendo, sin duda, acudir a aquel texto, que es de lejos la fuente principal de este texto.

“Y cuando me oyó tocar, le cayó la gota fría”. En este artículo un miembro del Consejo Editorial nos lleva de la mano de Emiliano Zuleta cuando, a finales de los años 30, un encuentro con Lorenzo Morales (“Moralito”) lo condujo a escribir un vallenato que, aún hoy, nos hace cantar al son de las escenas de la vida cotidiana de nuestro país.

Escuché un día que Homero, el mítico escritor de la Ilíada y de la Odisea, había nacido en nueve ciudades. Ante mi incredulidad decidí confírmarlo. Así era: en por lo menos nueve ciudades de Grecia y Turquía existen placas inscritas con una fórmula similar a “Aquí nació Homero, el más sabio entre los mortales”. Ayer escuché lo mismo del vallenato. Cinco de los siete departamentos del litoral caribe colombiano reclaman su paternidad y, en palabras de Alonso Sánchez Baute, “lo más probable es que los cinco tengan razón”. Y es que es un género mítico: no debemos olvidar que Francisco el Hombre venció a Satanás en un duelo de acordeón mientras recitaba el Credo al revés y que un jueves santo Rosario Arciniegas se convirtió en sirena en el río Guatapurí y allí sigue, cantándole coplas a los trasnochadores pendencieros. Pero, de las historias que me han contado, recuerdo mejor la de la Gota Fría, a decir, veraz en su totalidad. La composición es original de Emiliano Zuleta Baquero. Sin embargo, es mejor conocida por la interpretación que hizo Carlos Vives para sus Clásicos de la Provincia. La historia va así —quienes la conozcan mejor me perdonarán cualquier imprecisión—.

Hacia finales de los años 30, Emiliano Zuleta ya dominaba, aún con precaria edad, el acordeón. Era el hijo mayor de la “Vieja Sara”, una matriarca del municipio de El Plan, en la Guajira, a quien Escalona inmortalizó en una canción y que era conocida en la región por su casa siempre presta a la parranda. Emiliano practicaba con el instrumento de su tío Pacho Salas, que ya estaba destruido por el uso y el abuso. Así, los jóvenes del pueblo se reunieron y entre todos recogieron once pesos para que el joven acordeonero pudiera comprar uno nuevo en Valledupar. Agradecido, tomó el dinero y se marchó en un viaje a pie de seis horas por la trocha que conducía a la capital de provincia.

Cuando pasaba por Guacoche, escuchó a lo lejos una esta y se acercó para apreciar la música. Tocaba Lorenzo Morales, acompañado de su conjunto. Morales, apodado “Moralito”, era para el final de la década del 30 un músico de cierto renombre en la costa Caribe. Era oriundo de allí, de Guacoche. Zuleta, inspirado por el jolgorio, se acercó al anfitrión de la esta y le comentó: “Yo también sé tocar”. El anfitrión, asombrado por el comentario audaz de aquel desconocido, le dijo a Lorenzo que se lo prestara. No había daño en eso, pensó. Pero Emiliano los deslumbró con un son y unos versos improvisados e inmediatamente se le acercaron para ofrecerle un trago.

Aquí hago un paréntesis para quienes no estén familiariza- dos con las reglas informales de una borrachera. Se estilaba en esa época que cuando se estaba de esta, y si en esa esta había un conjunto de músicos, el primer trago era para el acordeonero, el segundo para el cajero y el tercero para el guacharaquero. En ese orden exacto. No importaba si en la esta estaba el mismísimo alcalde o el más rico del pueblo. Los tragos se servían en ese orden.

Morales se disgustó, pues el era el dueño del acordeón y quien estaba animando ese jolgorio. Le quitó el instrumento a Zuleta y lo botó. Entonces, el segundo, en voz alta y desafiante, le respondió: “Voy para Valledupar a comprar un acordeón nuevo —y aquí hizo énfasis— Cuando lo tenga te voy a invitar para que toquemos”. El cuento dio para que fuera transportado, de boca en boca, por toda la provincia y aquí y allá hubo quienes tomaron partido por uno u otro de los implicados.

Cinco semanas después Emilianito, como le decían quienes le guardaban algún cariño, cantó un merengue en una reunión, destinado indiscutiblemente a Lorenzo:

Los que han visto a Lorenzo tocando

me dicen que es verdad que ejecuta,

pero si se lleva a Emiliano,

el diablo tenga la culpa.

Por ese entonces, las noticias eran llevadas, de pueblo en pueblo, por viajeros despreocupados que desembolsaban pequeñas intrigas en cualquier cantina. De allí, los clientes regulares las llevaban a sus casas y las señoras y los niños se encargaban de que todos los demás supieran de ellas. Cuando Morales escuchó lo que había cantado Zuleta le respondió con un son:

Llegan los rumores de Morales a Emilianito

si estás en la Sierra despierta si estás dormido,

toma las respuestas que le llevan los que van

se pone nervioso y no quiere versear conmigo.

A medida que crecía la rivalidad, la gente se deleitaba con la posibilidad de que ambos se unieran para arreglar sus diferencias en un pique. Un pique es un duelo de improvi- sación. Dos verseadores, aunque en ocasiones también son solo dos acordeoneros, compiten por ver quién sale con las mejores líneas. Por eso, cada vez que alguno de los dos músicos pasaba por algún lugar, se prendían velas para que coincidiera con el otro y fuera esa la población en la que el enfrentamiento se acabara de una vez por todas. Días después, Lorenzo Morales repuntó y acusó a Emiliano de una aberración:

Emiliano se fue pa’la sierra

porque allá en la sierra hay que economizar los gastos

pero me han dicho que allá Mile lo que come

para alimentarse es chucho, marimonda y maco.

Zuleta replicó con lo mismo;

Ay Moralito, Moralito anda diciendo

que Emiliano come toda clase de animales

pero a mí me han dicho que él dizque come matúa,

come puerco poncho, pez ratón y caimanes.

Los tiros fueron subiendo de tono. Zuleta lo insultó por negro, Morales le respondió diciéndole “blanco, desteñido y palúdico”. Pero ninguno paró ahí y Lorenzo termino por mentarle la madre. Entonces sucedió.

El 29 de junio de 1942, seis años después de la primera vez que se encontraron, los dos coincidieron en Urumita, municipio de la Guajira. Emiliano tocaba su acordeón en una esta cuando Morales irrumpió por la puerta y seguido de su séquito le dijo que había llegado la hora de la verdad. El primero le dijo que no. Llevaba un día de borrachera y estaba muy cansado para aceptar el desafío. Pidió que le dejaran dormir y su gente procedió a acostarlo en preparación para el día siguiente. El encuentro sería a las ocho de la noche de ese día en la mitad de la plaza de San Pablo.

Todo el pueblo y algunas otras poblaciones de los alrededores se había congregado a esa hora para presenciar la cita. La gente se acumulaba por las calles y hasta algunos decidieron montarse a los árboles. Tomaban aguardiente a la espera del duelo. Dieron las ocho y no llegaba Morales. veinte minutos después apareció y pidió que aplazaran pues tenía dolor de estómago. Zuleta le concedió el tiempo y siguió de esta. Se verían a las cinco de la mañana y Moralito descansaría en un habitación, arreglada para él, en la plaza de mercado.

Nuevamente dieron las 5 y Lorenzo no aparecía. Entonces Emiliano se llevó a su gente hasta la plaza de mercado para despertar a su contendor. Tocó la puerta y nadie contestó. Forzó la cerradura de un golpe y se encontró con que Lorenzo Morales se había escapado del pueblo. Zuleta festejó: al otro le había ganado el miedo.

A los pocos días Morales, conservando su orgullo, le cantó a Emiliano desde su pueblo, Guacoche:

Oyeme Emiliano dime qué te pasa

qué te pasa ahora,

porque echas mentiras

pa’que te las cojan.

Con la respuesta de Emiliano Zuleta a esa última diatriba nació la Gota Fría. La compuso recordando el sudor frío que le cae al que siente miedo. Le recordó lo que sucedió en Urumita:

Acordate Moralito de aquel día

que estuviste en Urumita

y no quisiste hacer parranda

te fuiste de mañanita

sería de la misma rabia.

Le recordó su origen su origén chocoano usando el término despectivo que se usaba para los bananeros del Magdalena medio:

Qué cultura, qué cultura va a tener

un negro yumeca como Lorenzo Morales,

qué cultura va a tener,

si nació en los cardonales.

Y cerró diciendo:

Moralito Moralito se creía

que él a mí que él a mi me iba a ganar

y cuando me oyó tocar

le cayó la gota fría.

Allí acabó la pelea. Aunque Lorenzo le contestaría en la canción La Carta, esta —que nunca fue tan popular— no le impidió reconocer su derrota. Un mes después, Morales acudió a una esta en la que tocaba Zuleta y en frente de to- dos le dijo “He venido a hacer las paces”. Quienes los vieron allí contaron que después de un abrazo ambos estuvieron tres días de parranda.

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