Política

La tiranía del “pupitrazo”

Por: Daniel Matteo González Rodríguez. Estudiante de segundo semestre de Derecho y Gobierno y Asuntos Públicos. dm.gonzalezr@uniandes.edu.co y Daniel Felipe Enríquez Cubides. Estudiante de segundo semestre de Derecho, con opción en Gestión Pública, opción en Estudios sobre Desarrollo y miembro del Consejo Editorial. df.enriquez@uniandes.edu.co

El proceso legislativo es la máxima expresión del contrato social en una democracia. A través del mismo, los representantes del pueblo se encargan de plasmar la voluntad de la sociedad y de llevar a cabo un proceso de constante auto reforma ampliamente legitimada. Lo anterior suena muy bien para los libros de filosofía política, pero si queremos entender la realidad particular de un país como Colombia —y de cualquier país en general—, tenemos que abandonar esta idealista y poco aplicable concepción del proceso legislativo. Realmente, nuestro legislador nunca se ha interesado, al menos de manera directa, por ser el representante de los colombianos. Por el contrario, ha sometido su agenda a tramitar las necesidades del Gobierno de turno. Así, ha disfrazado el clientelismo a través de “acuerdos burocráticos” y, al día de hoy, lo ha introducido —oculto en los múltiples proyectos que buscan su aprobación express— en el ordenamiento jurídico. En este contexto, queremos poner en consideración del lector la noción del “pupitrazo” en el Congreso colombiano, para hacer notoria su irresponsabilidad e incapacidad para permanecer dentro de los lineamientos establecidos en la Constitución y en la Ley.

Para mayor entendimiento del lector, consideramos pertinente la definición de “pupitrazo”, hecha por La Silla Vacía, la cual es: “ritmo golpeado que suena en [la] plenaria cuando una decisión está tan cantada que no se somete a votación. Al son del pupitre las leyes [se aprueban]”.  El Gobierno nacional, afanado por tramitar sus reformas en el menor tiempo posible, y aprovechando la distracción de los colombianos en medio de sus celebraciones navideñas, presiona al Congreso para que les dé prioridad a proyectos como la reforma política, la Ley de Financiamiento y la “Ley TIC”. Para lograrlo, las proposiciones de muchos congresistas de diversos partidos se han vuelto simples constancias y las mociones de la mesa directiva se han decidido a “pupitrazo”.

Así, arbitrariamente se rechazaron proposiciones de adición importantes a la Ley de Financiamiento, como crear impuestos para las botellas plásticas. Por otro lado, se han adicionado diversidad de exenciones; “sin mayor debate técnico conceden casi 9 billones de pesos, en beneficios tributarios, a las grandes empresas”, según se dijo en un comunicado de más de 40 expertos, decanos y profesores de las universidades, y centros de estudios más importantes del país. El observatorio fiscal de la Universidad Javeriana expresó con preocupación que estas reformas no hayan tenido ninguna discusión en el Congreso.

Como seres sociales y políticos por naturaleza, los humanos hemos desarrollado complejas estructuras interpersonales de poder. Sin embargo, a pesar de poseer un sistema de respuesta a las necesidades de nuestros semejantes, poseemos biológicamente un sentimiento “egoísta” que nos impulsa a la supervivencia, al aseguramiento de la permanencia de nuestro genes. Probablemente, lo anterior sea una explicación muy descuidada del terreno propicio para que suceda la tragedia de los comunes. No obstante, en el supuesto máximo órgano diverso de representación, se presenta un juego frío y calculador de ajedrez político que, irónicamente, carece de jugadores y de reglas.

Cada congresista, sin generalizar, busca su propio bienestar, se atornilla como puede a su silla giratoria y vota los proyectos dejándose llevar por el sensacionalismo del momento. Lo anterior es una caricatura muy contundente presentada por medios de comunicación amarillistas y poco fiables, pero que, en parte, contiene una realidad a sombras y luces navideñas. Diciembre es un mes de compras, fiestas y de agitación, y en el Capitolio las cosas no distan demasiado: la necesidad de cerrar el año conforme a los deseos del Gobierno nacional genera un ambiente poco propicio para el diálogo democrático y para el control político por parte de la ciudadanía. Esta catástrofe es evidente cuando el Presidente del Senado decide someter a aprobación la figura de “suficiente ilustración” (figura creada para que la plenaria pueda levantar la discusión de los proyectos, después de mínimo tres horas de discusión, para someterlos directamente a votación) sin haberse cumplido los requisitos legales para ello. Pese a que esto carga las futuras leyes de profundos vicios formales y materiales de inconstitucionalidad —lo que viola los procedimientos necesarios para que exista, realmente, el Estado Social de Derecho—, aún más grave es que, mientras los colombianos están cantando sus villancicos, en la plenaria se aprueben impuestos y exenciones como si fueran reconocimientos al mérito o declaratorias de sesión permanente.

El “debate”, la votación y la aprobación del 95% de la Ley de Financiamiento en tan sólo 10 horas supone toda una carrera a contrarreloj. 124 artículos, idealmente, deberían ser dialogados y ponderados en un debate real y abierto. Sin embargo, en los dos últimos meses, el único dialogo que se permitió fue el de los medios (en su mayoría sesgado y con intereses particulares). En Colombia, desde hace 24 años han sido tramitadas más de 13 reformas tributarias que buscaban, en suma, el equilibrio de las finanzas públicas. Sus cambios, aumentos, disminuciones, creación y eliminación de impuestos siempre han generado reacciones desde distintos sectores. Algunas veces, dichas reacciones están fundadas en argumentos; otras, son simples opiniones y, en muchos casos, solo tergiversan la información. No obstante, la naturaleza de estas discusiones, falaces o bien argumentadas, nunca llegaron ni si quiera a ser escuchadas en el recinto de los productores de la ley.

Lo anterior, se hizo impidiendo el uso de la palabra de muchos congresistas, pasada la media noche, tras sólo una hora de discusión. Claramente, es un vicio de forma y una gran irresponsabilidad por parte del legislador.  Si tan poco tiempo tienen para sacar los proyectos —y ya que son tan descarados para esconder la constitucionalización del clientelismo en la reforma política—, deberían realizar una reforma para añadir al reglamento del Congreso el “pupitrazo”, para decirle de frente al país que sólo les interesa cumplir con su deber a medias y guardar las apariencias fuera del recinto. Lo que si no podemos permitir, y eso tenemos que dejarlo claro, es que en el calor de las próximas elecciones regionales se traten de cambiar las reglas del juego sobre la marcha, como sucede con la segunda vuelta para Bogotá. Ni tampoco podemos permitir que en un apartado de la Ley TIC, que es necesaria y urgente para lograr la tan atrasada modernización de las tecnologías de la comunicación en Colombia, se le den facultades al Gobierno de turno para controlar a los medios de comunicación públicos. Esto legitimaría los indicios de censura que se han empezado a hacer notorios en las últimas semanas.

Y es que, ¿cómo se espera que un país se conforme en un verdadero Estado cuando el poder público no es capaz de cumplir con las normas básicas de la democracia? Sabemos que todos han de estar muy concentrados en las fiestas de fin de año, cosa a la que todos tenemos derecho. Sin embargo, no podemos desentendernos del gran atropello que está sucediendo. Los medios masivos de comunicación, en su afán por mostrar el auténtico caos, se han vuelto cómplices en la confusión generalizada y en la irresponsabilidad con el manejo de la información.

El proceso legislativo ha perdido su esencia conceptual y se ha convertido, poco a poco, en una mera figura discursiva. En Colombia, al igual que muchos países, el Estado se jacta de tener una “democracia estable”. Sin embargo, continuamente nuestra estructura política se va manchado por la injerencia de procesos burocráticos y poco legítimos, como el “pupitrazo”. En el afán de la contrarreloj legislativa, Colombia ha sentado un nuevo hito a nivel global. Y no es una de las tantas victorias que nos ha brindado el deporte (en política los grandes logros no suelen ser tan positivos). La Cámara Alta ha tramitado leyes enteras, que afectan directamente a millones de personas, sin desarrollar un proceso de debate suficiente, pertinente, limpio y transparente. Lo anterior, va más allá de apagar micrófonos o de imponer una sobrecarga laboral con la extensión de los horarios, para lograr expediciones al mejor estilo del Fast Track. Si bien estos hechos son irrespetuosos per se, lo más preocupante es que evidencian una falla estructural en la acción comunicativa e imponen excesivos límites para la deliberación pública. Esto imposibilita la transmisión, democratización y simetría de la información. Dichas condiciones constituyen el pilar básico para constituir una democracia real y, además, forman parte de los derechos constitucionales fundamentales de todos los colombianos.

El presente artículo es un llamado a los amantes de la democracia y de la libertad para que no callen las virtudes del debate, para que no vendan sus posiciones —sean cuales sean—, y para que no se permita la censura en ningún sentido y hacia ningún punto de vista. Si este país quiere mantener algo de la poca dignidad que le queda, y a menos que el Gobierno nacional quiera ser totalmente ilegítimo, se deben retirar los proyectos de ley este año y presentarse el siguiente. Y siempre, sin ninguna excepción, seguir las siguientes premisas: permitir la deliberación, no cambiar las reglas del juego sobre la marcha y usar los cargos públicos para trabajar por el país y no por las presiones burocráticas. Lo anterior ya se logró con la Ley TIC debido a que se priorizó la Ley de Financiamiento (reforma tributaria con un nombre más ingenioso). Estas deben discutirse con calma antes de que causen un perjuicio irremediable a nuestro intento de democracia, más allá de los daños que ya son irreparables. Finalmente, queremos transmitir un mensaje para los congresistas: sus curules no están diseñadas para dormir, ni para hacer bullicio, y mucho menos para ser golpeadas en la tiranía del “pupitrazo”. Las curules están diseñadas para debatir.

Imagen: http://caracol.com.co/radio/2014/12/14/nacional/1418585640_550942.html

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