DESARMARTE

Una jirafa

Al abandonar la habitación me pareció ver que sus hombros bajaban y subían al impulso de un llanto secreto y desolado. Diarios del coronel Miecislaw Napierski.

Por: Tomás Uprimny Áñez. Estudiante de Derecho. t.uprimny@uniandes.edu.co

Bostezó, y se desperezó. En medio del sopor de la levantada, y con las piernas todavía entumecidas, resolvió dar una vuelta. Bordeó la acera pedregosa hasta llegar a la Catedral, siguió unos cuantos metros más y se sentó en la acera. La víspera había caído un torrencial aguacero, y el agua, esquiva y rebelde, se había deslizado por los muros de los edificios formando infinitos charcos. Se vio reflejado en uno de ellos y se dio cuenta de que llevaba varios días sin afeitarse, pero que la barba le había crecido apenas unos milímetros. “Quizás sea por el frío”, pensó, y no le dio más importancia. Su reflejo era el de un hombre que no era ni muy joven ni muy viejo, pero que era más viejo que joven. Había luchado toda su vida la libertad y nunca se había tomado la libertad para mirarse a sí mismo. Sentado, con los brazos cruzados, dejó caer una lágrima. De niño había llorado mucho, pero la vida no se lo había vuelto a permitir.

En el charco creyó ver a sus amigos. Tanta agua había corrido debajo del puente de la amistad que las caras se confundían entre ellas. Empezó a lloviznar; su reflejo ya no era diáfano. La neblina, musa suprema de la lluvia, impedía el paso de los rayos del sol. De modo que ahora el reflejo no era el de un rostro, ni siquiera el contorno de una cara alcanzaba a divisarse; su reflejo no era más que una mancha amorfa.

En un arrebato de sensatez le propinó una patada al charco, como si con ella pudiera borrar su pasado; pero su pasado no era lo que lo atormentaba, sino acordarse de él. La memoria, se dijo, la memoria es un sinónimo del horror, pues este no sobrevive sin aquella. Levantó su cabeza y miró hacia los cerros. Se incorporó, caminó hasta el centro de su plaza y se sacudió el polvo del pantalón. Estaba amaneciendo y El Libertador sintió, no sin cierto alivio, la mierda de paloma sobre sus hombros de metal.

Imagen: Plaza Mayor de Bogotá, 1846. Acuarela de Edward Mark. Biblioteca Luis Ángel Arango, Banco de la República. Foto de Ernesto Monsalve.

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