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Ética e identidad

Tras un incidente ético que marcó profundamente al autor y al tras luz de diferentes fuentes, tanto filosóficas como literarias, este artículo se dispone a reflexionar no solo acerca del actuar subjetivo de quien lo escribe, sino del peso ineludible que tiene la ética sobre nuestra propia identidad para quizá responder una de las preguntas mas antiguas del pensamiento humano: ¿quién soy yo?

Por: Sergio Eduardo Hernández Ramos. Estudiante de octavo semestre de Derecho y Economía y opción en Literatura. se.hernandez@uniandes.edu.co

Una de las preguntas filosóficas «clásicas» es: “¿quién soy yo?”. La identidad propia resulta elusiva y esquiva; es muy fácil responder a la pregunta “¿quién es él?”, pero cuando el ejercicio se vuelve autorreflexivo las cosas cambian. A raíz de una experiencia reciente —un dilema ético, por decir lo menos—, me pregunté quién era yo. Después de una serie de expiaciones personales, llegué a la conclusión —general, algo vaga y abstracta— de que la ética y la identidad personal están íntimamente ligadas. En estas breves líneas no me propongo hacer una lucubración ética inane. Tampoco me propongo hacer una revisión de literatura extensa y exhaustiva —no obstante, me apoyaré en algunas fuentes que surgieron a lo largo de mi reflexión—. El propósito real de este texto es plasmar en palabras algunas de mis meditaciones, y de esta manera, hacer una especie de catarsis del total de mi experiencia.

1. El problema de la identidad personal y algunas de sus soluciones

Plutarco cuenta la historia del barco de Teseo: luego de que el héroe griego utilizara su mítica nave, en pos de agradecimiento y admiración, los atenienses decidieron conservarla en un museo. A lo largo de los años, algunas partes del barco de madera se pudrieron, por lo que fueron individualmente reemplazadas. Al momento de hacer el cambio, el barco seguía siendo el mismo. Después de muchos años, todas las partes del barco original habían sido reemplazadas. La pregunta es, entonces, ¿cuál de los dos barcos —el original o el que actualmente se exhibe en el museo— es “el barco de Teseo”?(1)

Podemos aplicar esta misma paradoja, por analogía, a una persona. Diversas soluciones se han propuesto para resolverla. Así, por ejemplo, una corriente ha afirmado que la “identidad personal” recae en la identidad del cuerpo, mientras otros, como Locke, han sostenido que la identidad personal se encuentra en la memoria o en la conciencia. No obstante, quiero enfocarme en la teoría de Joseph Butler.

Para Butler, los objetos físicos —como las casas, barcos, etc.— persisten únicamente en un sentido lato. Estas cosas son realmente ficciones —entia per alio, cosas que derivan sus propiedades de otras cosas— (Chisholm, 2004, p. 97). Por ejemplo, yo creo que la cama en la que dormí hace una semana es la misma cama en la que dormí anoche porque a «ambas camas» les asigno una misma propiedad: las dos camas son en realidad (a mis ojos) mi cama. Por otra parte, los humanos persisten en un sentido estricto (Chisholm, 2004, p. 97). Las personas serían, por oposición, entia per se, y por lo tanto poseen propiedades intrínsecas. Sin embargo: ¿cuáles son estas propiedades intrínsecas de las personas? Y ¿Puede la ética una de ellas?(2)

Después de Butler vino Hume, quien resolvió la dicotomía entre cuerpo y conciencia. Según el filósofo, “nunca somos íntimamente conscientes de nada salvo de una percepción particular; el hombre es un manojo o colección de distintas percepciones que se suceden una a la otra con una rapidez inconcebible y están en perpetuo flujo y movimiento” (Hume, 2015, traducción propia). Para Hume, entonces, somos realmente un manojo de percepciones, y nuestra identidad no es unitaria sino plural: varios elementos reunidos en una misma bolsa.

2. Mi caso: ¿quién soy yo?

Para una materia debíamos realizar un juicio simulado. En el juicio tenía el rol de parte demandada. Era necesario llevar peritos (que no eran peritos reales, sino amigos nuestros que actuaban de peritos). Ese día llegué tarde y me senté en la última fila. En los asientos frente a mí estaban los jueces del caso y el computador se encontraba abierto. En él, tenían una pregunta técnica(3) que, nuestro perito al no ser psicólogo, no iba a poder contestar. El hecho que no pudiese contestar la pregunta no afectaba la nota, solamente la «fluidez» del ejercicio. Leí la pregunta, le tomé una foto y se la envié a mi grupo por WhatsApp. Alguien me vio y se lo hizo saber al profesor. El resto es historia.

Creo que, pasadas las fases del duelo, mi principal sensación fue de descon- cierto. Siempre —o casi siempre, por lo menos— me he considerado una buena persona y me he preciado de tener un buen juicio. Por esos días había ocurrido el escándalo en el que se vio envuelto el Fiscal General de la Nación, Néstor Humberto Martínez Neira. Me sentí de lo peor. Me sentí como él. ¿Realmente soy esta perso- na? ¿Quién soy yo? Al mirar atrás, me costaba comprender que quien había hecho eso era yo. En retrospectiva, mi conducta era poco ética y esa desho- nestidad ahora saltaba a la vista, era palmaria. Pero en ese momento no fue así. ¿Por qué?

Hace poco le conté a una de mis guías de la Universidad sobre el episodio. Es una persona que valoro mucho y en cuyo criterio confío. Al contarle la historia, me señaló un afiche de la Facultad que conmemoraba los 20 años del fallecimiento de Eduardo Álvarez-Correa. Me dijo: “nos urge darnos cuenta”. Me dijo que uno de los problemas que podría diagnosticar en los estudiantes es que no nos damos cuenta de las cosas. Y agregó, en el tono confortante de siempre, que a todos nos pasaba de vez en cuando. Ese día leí el discurso completo de Álvarez Correa. Este fragmento me llamó particularmente la atención:

El darse cuenta de lo obser vado puede considerarse la esencia de la capacidad de aprender. Darse cuenta de las cosas no es ni conocimiento ni sabiduría. Al reflexionar sobre los momentos en que comprendimos algo que hasta entonces nos era elusivo nos dimos cuenta que el entendimiento surgió repentinamente, sin un proceso lógico consciente; literalmente “caímos” en cuenta. Para aprender es necesario darse cuenta, y para darse cuenta es preciso que la mente dirija su atención y escuche en silencio, sin comparar lo observado con su saber acumulado (Álvarez Correa, 1991).

Creo que la mejor lección que pude obtener de este incidente fue que hay que darse cuenta de las cosas. Muchas veces realizamos conductas irreflexivas (4) de manera impulsiva, por inercia. Intentaré darme cuenta de las cosas, no después de ocurridas, sino antes de hacerlas

En el colegio leí El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Recuerdo bien que una de las cosas que más me impactó cuando leí el libro es que Jekyll creó a Hyde para poder dar rienda suelta a una parte suya que no quería hacer pública. Realmente, Jekyll creó a Hyde para poder separar a su parte «buena» y su parte «mala», y de esta forma liberar a la parte buena de la parte mala. El único que realmente conocía a Mr. Hyde era Jekyll. Creo que no hay una persona impoluta. Todos, sin excepción, tenemos un Hyde en nuestro interior. De alguna manera sabemos que está ahí, pero no todos somos conscientes de él. Algo que me deja esta experiencia, a futuro, es que me ha concientizado más de una parte de mí mismo que, a pesar de que sabía que estaba ahí, no era consciente de ella. Pienso que conocerse a uno mismo no debe partir de conocer al Jekyll y reprimir al Hyde; creo, por el contrario, que quien mejor se conoce a sí mismo es aquel que puede sentar- se y examinar a su Hyde, entenderlo, entender sus motivos y sus fines, y apaciguar su actuar. Este episodio me ha llevado a querer conocerme más y mejor(5).

3. Conclusiones

Luego de lo sucedido leí algunos libros. Entre ellos, Fausto, de Goethe. Fausto era un buen hombre, de hecho, era el favorito de Dios. Mefistófeles y Dios hacen una apuesta: el primero le asegura al segundo que puede hacer que Fausto desvíe su camino. Así, Fausto le vende su alma al diablo apartándose del buen camino. Sin embargo, aún después de haber errado, Dios permite que Fausto vaya al cielo. Los ángeles, al salvarlo, dicen lo siguiente: “Siempre a aquel que con denuedo/lucha y se afana en la vida,/salvación brindar podemos” (Goethe, p. 432). Como lo mencioné, el episodio que viví es un aprendizaje. Solo está en mis manos trabajar con denuedo y tenacidad para poder obtener una salvación, no del Cielo al que fue Fausto, sino de mi consciencia que determina quién soy yo.

Referencias

Álvarez-Correa, E. (1991). El darse cuenta. Discurso pronunciado en la ceremonia de graduación de la Universidad de los Andes. Disponible en: http://blogs.portafolio. co/juridica/wp-content/uploads/sites/45/2017/09/ Eduardo-Alvarez-Correa-El-Darse-Cuenta.pdf

Chisholm, R. (2004). Person and Object: A Metaphysical Study. Vol. 5. Psychology Press: New York. Goethe, J. W. (1980). Fausto. Círculo de Lectores: Barcelona.

Hume, D. (2015). Treatise on Human Nature. Dover Philosophical Classics: New York.

Fuente de la imagen: https://www.agenciasinc.es/Multimedia/Ilustraciones/Hoy-comienza-el-Congreso-Internacional-sobre-Identidad-de-Genero-y-Derechos-
Humanos

1. Esta es una paradoja clásica en la literatura filosófica. Para ver una adaptación «contemporánea» ver p. 89 y ss. de Chisholm, R. (2004). Person and Object: A Metaphysical Study. Vol. 5.

2. Yo creo que sí.

3. La pregunta era: “Aclare qué es un trastorno adaptativo, qué es un trastorno de personalidad y desarrollo y qué es un trastorno del estado de ánimo”.

4. Parte de lo que me motivó a escribir esto fue poder «subsanar» de alguna manera la irref lexividad del momento.  5. Todavía no sé quién soy. Sin embargo, creo que sí tengo una buena idea de quién quiero ser.

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