Opinión

Amazonas, el avance de la civilización y el medio ambiente habitable: reflexiones sobre el fuego

Por: Daniel Caycedo. Estudiante de sexto semestre de Derecho con Opción en estudios culturales. d.caycedo@uniandes.edu.co.

Todos y todas nos hemos visto enfrentados en redes sociales por las múltiples publicaciones sobre el incendio en el Amazonas. Más allá de las imágenes del fuego y de las cenizas, más allá las fotos de animales sufriendo por perder su hábitat —situación en la que quizá nos veremos prontamente—, la pregunta que nos ataca es: ¿cómo esto fue posible?, ¿cómo se incendió el Amazonas, y cómo es posible que en 16 días nadie haya hecho nada? Buscamos algunos culpables. Ya los medios han afirmado que la principal causa es la deforestación: la quema intencional de árboles para producir nuevos espacios para la ganadería y la agricultura[1]. Ya Bolsonaro prometió luchar contra la deforestación, y todos comenzamos a prometernos que vamos a reducir nuestras emisiones de carbono. Donamos dinero, publicamos imágenes para impulsar a todos tener conciencia sobre el ambiente. Sin embargo, no es la primera vez que esto pasa, y lamentablemente no va a ser la última hasta que cambiemos la manera en la que enfrentamos el problema del ambiente. Se nos queman los pulmones del mundo, y todos nos alarmamos, pero nadie siente el ardor.

El asunto es que la selva, al igual que lo ilegal, está más allá de nuestro control. Podemos emprender acciones agresivas contra aquellos que talan, pero ellos conocen más la selva que nosotros. Se pueden esconder, porque ellos, como las especies de animales que recientemente descubrimos en el Amazonas, son los que habitan ese espacio y pueden esconderse a la vista del ser humano en él. Lo conocen más que nadie. El Amazonas es su casa, pero la destruyen constantemente para ver la madera y la tierra convertirse en billetes. Y esa es la condición humana: ver nuestro entorno como dinero. Estamos atrapados en cosas que llamamos bienes. Todo lo material tiene un precio: el piso en que me paro, la comida que como, el teclado con el que escribo, el dispositivo en el que tu lees estas palabras. El aire, el agua, la tierra, la carne, las plantas. Todo tiene un precio porque todo lo consumimos. Eso es lo que está al fondo de todo esto: creemos que tenemos un planeta con recursos que están ahí para nosotros, a nuestra disposición.

La idea viene desde la Biblia, en la cual Dios creo todas las cosas para el ser humano: “de todo árbol podrás comer”, “todo lo que se mueve y tiene vida os será alimento”, “[Dios] hace brotar la hierba para el ganado, y las plantas para el servicio del hombre”[2]. Nada nos será vedado: no somos hijos de la creación, sino del creador. Y de esa misma idea nace la ciencia, que nos permitió construir las cosas que hoy que hoy producen las emisiones de carbono. Ciencia que parte del supuesto base que Descartes formuló según el cual el ser humano, en su condición de hijo de Dios, podía acceder a la verdad del mundo con su simple observación[3]. Fundamos la civilización —por demás occidental, por demás europea y blanca— en la idea de que el mundo es un objeto: de consumo, de observación, de manipulación. Y comenzamos a conocer objetivamente para poder transformar las cosas, entre otras cosas, en billetes. El asunto está en que nuestra conciencia del ambiente hoy no es nada diferente a la conciencia de un exceso en el consumo. Creemos que la solución es tener en cuenta los daños ambientales al consumir. Pero toda nuestra producción y todo nuestro consumo está basado en la posibilidad de ejercer violencia sobre el ambiente.

Quienes habitaban originalmente la selva tenían una idea distinta. Buena parte de las comunidades indígenas de Sur América creían —y algunas aún creen— que la tierra es más que un recurso[4]. Para ellas los seres humanos somos hijos de la creación: de la selva, de las plantas, del agua, del aire. Para ellas somos uno con la naturaleza. Ella no es un objeto, sino que es un brazo, una vena, una pierna, un pulmón. Si la selva la come el fuego, arde la piel. Y la imposibilidad de que pensemos que esa sensación es verdadera, que la consideremos imaginación, que creamos que no es objetiva, es una muestra de qué tanto nos hemos construido bajo la idea del mundo como objeto. Para esas comunidades no tenemos el derecho de disponer del mundo, como no tenemos el derecho de levantar la voz a nuestra madre. Pero a estas comunidades las masacramos y civilizamos por pensarlas irracionales. Estaban muy cercanas a las cosas, y dispusimos de ellas como se dispone de una cosa.

No podemos controlar la tala ilegal porque no podemos controlar de manera consciente el inconsciente. Podemos poner leyes estrictas – como nos ponemos a nosotros mismos la meta de no utilizar plásticos de un solo uso –, pero mientras veamos el mundo como objeto con un precio dispondremos de él – como borrachos en un bar recibimos un vaso de plástico o fumamos un cigarro sin recoger la colilla. Mientras fundemos nuestra existencia en este mundo bajo la idea de que tenemos derecho a él, vamos a seguir ejerciendo violencia sobre el ambiente. Mientras el ser humano siga viviendo por dinero, va a hacer lo que sea para conseguirlo. Y a pesar de que nuestro planeta nos dé todo, a pesar de que sea el espacio que habitamos, seguiremos imponiendo la civilización sobre él. Nada diferente fue lo que hicieron aquellos que iniciaron el incendio: expandir el terreno del ser humano, de la civilización. Porque la producción civilizada requiere de los materiales que podemos extraer de esa tierra ahora disponible, para sembrado, excavación, ganadería. Para alimentar de energía a esta sociedad para que siga produciendo y dejando desechos a su paso.

Mi invitación no es abandonar los pequeños cambios; es ver que esos cambios no van a tener ningún efecto si seguimos existiendo como existimos. Las revoluciones de las pequeñas cosas importan: no podemos cambiar la manera en que vemos sin cambiar la manera en la que somos y actuamos. Y mi invitación es a ver el mundo de otra forma, a dejar de pensar en este planeta que habitamos como una cosa, para comenzar a pensarlo como parte de nosotros. Mi invitación es a que luchemos por otro tipo de vida, por otro tipo de producción y por otra manera de relacionarnos con el ambiente. Luchemos por otra manera de existir. Al igual que sucedió en los 60’s y 70’s, debemos iniciar una revolución cultural para esta lucha por una nueva manera de entender al ser humano y de entender su relación con este espacio que habita. Mi invitación es a que nos demos cuenta de que no somos tan distintos a quienes iniciaron el incendio en el Amazonas, de que de cierta manera somos cómplices a la manera de entender que permite que esas cosas sean posibles. Utilicemos el odio y repudio que sentimos frente a lo que sucedió y frente a sus responsables, y dirijámoslo a nosotros, para cambiar, para destruir esa parte de nosotros que he descrito en este texto. Es difícil, y es una lucha larga. Sin embargo, hemos llegado al punto en que esto no es una lucha por otra manera de existir, sino por la existencia misma. Y si no sentimos que nos estamos destruyendo, no vamos a parar de destruirnos; si no sentimos el ardor al ver al Amazonas quemarse, si nos rehusamos a tener esa conexión con nuestra hábitat, con nuestro territorio, más vale dejarlo arder, y que nos queme a nosotros de paso.


[1] Ver, por ejemplo, Redacción BBC (2019) Incendios en el Amazonas. Disponible en: https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-49426794.

[2] Genesis 9:3, Genesis 2:16, Salmos 104:14, respectivamente.

[3] Ver p. 36 de Foucault, M. (2014) La hermenéutica del sujeto. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

[4] Un muy buen ensayo sobre esto puede verse en Blaser, M. (2009) “La ontología política de un programa de caza sustentable”. Red de Antropologías del Mundo (No 4: 81-108).

Imagen: Revista Semana

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