Facultad

‘Abrebocas’ para abrir bocas: un manifiesto

Por: Daniel Caycedo Velosa. Estudiante de sexto semestre de Derecho. d.caycedo@uniandes.edu.co.

Aquello que quiere denunciar este texto es puntual: la configuración actual de la academia está diseñada para excluir sistemáticamente a los estudiantes como productores de conocimiento legítimo. La organización de los salones supone una relación vertical, en la cual todos los estudiantes se sientan como recipientes vacíos para que el profesor vierta su conocimiento sobre ellos. Todos debemos tomar notas en silencio; solo podemos hablar bajo la autorización de una pregunta, ante las órdenes de trabajo en grupo. Nos obligan a tener nuestras bocas cerradas. La interacción entre estudiantes se plantea como un problema: un impedimento para el desarrollo de la clase.

Este modelo reproduce un ideal del estudiante que aprende y trabaja en soledad. Cada quien lee los textos por su cuenta, con el único propósito de enfrentarse al profesor: a sus preguntas, quices, talleres y eventuales parciales. Existen contados casos de individuos que se enamoran de los temas, y buscan explorarlos más a fondo. Pero incluso ellos encuentran dificultades al momento de investigar: los textos que nos dan son una base, un primer acercamiento; están diseñados para que aprendamos cierta cantidad de conceptos, ciertas lógicas, a las que debemos apegarnos para responder a los exámenes que a rajatabla hurgarán en nuestras cabezas para confirmar que los aprendimos. Las bibliografías de los cursos no están diseñadas para que un estudiante cree conocimiento, sino para que lo reproduzca[1]. Solo algunos ‘iluminados’ (esos que escoge el profesor como pupilo, ese que habla todo el tiempo en clase) tienen la oportunidad de conocer los secretos de la investigación, la cual es presentada ante nosotros como rocket science: una actividad increíblemente compleja y destinada únicamente a aquellos supuestos eruditos que conocemos como ‘académicos’. Todo esto genera profesores, investigadores, estudiantes e incluso facultades solitarias: somos islas disgregadas, preocupadas por compartir mucho de nuestro espacio con las otras. Cada quien está enfocado en desarrollar sus propios temas, sus propios proyectos. Cada disciplina tiene sus propios temas, sus propios objetos estáticos. Nos sentamos en la biblioteca con audífonos o tapones de oídos para que no nos hablen. Debemos estar solos para crear, para pensar.

Debe reconocerse que la Facultad de Derecho de la Universidad de los Andes se ha caracterizado desde sus inicios por intentar modificar dentro de sus métodos de enseñanza esta configuración de la relación estudiante-profesor y de la relación estudiante-estudiante. Los aprendizajes mediante el método PBL y la cátedra activa fueron los primeros pasos para sugerir que el estudiante no es un mero receptor pasivo, sino un sujeto capaz de generar conocimiento y de enseñarse a sí mismo y a sus compañeros. No obstante, todos los materiales bibliográficos siguen siendo escritos por profesores, y los medios de publicación académicos —con los requisitos que impone la indexación— están diseñados para excluir sistemáticamente a la mayoría de aquellos que no tienen un título de pregrado. Tenemos, además, la presión de que toda investigación ha de resultar en un texto publicado para que tenga alguna utilidad: sentimos la presión de dar resultados todo el tiempo. Las dinámicas en realidad no cambian sustancialmente. No existen hoy espacios de encuentro estudiantil, nos reducimos a las escaleras y a los pasillos. Creemos por todo esto que los mencionados métodos de aprendizaje no son suficientes: hay que dar un siguiente paso, una nueva horizontalización de la academia.

El proyecto ‘Abrebocas’ nace como un medio para atacar tan solo uno de los problemas mencionados: proveer a los estudiantes materiales bibliográficos actualizados y síntesis de las discusiones actuales en un tema para que ellos puedan investigar por su cuenta. Sin embargo, —como ya se puede haber percatado el lector— nos dimos cuenta en nuestra primera reunión de que ello no es suficiente, y que incluso contribuye a la reproducción del verdadero problema. Hay que repensar lo que es investigar, hay que repensar cómo investigamos y la finalidad de investigar. Debemos separarnos de lo que la academia ha hecho de esa palabra, volver a su sentido etimológico: ‘ir en busca de una pista’. Investigar no es nada más que ir en busca de sentido, nada más que un medio para comprender: para sentirnos menos extraños en un mundo en el que nacimos como extraños y permaneceremos extraños toda nuestra vida[2].

La necesidad de comprensión es aún más fuerte en el caso del Derecho. Este es un conjunto de conocimientos complejo, asistemático, y muchas veces incoherente. Puede, para algunos, llegar a ser terriblemente injusto y frío; para otros puede ser profundamente humano. La búsqueda de estos sentidos, de estas maneras de entender el Derecho y de relacionarnos con él, ha de ser el fin último de la investigación. No debemos imponer a ella la necesidad de crear textos, ni de someterlos a los procesos de publicación académica y a pares científicos. No debemos imponer la presión de resumir, de hacer síntesis sistemáticas. No debemos reducir al estudiante, practicante o profesor de Derecho a la soledad de los métodos académicos. En cambio, debemos impulsar búsquedas conjuntas de sentido, medios para compartir nuestras experiencias, inconformidades, conocimientos sobre lo que es estudiar el Derecho y lo que es ser abogado. Nada más y nada menos que desarrollar nuestros propios gustos y encontrar a otros con gustos similares: sentarnos a hablar de lo que nos apasiona y a compartir lo que nos inquieta.

La Facultad de Derecho está en este momento pasando por una etapa de transición. Se viene una reforma académica, y el inconformismo de algunos estudiantes y profesores respecto de la manera en la cual actualmente se enseña y estudia el Derecho en nuestra Universidad se encuentra en algunos de nosotros. Por ello, queremos ofrecer estas ideas para que impulsen nuestros deseos, propuestas y actividades dentro de tal transición. Así mismo, queremos ofrecer espacios para poder hacer de la vida y de los proyectos académicos algo comunitario. Es esto por lo que quisiera invitar públicamente a todos aquellos que de una u otra manera se sienten apelados por el fenómeno aquí denunciado a que participen en el ya iniciado proyecto ‘Abrebocas’. Este ya no va a mantener su forma original, en razón de las consideraciones aquí expuestas. No solo vamos a invitar a los profesores a que nos muestren estos mapas y bibliografías actualizadas sobre sus temas de investigación, sino que vamos a invitarlos a tener una conversación horizontal con nosotros. En ella no solo nos vamos a enfocar en que nos muestren sus conocimientos, sino también la relación que ellos tienen con su propia subjetividad: con su historia, con sus experiencias, sus sentimientos políticos y desarrollo personal. Queremos mostrar el lado humano de lo que es investigar: los móviles, los problemas, frustraciones y demás aspectos personales que se dan en medio de tal actividad académica. También reflexionaremos sobre la importancia de los pares —compañeros, amigos, colegas— en el proceso de investigación. Todo esto con el propósito de impulsar la discusión para pensar nuevas formas de investigar y de concebir la investigación, así como para repensar las relaciones que tenemos entre nosotros como comunidad. La reflexión va a ser realizada en un espacio informal, para que nos sentemos a almorzar, a comer sándwich y a charlar sobre lo que somos, lo que debemos ser y lo que podemos ser como comunidad académica. Sobre todo, para que rompamos con la idea del estudiante silencioso, asilado y concentrado: esta es una invitación a que abramos la boca y hagamos del intercambio de palabras un instrumento potente de creación.


[1] Kennedy, D. (1982) “Legal Education and the Reproduction of Hierarchy”. J. of Legal Education (3,4,591-615).

[2] Arendt, H. (2005 [1953]) “Comprensión y política (Las dificultades de la comprensión)”. En: H. Arendt, Ensayos de comprensión 1930-1954 (pp. 371-394). Madrid: Caparrós Editores.

Imagen: Facultad de Derecho – Universidad de los Andes

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