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Del reguetón y los lugares comunes: una respuesta

El reguetón ha sido llevado hasta la máxima contemplación artística, como una música contramayoritaria y de las mayorías por esencia, hasta la máxima mundanalidad posible. Un paso a reconocerlo como lugar común: lugar que por excelencia cambia la realidad y donde el reguetón continúa su lucha por ser el género que rompe con el pudor, que transforma las relaciones humanas y que celebra a Latinoamérica.

Hace un tiempo en Al Derecho se publicó una columna titulada «Tranqui, yo perreo sola». En ella se mencionan varias cosas: por demás, la propia vivencia de la autora con respecto del reguetón, tema que no voy a tocar, porque no me corresponde hablar de una vivencia personal, ni de la contemplación ajena; tema que me parece personal y meramente vivencial, propenso de toda observación o de curiosidad, pero jamás de mi reproche; y un argumento contendiente a que el reguetón refleja un cambio de paradigma en relación con el género. Este escrito es una respuesta a ese argumento, que no ataca propiamente a esa tesis, sino a lo que le dio contenido.

Así pues, en primer lugar, es patente que el paradigma del deseo ha cambiado y un ejemplo de eso es el propio discurso de la música. En el reguetón, la mujer ha dejado de ser un objeto de deseo para convertirse en un sujeto de este. Dicho argumento puede leerse en «Reguetón y tradición», una columna de la escritora Carolina Sanín, quien propuso ese argumento, que hubiese sido provechoso mencionarlo en la columna respondida:

«Pero, sobre todo, en términos de política de género, de las letras del reguetón me dio esperanza el énfasis que se daba al placer de la mujer. El macho no solo seducía, sino que debía satisfacer […]. En las letras del reguetón importaban —y de hecho se deriva la vanidad del hombre— la percepción de la mujer, su consentimiento y su iniciativa: su deseo».

Carolina Sanín, Reguetón y tradición.

La mujer, en el reguetón, ha dejado de ser lo que el hombre desea y puede, más que contemplar, poseer y disponer. La mujer ha pasado a ser, por el contrario, la que se contempla a sí misma: a su cuerpo y a su sexualidad, así como a ser la que contempla al otro: el deseo por el cuerpo ajeno, el querer la satisfacción que produce aquel a quien se desea. Ella es la que presta su consentimiento y hace saber, como dice la autora citada, su iniciativa. 

En segundo lugar, y a pesar de estar de acuerdo con la autora de «Tranqui, yo perreo sola»en lo dicho anteriormente, me quedan algunos sinsabores de otros argumentos. Al principio, ella afirma que de la cotidianidad emergen nuevas formas de empoderar a las mujeres, y pretende hacer entender que el reguetón es algo que habita en esa cotidianidad y que es un elemento poderoso para generar cambios de paradigma sociales. Sin embargo, casi al final de la columna, la autora afirma que: «no significa que el reggaetón sea la solución a todos nuestros problemas, con su ayuda no vamos a legislar mejor o a conseguir que nos traten con respeto en las calles; quizá no va a solucionar gran parte de los problemas habituales». En ese sentido, rechaza la autora el argumento con el que empezó la columna y pauperiza los lugares comunes que pretendía defender para concluir que el reguetón no ayuda, ni espera que ayude, a solucionar problemas o a cambiar percepciones discriminatorias. Este escrito pretende desvirtuar eso.

He defendido, tanto en privado como en público, la importancia de los lugares comunes. La cotidianidad es el propio espacio de las relaciones humanas, en ella y por ella ocurren las discusiones relevantes, los argumentos disuasivos, la discriminación, los avances humanos, el odio, los derechos. Los lugares comunes definen la cultura y la propician. Lastimosamente, y por costumbre, durante mucho tiempo, y todavía, el reguetón ha sido tratado de forma peyorativa —que no tiene por qué serlo— como un lugar común: la música de las masas, el cantar de los pobres. Los argumentos de clase han sido por esencia los que recriminan la música de las calles, y la moral cristiana propia de occidente ha condenado las letras de sus canciones, su lenguaje descortés, su pretensión de volver explícito el sexo y entre otras cosas, a un paredón oscuro que durante buen tiempo solo los inmorales, los jóvenes y los pobres podían contemplar. 

Así mismo, se ha dejado al reguetón en el lugar propio del ocio y se confunde que ese ocio no implica necesariamente la banalidad. Quienes de ociosos escuchan reguetón no necesariamente son banales, así como no lo es el ávido lector de jurisprudencia quién utiliza su tiempo libre para leerla, ni el fanático del arte que visita en su tiempo ocioso los museos o los teatros. El reguetón ha sido doblemente relegado: a la vanidad de sus escuchas y la estigmatización de quienes lo contemplan. 

Propio de esa doble relegación, se tiene la mañosa creencia de que el reguetón, solo por provenir de las calles y por disruptivamente hablar de sexo y de violencia de forma explícita es un ocio puramente banal. Se ostenta la creencia de que la música escrita e interpretada por los relegados de la sociedad no tiene el contenido propio de los ilustrados, que quien por ocio la escucha, en la banalidad la contempla: eso es totalmente equivocado. Como María Paula demostró, la simple inversión del deseo es diciente para darle valor. Además, la primacía de su temática liberalizadora permite inferir que su discurso apreciado por las masas puede producir un cambio notable de paradigma: el pobre que quiere ser rico, la mujer que desea al otro y que se hace desear del otro, la fantasía de lo ostentoso y de la opulencia, la movilización social del cantante de una comuna que pasa a ser una estrella mundial, la música de las calles que domina las listas de éxitos de los países extranjeros. El reguetón describe todas esas situaciones, como la música de protesta lo hacía con las desigualdades de América Latina, como el rock hablaba de política y de Dios, como los cantares medievales hablaban del amor cortés y de las costumbres de los pueblos. El reguetón, como cualquier manifestación cultural, puede propiciar cambios sociales, puede movilizar a las personas y puede dar cuenta de la historia.

Se equivoca la autora al darle al reguetón un lugar relegado en las discusiones políticas de género. El reguetón, como cualquier movimiento cultural —que lo es y sin duda lo es; y que está siendo inobservado como el fenómeno cultural por excelencia de América Latina del siglo XXI— describe la movilización social y con su poder disruptivo puede cambiar las relaciones de poder y con ella las leyes y la liberación de quienes lo utilicen. Recordemos al cantante Bad Bunny y a su influencia en las marchas multitudinarias que acontecieron en Puerto Rico. Recordemos las palabras, también de Carolina Sanín en «Un elogio al Reguetón»

«El reguetón es una fuerza política porque trenza el amor y la rabia, aglutina e improvisa, desconoce la humildad y el pudor, e ignora la tiranía de ‘buen gusto’». 

Carolina Sanín, Un elogio al Reguetón.

Decidámonos a acoger al reguetón como una corriente cultural rica y diversa. Decidámonos por darle el valor que le corresponde, por su procedencia de lugar común y su valor infinito de correspondencia con lo nuestro. El reguetón sí puede cambiar la legislación y puede influir en nuestro comportamiento, puede crear nuevos conceptos de las relaciones sexuales y de poder. La cultura tiene la fuerza de cambiar la realidad, esa fuerza que no tienen las leyes. Decidámonos por escribirlo en español como reguetón y no reggaeton y acojámoslo como propio: la música de las ciudades, de las calles, de los jóvenes, de Latinoamérica y ¿por qué no? La música de un nuevo concepto de amor.

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