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En tiempos del Coronavirus, la modernidad pasa factura al Congreso

El Coronavirus nos tomó por sorpresa a todos. Durante muchas semanas parecía algo remoto que estaba ocurriendo en Wuhan, una fantasmagórica ciudad en China, y que no tenía mucho que ver con nosotros. 

Entre memes, noticias –inquietantes por momentos– y relatos de infectados y muertos lejanos, llegamos a finales de febrero. Todo estalló. Los cientos de miles de infectados empezaron a aparecer en todo el mundo y las muertes a causa del COVID 19 siguen siendo una tragedia difícil de asimilar. ¿Estaban preparadas las instituciones de gobierno de cientos de países del mundo, hoy afectados por la Pandemia? Difícil saberlo. Y, en realidad, no importa tanto cuando, a causa de su expansión, el Mundo paró. 

El Coronavirus, tan discutido, estudiado y temido, no ha sido benévolo con nada ni nadie. Mucho menos con los Poderes Legislativos a lo largo del mundo. Como era de esperarse, el Congreso de Colombia, siempre ocupado en problemas de toda índole, se vio sorprendido por la expansión del COVID-19. En un escenario de Estado de Emergencia, con un Presidente de la República legislando vía decretos ley, el rol del Congreso parece ser secundario.

En un sentido práctico, un Estado de Emergencia –en virtud del artículo 215 de la Constitución– le da un rol activo al Poder Legislativo en materia de contrapeso a las facultades de creación de ley que dicho artículo le confiere al Presidente. Sin embargo, el Coronavirus ha puesto en riesgo el rol natural que el Congreso, en estas circunstancias, debería ejercer en esos ámbitos. Ni los y las constituyentes del año 1991, ni la Ley 5° de 1992 (reglamento del Congreso) ni nadie en nuestro órgano legislativo se imaginó que una pandemia en el año 2020 le iba a imposibilitar a los 280 parlamentarios y parlamentarias sesionar presencialmente. 

Las circunstancias actuales plantean dilemas nada fáciles de abordar. La misma Constitución y el añejo reglamento del Congreso se quedan cortos para disponer con claridad escenarios para sesionar en tiempos de pandemia. 

¿Qué tenemos, entonces?: una interpretación del artículo 140 de la Constitución. La norma enuncia que el Senado y la Cámara “podrán por acuerdo entre ellas trasladar su sede a otro lugar y, en caso de perturbación del orden público, podrán reunirse en el sitio que designe el Presidente del Senado.” Sin embargo, en la realidad de aislamiento y cuarentena producido por la Pandemia, no hay un sitio físico en el que Senado y Cámara puedan sesionar. O, a lo mejor, sí: la virtualidad. ¡Sorpresa, sorpresa!: la famosa Ley 5° de 1992 no cuenta con ninguna disposición que regule la materia. 

¿Cuál es el pedido de congresistas, medios de comunicación y de la ciudadanía?: Que el Congreso trabaje. Esto es relativo: la mayoría de los y las congresistas han estado trabajando arduamente. 

Sí, tal como lo lee. Aquí traigo a colación una frase que leí en un libro de La Silla Vacía y que es muy cierta: “El que diga que los políticos no trabajan, no conoce bien a ninguno”. Senadores y Representantes han estado moviéndose por su lado, teniendo en cuenta que no ha habido claridad en cuanto a las sesiones virtuales. 

¿Qué se requiere? Un decreto ley del Presidente buscando crear escenarios claros de virtualidad para las sesiones y votaciones dentro de la Ley 5° de 1992. Ese es el panorama ideal. Aunque no deja de quedar en el aire que para el Gobierno fuera mucho mejor un Congreso quieto, sin hacer ruido, sin hacer control político, sin sesionar. 

Ya el Presidente expidió un decreto ley, el número 491 de 2020, el cual, en su artículo 5°, permite de forma general las sesiones virtuales de corporaciones públicas de todas las ramas del poder. Considero que no es suficiente. La rama legislativa con su jerarquía e importancia dentro del Estado de Derecho tendría que tener un decreto ley individual, que le de una seguridad jurídica plena a su actuar y a las decisiones que se tomen dentro del mismo. 

Ojalá esto se solucione este vacío pronto y que el COVID-19 le deje al Congreso una enseñanza: adaptarse a lo nuevos tiempos. Modernizarse, digitalizar sus procesos y ser más abierto a las nuevas ciudadanías. El coronavirus nos cambió a todos. También al Congreso.

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