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Coronavirus: retrato imperfecto de humanidad

*Las posturas y afirmaciones de los columnistas externos no comprometen ni reflejan posiciones editoriales de Al Derecho.

Por primera vez en décadas, los relojes están todos acompasados. Nuestros tiempos han sido reajustados por el último relojero que nos hubiéramos imaginado jamás: un virus. Este relojero pasó de ser el titular de las noticias de media noche a convertirse en un temido enemigo a la vuelta de la esquina. Y así, como quienes no quieren la cosa, nos vimos encerrados en nuestra vanidad, nuestra ansiedad, nuestras expectativas y añoranzas, en nuestra soledad. 

Pronto nos dimos cuenta de que sería necesario refugiarnos en compañía de salvavidas de diferentes tipos que nos rescataran de nosotros mismos. Dentro de estos, quiero resaltar los alimentos imperecederos por excelencia: los libros. Ya sea de los perfumados por la tinta y el tiempo, o de los electrónicos e inoloros, los libros innegablemente han estado acompañando a la mayoría, mientras el relojero a la vuelta de la esquina encuentra la salida. 

En mi caso particular, quise leer (en medio de una idea que podría ser, digamos, infantil) algo de realismo mágico mientras vivía todo este encierro que no puede ser más que eso, realismo mágico. Por supuesto, al alcance de mi mano no podía faltar García Márquez, quien en esta ocasión me ofrecía una versión novelada de los últimos meses de vida de nuestro Libertador. De esta manera y sin saber muy bien qué esperar, pero confiando en la vieja máxima de que los libros siempre llegan en el momento preciso, me embarqué en su lectura buscando alguna interpretación descabellada entre líneas que pudiese llenar de significado este aislamiento.  

Lo primero en desdibujarse con la pluma de García Márquez fue la magnificencia, y con ella la grandilocuencia y el halo de grandeza que han envuelto al Libertador en cada uno de los relatos que nos han enseñado. El Bolívar de los últimos meses era un hombre enfermo, cansado, desalentado y calumniado. Durante todo el relato, es claro que la enfermedad y el cansancio habían calado más allá de sus huesos: la peor enfermedad de Bolívar fue el recuerdo de las viejas glorias que ya no lo visitaban. Rebeliones, desorden público y abundante prensa en su contra lograron difamarlo al punto de que aquellas victorias únicamente estarían en su memoria y en los libros de historia que aún no comenzaban a escribirse. 

La vanidad del Libertador, casi tan grande como su valentía, fue decisiva para matarlo a él en vida, antes de que la enfermedad o el tiempo lo hicieran. Entre delirios, habría de traer memorias de cuando dictó en Kingston la famosa Carta de Jamaica, o aquella entrevista en Guayaquil con el también libertador José de San Martín en la que discutieron el futuro del Perú. 

Más aún, uno de los episodios que mejor demuestra el carácter del Libertador fue aquel en que el pintor granadino José María Espinosa lo retrató. Al ver el resultado, Bolívar perdió la cabeza: no era una más de las pinturas que lo mostrasen altivo y honorable, sino que lo mostraba enfermo y acabado. Con el tiempo, sus retratos habían ido olvidando sus rastros caribes, lo habían ido europeizando, hasta imprimir en su rostro inexistentes facciones propias de los emperadores romanos. En ese momento, aquel retrato fue más bien un reflejo de su realidad, un peso invisible que lo aterrizó a su enfermedad, lo despojó de su vanidad y lo aisló en la más profunda celda de su cabeza. Bolívar moriría meses después en Santa Marta, en la Quinta de San Pedro Alejandrino, a la temprana edad de 47 años.  

Así, especialmente desde este particular episodio del Libertador y de un retrato tan exacto que no podía más que ser repudiado, debemos entender que más que un enemigo a la vuelta de la esquina, este virus que nos tiene encerrados no ha sido más que un retrato que se instaló para llenarnos de inquietudes. Este virus llegó a mostrarnos que las ideas antropocéntricas que dominaban la vida hace unos siglos y que ya creíamos superadas están hoy igualmente arraigadas, solo que las estructuras en las que se ha tejido este nuevo antropocentrismo pueden no ser tan visibles. 

La tecnología y la información, el espacio en el que vivimos desde hace por lo menos 3 décadas, han ido moldeando al ser humano, han redefinido este nuevo antropocentrismo que ya no se construye con grandes teorías, leyes o religiones. 

Por el contrario, ha sido un antropocentrismo colectivo construido desde el egoísmo de cada uno de nosotros. Las facilidades tecnológicas, inventadas entre otras para acercarnos, nos convirtieron lentamente en animales solitarios. Paulatinamente, los pixeles nos fueron ayudando a olvidar el valor de la compañía, lo importante de vivir conjuntamente en la presencia mutua, nos quitaron la capacidad de extrañar: la palabra “saudade” del portugués (esa necesidad inefable de acabar con la distancia entre uno y algo o alguien a quien se ama profundamente) se volvió un término de segundo plano, y con el “tu me manques” del francés, se fueron transformando en conceptos sucintos cuyo lugar debía limitarse a la fantasía. Sin darnos cuenta, cambiamos el calor de un café compartido o el roce de una mano conocida por una pantalla.

Nuestros cuellos se fueron encorvando y hasta nuestros ojos fueron paganos de nuestra adaptación a la forma de nuestras pantallas. También llegaron, por supuesto, los recortes en las áreas de la empatía, las afinidades y proximidades, resultando en una disminución de nuestra humanidad (muchas veces imperceptible en la cotidianidad individual). Y claro, es en este terreno en el que se postra este retrato que nos encerró en nosotros mismos para darnos cuenta de nuestra soledad; de la soledad que hemos sabido cultivar y que, al calor de una pantalla, supimos ignorar. El nuevo antropocentrismo que construimos impecablemente a través de aplicaciones, mensajes e intereses propios nos tragó con la gravedad de un agujero negro, y la palabra “cuarentena”, que seguramente ya le eriza la piel a cualquiera, llegó para cambiarnos. 

Así como la pluma de García Márquez no tardó en desdibujar al Libertador, el virus tampoco se tardó en desdibujar nuestra vida: nos mostró un retrato que arremetió contra mucho más que nuestra vanidad. Debemos aceptarlo como un hecho ineludible: la vida como la conocemos no volverá. El virus, querámoslo o no, se quedará, y tendremos que vivir así. Ahora bien, la preocupación mayor es su antídoto. ¿Una vacuna? ¿Una medicina a la que solo podrá acceder un porcentaje de la población? No. Por ahora no. 

El mejor antídoto en esta primera etapa, al parecer reinada por la incertidumbre, es reencontrarnos con nuestra humanidad, reconocernos de nuevo en ella. Y es curioso, pues este ha sido el “escape” casi intuitivo de muchos que han encontrado un asilo en las humanidades, la poesía, la literatura, la música y en general cualquier forma del arte. Debemos volver a cultivarnos como seres sociales, como animales que viven en conjunto. Para esto, las humanidades son fundamentales. La empatía que desarrollamos con la literatura, las ganas de vivir que nos invaden con una canción, o las emociones profundas que despierta la lectura de la poesía son el combustible con el que debemos recargarnos en este tiempo intramural. Reaprendernos en sociedad, siendo capaces de reconocernos mutuamente, será el primero y mayor antídoto contra este virus y cualquier pandemia que nos visite. 

Con este objetivo en mente, debemos optar por amaestrar la paciencia y no permitir que la cabeza de la orquesta sea la ansiedad que a muchos nos aterra. Debemos comprender que, a diferencia de Bolívar, tenemos tiempo para enmendarnos, y que el fin de este encierro es la entrada a una nueva vida. Debemos estar en paz con el hecho de que sea prioridad, en este momento, buscar el mayor tiempo de incubación para nuestra humanidad. Debemos asegurarnos de que la cuarentena sea extendida, al menos, hasta asegurar que un porcentaje amplio de la población se encuentre libre del nuevo antropocentrismo. Ahí, justo ahí, podremos salir y entre todos, entre pedazos y retazos, será conveniente buscar una cura para el virus: solo cuando el retrato que nos mostraron no pueda más que ser repudiado, no ya por lo diáfano de su reflejo, sino por lo burdo e inexacto que resulta.

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