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Érase un vez un diplomático: In Memoriam de Javier Pérez de Cuellar

Por: Redacción Sección Jurídica – Periódico Al Derecho

Falleció el abogado internacionalista más importante de su generación y, quizás, del continente: el peruano Javier Pérez de Cuellar, único latinoamericano en haber ocupado la Secretaría General de Naciones Unidas en toda su historia. Como homenaje, Al Derecho presenta este obituario que rescata la importancia de su legado para los abogados de hoy.

Javier Felipe Ricardo Pérez de Cuéllar y de la Guerra. Aunque no es un aristócrata del siglo de oro español, habría podido serlo. O más bien, lo fue, de la aristocracia moderna que representaron las más altas esferas de la diplomacia global en las postrimerías del siglo XX. El 4 de marzo de este año, eclipsado en la cascada de noticias trágicas que ha traído consigo la pandemia, falleció después de una vida centenaria el hombre que personificó la diplomacia y la cumbre del ejercicio del derecho internacional para América Latina. Este peruano, de nombre extenso y sonoro como el de Simón Bolívar, ha sido el único iberoamericano en llegar jamás a la Secretaría General de las Naciones Unidas, cargo que ocupó entre 1982 y 1991, década álgida de la Guerra Fría. 

Javier era, ante todo, un abogado, y eso definió la labor de su vida. Nunca dejó de creer en las posibilidades infinitas que el Derecho Internacional, y los actores que en él operaban, tenían para encontrar alternativas. Se definió a sí mismo como un negociador que intentaba buscar salidas jurídicas a los conflictos internacionales, pero que al mismo tiempo fueran justas. Su jurista interno nunca dejó de enfrentarse a uno de los dilemas clásicos de la profesión: la búsqueda sin fin del balance entre lo jurídico y lo justo, lo legal y lo equitativo.

Su ambición era ser diplomático, y para lograrlo decidió estudiar Derecho en 1936. Eligió la Universidad Católica: “la de curas y niños bien”, como siempre la denominó uno de sus mejores amigos, Mario Vargas Llosa, el único por el que el niño Javier se atrevía a cruzar la ciudad desde su privilegiado Miraflores hasta Barrancos, el corazón de la actividad cultural de la Lima de aquel tiempo. 

Como abogado de la Católica (de la que se graduó en 1940), se fue a estudiar a la Academia Diplomática, que ahora lleva su nombre. Se graduó con honores y fue destinado al sencillo puestecito de tercer secretario en la Embajada de París. Un cargo para que neófitos e inexpertos pudieran iniciar su servicio en Cancillería, pero que para él significó entrar en contacto con la cultura de su alma: se volvió francófono empedernido y amante de la literatura gala.

Después de su paso por París, ejerció como Embajador del Perú en Suiza (64-66); Polonia y la URSS (69-71); Naciones Unidas (71-75) y Venezuela (78-79). Mientras había sido Representante del Perú ante Naciones Unidas, se había hecho con un nombre en el escenario internacional al ocupar, por suerte rotatoria, la Presidencia del Consejo de Seguridad en julio de 1974, desde la cual dirigió la intervención de la ONU en el golpe de estado turcochipriota con tal éxito y reconocimiento de sus pares, que el Secretario General le nombró en septiembre del mismo año su representante personal en Chipre.

El vínculo de confianza y cercanía forjado en este tiempo con Waldheim llevó a su nombramiento en 1979 como Subsecretario General para Asuntos Políticos, cargo que ocupó hasta 1981, cuando fue llamado al Perú por el nuevo Presidente.

Sorpresas te da la vida

Tenía un íntima convicción: la suerte había jugado un papel central en su historia,. Le parecía que la fortuna, dama caprichosa, lo había llevado de la mano en sus hazañas, en una biografía que parecía hecha a punta de golpes de azar. Un plot twist de película fue llegar al cargo que marcó para siempre su carrera. 

Cuando su amigo el Presidente Belaúnde lo nominó para ser Embajador en Brasil, en octubre de 1981, el Congreso decidió rechazar su postulación y hacerla caer, en una humillación pública de tal magnitud que pidió de inmediato su baja del cuerpo diplomático. Aunque tenía una hoja de vida excepcional para el cargo fue rechazado para el mismo por un Congreso polarizado políticamente quien lo veía con aversión como un elitista casi extranjero. 

Cuando se pensaba que el Embajador pasaría definitivamente al retiro, en diciembre de ese mismo año de 1981, el Consejo de Seguridad propuso sorpresivamente su nombre como candidato de consenso a la Secretaría General, después de 16 rondas de votaciones. La explicación a tan desconcertante movimiento se debe al veto mutuo entre los miembros con derecho a ejercerlo. Waldheim buscaba un tercer periodo pero era vetado por China, y su rival tanzano Salim Ahmed lo era, a su vez, por los Estados Unidos. Ante el callejón sin salida de las votaciones sin acuerdo, nombres alternativos empezaron a surgir, y bajo el auspicio de su antiguo mentor (el mismo Secretario Waldheim) y del Presidente Belaúnde, Pérez logró concitar el consenso por ser, paradójicamente, quien menos vetos acumulaba sobre sí mismo. 

¡Señor Secretario!

Desde el primer momento, pasó a estar en el centro de los acontecimientos. En 1982, recién estrenado en el cargo, tuvo que afrontar la Guerra de las Malvinas en un conflicto que lo puso contra la espada y la pared: por un lado los argentinos reclamaban su solidaridad por ser él latinoamericano, por el otro el eje Thatcher-Reagan se había lanzado ya a la guerra. Adoptó un papel de mediador neutral intentando lograr el retiro de las tropas de la zona ocupada ante el escalamiento de la agresión, cosa que Galtieri, el dictador argentino, jamás le perdonó.

Superada la crisis, decidió restaurar la credibilidad perdida de la organización y reactivar sus misiones de paz, empezando por casa. Por primera vez en la historia, la ONU participó como observadora de unas elecciones para garantizar estabilidad a la transición nicaragüense de 1984, gestión innovadora y adelantada a su tiempo que le hizo merecedor del Premio Príncipe de Asturias de Cooperación en 1987.

De igual forma, en su segundo mandato, involucró de lleno a la organización que dirigía en la negociación de un alto al fuego entre Iraq e Irán y la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán, gestiones tan disruptivas para el modelo de Secretario General conocido hasta el momento, que la Academia Sueca otorgó el Premio Nobel de Paz ese año (1988) a las fuerzas de paz de la ONU, e invitó personalmente al Secretario Pérez de Cuéllar a dar el discurso de aceptación en Estocolmo.

En el año final de su Secretaría General (1991) logró un acuerdo de paz para Camboya y, en el último día (31 de diciembre), consiguió un acuerdo de paz en El Salvador que finalizó la guerra civil en que estuvo sumido este país durante una década. El impresionante historial que acumuló, aunado al prestigio internacional que tuvo, llevó a que recientemente el principal diario del Reino Unido, The Times, lo nombrara el “mejor Secretario General de la historia, opinión con la que concuerdan los mismos funcionarios de Naciones Unidas.

Lo que sucedió después lo plasmó Mario Vargas Llosa en una mítica conferencia de prensa: “A su retiro de la ONU, hubiera podido dedicar su existencia a viajar, o a quehaceres prestigiosos y cómodos, como asesorías, directorios, conferencias… en vez de eso, prefirió volver a su país a hacer política, encabezando una campaña presidencial en nombre de la libertad”, y así fue. En 1995 regresó al Perú para enfrentar el autoritarismo de Alberto Fujimori, convirtiéndose así en heredero de la lucha que había iniciado su amigo, el escribidor, contra la tiranía cinco años antes. 

Ninguno de los dos lo logró, pero pasaron a la historia como los vencedores morales e ideológicos de la contienda. En 2001, cuando la dictadura se desmoronó y fue nombrado Valentín Paniagua como Presidente de la transición, este nombró a un Javier, con más de 80 años, como su Primer Ministro y Canciller, poniendo al servicio del país su prestigio y las credenciales de demócrata que le acompañaban, para darle estabilidad y credibilidad a este momento tan delicado.

Logrado su cometido, pidió volver a su París del alma como Embajador, puesto del cual se retiró en 2004 dedicando unas sentidas palabras a la carrera diplomática: “Me hallaba como un viejo pianista que tuviera que interpretar su partitura preferida, aquella que siempre ha ejecutado con emoción, y que de pronto sintiese hondamente que le falta ese impulso, ese aliento, esa inspiración”. 

Después de la tormenta

Hacia el final de su vida, pasados los 90 años, recordaba cómo en los momentos más álgidos, siempre se sintió orgulloso de reivindicar su oficio y la identidad legal de un territorio tan paradigmático como es América Latina. Al hacer un balance de su carrera, siempre consideró que lo que había hecho no era otra cosa que ejercer su profesión, ser un abogado que creía en los acuerdos y la vigencia del ordenamiento jurídico global. Rememoraba, por ejemplo, que cuando criticaba a Fujimori, siempre adujo su posición como experto legal, y para rechazar la intervención británica en Malvinas, la condenó como una contravención a la Carta de Naciones Unidas como fuente de derecho internacional, antes que cualquier otra cosa.

Ahora que ha fallecido, su vida y obra adquieren aún más relevancia para las futuras generaciones de abogados internacionalistas que ven en la diplomacia y el ejercicio del derecho internacional una opción de vida, con las limitaciones materiales que podría significar venir de un continente empobrecido y sufriente, que él supo resignificar. Su trayectoria estará para siempre íntimamente ligada al desarrollo e historia del Derecho Internacional moderno y una de sus más significativa instituciones.

El Secretario ejerció su poder y su infuencia de manera sutil, pretendiendo darle prioridad a las obras más que a sus palabras, y retornando el protagonismo hacia los resultados de sus gestiones. Él lo sintetiza diciendo: “le ton fait la chanson” , remarcando que no es la voz más estridente la que causa mayor impacto o de la cual depende la canción, sino la melodía como estructura, eso que lo permea todo y conduce al intérprete a buen puerto.

Javier Pérez de Cuéllar fue el último representante de una generación de diplomáticos brillantes que sentó las bases del sistema internacional que conocemos y dedicó su vida a construir la armadura legal que le sostiene. Pese a que estuvo en el olimpo de la diplomacia de su tiempo y fue protagonista de la historia, nunca dejó de ser el hombre reservado y tímido que, desde su Lima natal, entró vestido de sobrio negro al recinto icónico de la Asamblea General. Se marchó de esta vida con la elegancia que caracterizó su trabajo: en discreto silencio, sereno, sabiéndose satisfecho con el deber cumplido.

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