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Crisis, coronavirus y empleo

Hoy, 1 de mayo, no habrá marchas ni conmemoraciones por el día del trabajo y su ausencia no se deberá únicamente a las medidas de aislamiento. Se tratará, si acaso, de un día en que en las redes sociales veremos un rosario de historias de pérdidas de empleo, suspensiones de contratos de trabajo y reducciones de salarios. La crisis del coronavirus traerá a Colombia la mayor pérdida de empleo en décadas, se aumentará la informalidad y se deteriorarán las condiciones laborales para todos, pero las más afectadas serán las mujeres.

De acuerdo con los cálculos de la Organización Internacional del Trabajo, la crisis del Covid-19 generará la pérdida de 195 millones de empleos a nivel mundial. En Colombia FEDESARROLLO estima que en el país los desempleados aumentarán entre 1,4 y 2,5 millones, adicionales a los 2,6 millones que hay hoy. De hecho, el pasado febrero, antes de confirmarse el primer caso del virus en nuestro país, se perdieron 65.000 empleos frente al mismo mes del 2019. La destrucción de empleos que había empezado desde el 2018 probablemente se acelerará por efecto de esta crisis.

Al incremento del desempleo se sumará un aumento de la informalidad que en nuestro país ha sido tradicionalmente alta. Según el criterio que utiliza el DANE (tamaño de la empresa) la informalidad había disminuido de 53% a 48% en los últimos diez años, tendencia que seguramente se revertirá. De otro lado, y aplicando el criterio de aportes a seguridad social la informalidad, alcanza el 63%, es decir, 63 de cada 100 trabajadores no hace aportes al sistema.

Los trabajadores informales, -casi 11 millones de trabajadores- de los que depende una porción muy importante de nuestra economía, son algunos de los principales afectados con la presente crisis y quienes persistirán en una larga situación de vulnerabilidad. Por un lado, su situación de pérdida de ingresos difícilmente será compensada cuando se empiece a superar el aislamiento pues dada la reducción generalizada en ingresos, tendrán una demanda reducida de sus productos.  Por otro lado, es muy probable que enfrenten mayor vulnerabilidad al contagio por su mayor exposición al contacto físico y la menor presencia de medidas de seguridad en salud en los emprendimientos informales.

Entre los trabajadores formales e informales, las mujeres serán las más afectadas y las que quedarán en una situación de mayor vulnerabilidad en el largo plazo. Por ejemplo, en febrero de 2020, las mujeres ya habían perdido 243.000 empleos frente al mismo período de 2019.  Además, pese a que las mujeres cuentan, en promedio, con más años de educación que los hombres, participan más que ellos en el trabajo informal (49% mujeres vs 45% hombres). Para ellas, a los riesgos que enfrenta el trabajo informal en general, se añade la poca aptitud de recuperación de las actividades en que las mujeres más se desempeñan. Estas actividades incluyen comercio al por menor, hoteles y restaurantes y trabajo doméstico que se demorarán en retomar los niveles precrisis y que no pueden migrar a formas de teletrabajo o trabajo en casa. A todo esto se añade una cuestión fundamental:  la dificultad de los hogares para asumir el cuidado de niños de edad escolar si las medidas de aislamiento se mantienen, y que tradicionalmente desempeñan las mujeres.

Incluso las trabajadoras formales con hijos que actualmente tienen trabajo enfrentan un alto riesgo de perder su empleo, pues articular el cuidado de niños con el trabajo económicamente productivo durante la jornada laboral es prácticamente imposible. A causa de la intensificación del trabajo en casa que ahora incluye la preparación de alimentos y el cuidado de niños al mismo tiempo que responder las demandas del trabajo económicamente productivo, estas mujeres pueden reducir su productividad lo que las expone a la terminación de sus contratos de trabajo o a la no renovación de los existentes. La peor situación, entre las mujeres, la tienen las madres solteras (seis de cada diez) quienes asumen la totalidad del trabajo de cuidado.

En el contexto de alto desempleo y alta informalidad no se harán esperar los llamados por reformas para flexibilizar aún más el régimen de contratación laboral. Es la fórmula de siempre, y de adoptarse, generará los resultados de siempre: mayor flexibilidad para los empleadores en términos de contratación y despido, y mayor rigidez y precariedad para los trabajadores en su experiencia laboral. En efecto, las pasadas reformas de flexibilización no redujeron los niveles de desempleo y sí deterioraron las condiciones de trabajo para los trabajadores. Por ejemplo, el desempleo que en 1990 era de 10% aumentó a 20% en el año 2000, a pesar de las flexibilizaciones introducidas por la Ley 50 de 1990. Algo similar ocurrió con la reforma laboral del 2002 que en términos de creación de empleo fue insignificante y su efecto en términos de formalización de empleo tan solo marginal.

Esta crisis podría ser una oportunidad para ambientar distintos tipos de cambio. En vez de seguir pensando en flexibilizaciones para los empleadores podríamos pensar en flexibilizar las condiciones de prestación del servicio de los trabajadores. Entre los empleadores, una mayor conciencia de las necesidades de cuidado que enfrentan sus trabajadores los podría llevar a esquemas de trabajo más flexibles y a considerar la posibilidad de articular en mayor medida el trabajo presencial con el trabajo en casa o el teletrabajo en los empleos que lo permitan. En los hogares, la importancia de mantener dos salarios puede llevar a los hombres a compartir el trabajo doméstico para alcanzar una división más igualitaria de las tareas de cuidado y permitirles a las mujeres más tiempo para dedicar a sus trabajos. Para apoyar a la industria nacional, nuestros hábitos de consumo podrían conscientemente concentrarse en productos locales.  

Con respecto a los programas sociales, podríamos revisar el hecho que la seguridad social esté atada a un contrato de trabajo para hacerla extensiva a todos los ciudadanos, así como la implementación de una renta básica universal que sirva como red de contención especialmente para los más pobres. En términos de la regulación del mercado laboral, antes de desregular, podríamos hacer serios esfuerzos de formalización de los encadenamientos productivos entre empresas formales e informales para que los trabajadores que materialmente sirven a empresas formales sean reconocidos como sus trabajadores ampliando la base contribuyente al sistema de seguridad social. 

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